SIGUES LLEGANDO


tú, David González




En las noches
más frías,
cuando las sábanas
pesan
sobre el cuerpo
sigues llegando
tú, sigiloso,
rompiendo
el vértigo
de las visiones
nocturnas
de las heridas
abiertas
que aún sangran.
Sigues
acariciando
mi mano
con la tuya,
tapando
con tu boca
el recuerdo
que me muerde
siempre
a ciertas horas.
Y sigues llegando
a tiempo
para curarme...

"He dejado atrás una galería subterránea y mis ojos no se acostumbran, todavía, a la luz"


Heridas causadas por tres rinocerontes
Fernando Sanmartín
LA CUERDA



Hay cuerdas
colgando
del cielo.
Preparadas, listas,
para encajar
cabezas
con un nudo.




Hay cuerdas
que se convierten
en soga
y
cuerdas invisibles
que anudan
las manos.





La cuerda
luce
recta
hacia
abajo
desde
el cielo,
esperando
el momento
exacto
en que los ojos,
en búsqueda
desesperada,
alcen
su última
oración
hacia el techo
y justo
entonces
no hallen
más respuesta
que el hueco
que les ofrece
limpio,
intacto,
la cuerda
suspendida
en el aire.
La nada
que permanece
invariable,
aquella
que cubre
cabezas
con su manto
blanco.
Firmemente
anudado
tu cuello
entonces
a la eternidad.

La calma
que acompaña
al punto más álgido
del dolor
más agudo
es, sin duda,
la calma más sonora,
ruidosa,
e hiriente,
que puede
escucharse
bajo los párpados.


En la ceguera
que provoca el dolor
todo susurro
se transforma
en grito.


La impotencia
se convierte
en golpe seco
con el que un martillo
invisible
golpea
el vientre
y la cabeza.


Y ese calor indefinido
que se apodera
del cuerpo
y lo inunda
con voces roncas
a modo
de diminutos clavos
que se incrustan
bajo la piel,
toda la piel, las vísceras,
la razón…


Es la calma extraña
que inunda
lo imposible,
el desahucio
definitivo,
la lágrima
que se seca
antes de llegar
al ojo.


Y nadie entonces alrededor.
Y nadie cerca.
Sólo esa extraña calma
ensordecedora.

CHARLA
¿Qué es el Comercio Justo?,
Experiencias desde L’Arcu la Vieya

Kin Café & Lounge
(Calle Ildefonso Sánchez del Río 14, Oviedo)
Jueves 27 Noviembre a las 20 H

L'ARCU LA VIEYA es un proyecto asambleario y abierto a todas las personas
que quieran participar y está autogestionado con el trabajo y apoyo de personas,
colectivos y con las ventas de una tienda de comercio justo – consumo responsable,
que permiten mantener un espacio libre para todo el mundo, EL LOCAL SOCIAL.
EL LOCAL SOCIAL es un espacio libre, autogestionado y disponible para todas
las personas y colectivos que lo necesiten o quieran hacer uso de él. Un lugar donde
realizar actividades(charlas, debates, talleres, asambleas, exposiciones,
proyecciones…), usar la biblioteca, tomar un café, encontrar información y leer las
publicaciones.
“No necesitas a nadie una vez que aprendes a ser quien eres, porque ya no hay nada que aprender”
“No hay manera posible de escapar de lo que has visto”
“Sentirse como un árbol joven dentro de una tumba supone descubrir el poder de abrirla y de alzarse hasta donde uno quiera"
“En el interior de una casa, que te muestra lo que es en realidad la vida, puedes sentirte más perdido que en unos cañones rocosos inexplorados o que en un bosque virgen. Entrar en una casa es algo tan alarmante como lo sería el hecho de nacer con plena consciencia, sabiendo que tienes qué sentir. Echar una mirada al interior de una casa es como estar muerto y conservar aún la consciencia: ver un mundo del que estás ausente…”
Elizabeth Bowen
La casa en París
LA LOBA
(Accésit del XXVI Premio Nacional de Poesía “Hernán Esquío” 2008)



Como la loba
que carece de amo
y sufre espasmos de melancolía,
enredada en pensamientos
que van desde tu boca
hasta el fin del romance.
Acarreando mil soledades
que acechan por todas partes.
Lamiendo restos de ti,
retozando bajo tu olor
que aún perdura
en el suelo más frío
de la casa.
Aullando cada noche
como la perra que soy
a tus pies.
Murmurando jadeos que se recuerdan
para sobrevivir
entre estas paredes
que un día bautizamos juntos.
Rasgándome la falda
en tu memoria,
y caminando como perdida
a media luz, a ciegas,
por callejones
a los que con altísima frecuencia
me arrojabas a los abismos del amor.
Jurando, bajo estas últimas sábanas,
que si no vuelves
me entregaré en tu honor
en cuerpos y extrañas voces
buscando recodos inauditos,
ecos, alientos desbordados,
posturas impronunciables,
rastreando tus pasos
por el infinito mundo del cuerpo ajeno.
Como la loba que soy,
como la perra que sigo siendo.


EL RING

Él dijo: pide un deseo. Ella dijo: un saco de arena y unos guantes de boxeo. Un profundo silencio invadió la sala. Dios bajó la cabeza, se sintió impotente.

NUNCA


Hay ojos
que me miran
sin verme,
y manos
que aún
expertas
en adiestramientos
ajenos,
infinitos, quizás,
nunca hallarán
el punto exacto
en que mi geometría
alcanza
la curvatura perfecta,
cuando pierdo entonces
la conciencia
pues sólo de ese modo
mis piernas
alcanzan
la postura
impronunciable
del viento,
y mi espalda
se arquea
y mis manos
buscan
bajo
la niebla
de la respiración
de al lado
un apoyo
donde esconder,
proteger,
aquello
que no tiene nombre:
el presente paralizado
entre dos cuerpos.
La bendita cercanía
vencida por un beso.
Y aún así
hay manos
que desconocerán
siempre
el pliegue
más íntimo
donde
mi cuerpo
se convierte
en una boca hambrienta
y tu cuerpo
en sed infinita.
Hay manos
que nunca,
ojos que
nunca,
nombres que
nunca
sabrán
nunca
jamás
nunca
nada
de mí.


TALLER DE GUIÓN
CINEMATOGRÁFICO


Introducción a la escritura de fi cción para el cine
Fechas del curso: Del 1 al 12 de diciembre
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iniciación en el que se tratarán los puntos claves de un guión: la
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un enfoque práctico se buscará el que, con las indicaciones del
coordinador, sean los participantes quienes trabajen y escriban sus
propios proyectos.


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Una mujer sola, con un libro, en la terraza de un café, tiene siempre algo de puerta que se abre hacia un jardín secreto.

J.L. García Martín



Presentación de El Cuaderno griego el martes día 11 de noviembre a las siete y media de la tarde en la librería Cervantes de Oviedo. Allí nos vemos...
Apenas queda
un párpado en el aire.
Un beso a secas
en la memoria.
Aquel temblor.
Una mirada ajena,
y poco más.
Derrotas, sobre todo.
Batallas tatuadas
por todo el cuerpo.
Una quietud
aterradora.
El cansancio...

TRANSPORTADOR DE ÁNGULOS

Eva cogió el alfiler y el transportador de ángulos, los guardó en el bolso y comenzó a silbar. Hacía mucho calor. La ciudad estaba desierta. Madrid no era lo mismo. Lo haría en la Gran Vía, sí, allí, en cualquier esquina. Salió de casa y bajó las escaleras deprisa. Cogió un taxi. El taxista cambió de emisora. Un tipo argentino, amable y guapo, muy guapo. Un tango tras otro en el taxi. Una y otra vez. Hablaron. Eva le escribió su número de teléfono en un billete de autobús. Sonrió al salir y dio un portazo sin querer. Se giró y volvió a sonreír. Caminó un rato. Buscó una esquina. Abrió el bolso y cogió el alfiler. Sacó el transportador de ángulos y un billete de cincuenta euros. Lo envolvió con el billete anudándolo con el alfiler para que no se cayera. Lo arrojó al suelo y se quedó allí esperando. Un anciano se acercó, tocó con su bastón el transportador y le dio unos golpecitos. Se agachó a cogerlo. Entonces Eva comenzó a silbar. Cerró su bolso y se fue a casa.
EXANGÜE

Exangüe, la palabra en cuestión es exangüe. Vaya donde vaya ahí está, arrogante, altiva, burlándose de un pobre inocente como yo. Se le olvida, a la muy engreída, que ha sido creada por mí, por nosotros los humanos; se cree que la ha parido el diccionario solito.
Todo comenzó el fatídico día en que mi hijo me preguntó el significado de la palabra exabrupto, ahí comenzó mi desdicha. Como todo buen padre, mentí para ocultar mi ignorancia de oficinista de mediana edad inculto y algo vulgar y convencí a mi retoño de que, a pesar de que su padre podría explicarle muy bien su significado, lo mejor para su aprendizaje sería acudir al diccionario e ir cogiendo el hábito de tan sana costumbre. En fin, la ceguera de la inocencia nos permite a los padres convertirnos ante los atónitos ojos de nuestros hijos en todo aquello que nos gustaría ser y nunca seremos. Inevitablemente, los hijos van creciendo y cierto día se dan cuenta de lo ridículos e insignificantes que somos, sobre todo después de haber mentido tanto.
Acudimos, como si de una inusitada odisea se tratase, mi hijo y yo en busca de la peculiar palabreja.
Llegamos a la “e” un poco cansados, ya que Javi había insistido inexplicablemente en detenerse en las últimas páginas de la “b” y la “c”, a veces hasta lo más insólito puede resultar apasionante. Aquí está, me dijo con una ilusión que, la verdad, nunca lograré entender: “Exabrupto: cosa dicha bruscamente”. Javi salió corriendo como si nada en el mundo tuviese interés para él o exigiese su presencia, y ahí me quedé yo, solo ante las páginas doscientos setenta y ocho y doscientos setenta y nueve. Por curiosidad, examiné las palabras que allí se me ofrecían como todo un descubrimiento. Exacerbar, exacto, exaltar, examen... exangüe, la palabra me produjo un cierto cosquilleo momentáneo. Cerré el diccionario. Exangüe, pensé, qué palabra más rara. Lo abrí de nuevo y examiné su definición: “Exangüe: desangrado, aniquilado, sin fuerzas”.
Días más tarde, hojeando el periódico volví a encontrarme de nuevo ante su ingrata presencia: “El cuerpo de la víctima yacía exangüe...”. Simpática y desagradable coincidencia, pensé. Mi vida de oficinista de segunda y honrado padre de familia continuó su cotidiano transcurso.
Yo aún no me había dado cuenta pero ella ya había comenzado su persecución, me refiero a la dichosa palabreja, por supuesto.
Cierto día me la encontré de nuevo en un cartel publicitario, y eso no fue lo peor, porque al día siguiente apareció en mi propia casa, en la boca de mi propia mujer.
La persecución llegó más lejos. Ahora ya no se conformaba conmigo, amenazaba en las recetas de cocina de mi esposa, en los cuadernos de caligrafía de mi hijo, en los locutores de radio, en los telediarios, incluso se había apoderado de mi suegra. Los diccionarios deberían llevar una etiqueta adjunta para advertir a posibles incautos como yo de los peligros de las palabras, sobre todo de su facilidad para adherirse a los humanos.
Dicen que el hombre es un animal de costumbres, pero yo no consigo adaptarme a tan horrible persecución, quizás si la palabra fuese otra, dalia, pez, incluso farmacia, podría soportarlo. Y aquí estoy yo, un oficinista de segunda y honrado padre de familia, al límite de quedar abatido por tanta presión, exangüe (incluso a mí me ha poseído).
Pero, lo que más me asusta, es que esta mañana, al leer el periódico mi mirada se ha visto ineludiblemente atraída hacia un titular donde aparecía la palabra más espantosa que he visto en mi vida: “Pingüe”.
Tengo miedo.






Y SI ME QUIERES, ¿PARA QUE ME QUIERES EXACTAMENTE?


Esta pregunta un tanto contradictoria refleja con exactitud el posible engaño, confusión o malentendido que se esconde tras cada palabra pronunciada, cada frase (menos probabilidades de que esto ocurra en la palabra escrita, lo escrito dicho queda). Seamos realistas: las palabras se las lleva el viento, los hechos permanecen. La semana pasada un artículo de José Antonio Marina, ese grandísimo taxidermista de las emociones y sentimientos del ser humano, nos ofreció una visión valiente y precisa acerca de eso tan abstracto, curioso, y en tantas ocasiones ridículo y casi paranormal, que llamamos amor. José Antonio Marina nos cuenta que suele dar un consejo a sus alumnos y alumnas, a sabiendas de que no lo van a seguir: “Les digo que, a pesar de ser un anticlímax, cuando reciban una declaración amorosa del tipo: ‘Te quiero con toda mi alma’, lo sensato es preguntar: ‘¿Y para qué me quieres?’”. Detengámonos un segundo a reflexionar este asunto, aparentemente sencillo. Cuando alguien nos dice “te quiero” –no “te quiero mucho”, que no es lo mismo- y en primer lugar es probable, muy probable, que esta afirmación haya salido de su boca sin que su cabeza lo haya procesado siquiera, pueda darse el caso de que quien lo dice tenga razones que él sí sabe pero nosotros desconocemos, razones ocultas, a veces buenas, maravillosas (calabazas en forma de carroza, perdices en su punto y otros cuentos) o no tan buenas (ya tengo la “perdiz” en la cazuela, me la como y se acabó la historia) o curiosas, personales e intransferibles (quien lo dice piensa: ¿qué acabo de hacer y cómo salgo de aquí? ¿Tendré que pasar por el altar? ¿Habrá perdices en el banquete?). De todas formas lo diga quien lo diga y como lo diga, un escaso 15% de la población no ha sometido dicha afirmación a consenso alguno consigo mismo. Y entonces lo que empezó con una frase se convierte en muchas ocasiones en galimatías sentimental y lingüístico. Sin embargo, si a ese “te quiero”, que se magnifica cada cinco segundos aproximadamente en el mundo, le siguiera la pregunta del interlocutor -que intenta mover algún músculo o extremidad inferior tras dicha afirmación- en un tono relajado y cordial un ¿y para qué me quieres?,entonces, y sólo entonces, ahí, comenzaríamos a entendernos. Todos nos movemos mediante códigos desconocidos para los demás, la vida consiste en ir descifrando los códigos ajenos –y los propios también-, lo que implica la construcción de una torre de Babel sentimental diaria por cabeza. Cuando alguien te dice “te quiero”, o uno mismo hincha los pulmones y expulsa una afirmación tan peliaguda debería dejar claro que un “te quiero” mal entendido deja una mancha enorme, muy difícil de eliminar, y sin embargo un “te quiero” acompañado de un complemento directo o indirecto suele ser mucho más efectivo, menos dañino y más realista, para qué engañarnos. La mayor parte de las mujeres que mueren a manos de sus parejas han escuchado en boca de sus verdugos muchas afirmaciones de ese calibre: “te quiero más que a mi vida…” José Antonio Marina recalca la necesidad de reconocer los propios sentimientos, hay gente a la que queremos para una noche, otra para dos, otra para tres, otra para cuatro, y un día nos encontramos ante alguien con quien el número de noches esperamos sea indefinido. Mientras tanto, propongo, practiquemos el “te quiero acompañar al cine” y aparquemos las perdices que tanto daño han provocado a conciencias y subconscientes varios. Tengamos en cuenta lo que nos advierte José Antonio Marina: “Los sentimientos tienen las propiedades del cristal”. El amor es un todo, un engranaje imperfecto, pero un misterioso producto que consiguen elaborar dos personas (o más, cada uno añada lo que tenga a bien) con una cantidad ilimitada de ingredientes, la mayor parte desconocidos por ambos sujetos hasta ese momento. “El amor es un deseo que va acompañado de muchos sentimientos, con frecuencia contradictorios, y que pueden estabilizarse en profundas y constantes formas de apego”, nos dice el filósofo. Éste es sin duda un buen momento para darse la vuelta con cierto garbo y preguntar a su correspondiente cónyuge, amigo, vecino, gato, perro, o tal vez hurón, tan de moda en estos tiempos, eso de “¿y para qué me quieres?”. Espero no sea demasiado tarde para ninguno de ustedes.


ANA VEGA
OBSTINACIÓN Y SUPERVIVENCIA




Herman Hesse afirmaba en uno de sus artículos que la obstinación no era un defecto sino una virtud. Al menos cierto tipo de obstinación. Digamos que la bendita obstinación de defender nuestra forma de vida, actitudes, modos y maneras de vivirla. La obstinación, por tanto, nos llevaría a empecinarnos en defender nuestros principios (y por principios entiendo aquello que uno mismo ha creado para su uso personal, para elaborar su propia tabla, pizarra o similar de mandamientos); aquello que Rosendo llamaba “maneras de vivir…”. Esta se convertiría entonces en una herramienta clave en nuestra supervivencia como individuos únicos e irrepetibles, para marcar la diferencia. Una defensa de esa individualidad que intentan arrebatarnos por todos los medios en ésta, nuestra “sociedad del bienestar” (la mayor parte vía subliminal y no tan subliminal en algunos casos, agresiva, incluso) Por eso deberíamos comprender que la obstinación en sí no esté bien vista. Dejarse llevar siempre es más fácil que aguantar el mismo chaparrón una y otra vez. Cuando ejercemos nuestro derecho a ser individuos obstinados, a que nadie nos mueva de nuestro sitio, esto suele provocar, paradójicamente, la obstinación inmediata del otro, contraria a la que podríamos denominar “obstinación saludable”. La “obstinación nociva” consiste en derribar al contrario, en llevárnoslo a nuestro territorio y proyectar en él nuestros miedos y demás conflictos (“Quien ha rechazado a sus demonios nos marea con sus ángeles”. Henri Michaux) hasta convencerle de que sólo y exclusivamente nosotros tenemos toda la razón del mundo. Esto ya no es cuestión de supervivencia, más bien de parasitismo o algún tipo de patología. “Aquí tenía un ejemplo de mi experiencia de que el hombre sincero, que sigue sus propios pensamientos con consecuencia y constancia, y que sin embargo, al mismo tiempo, deja totalmente en paz a aquellos que son de otra opinión, se enfrenta con el desprecio y el odio, y de que hacia una persona así sólo se practica la aniquilación” (El Frío.Thomas Bernhard).


Ana Vega
La Federación Mujeres Jóvenes tiene el placer de invitarle a las

“Jornadas de Linaje Feminista”

En ellas compartiremos sabiduría y aprendizaje entre mujeres jóvenes y mujeres con más experiencia. Feministas históricas y movimientos sociales nos trasladarán sus conocimientos en materia de educación, empleo, cooperación y participación y toma de decisiones.

Nos gustaría que compartiera con nosotras esta experiencia de mentorazgo y acompañamiento entre diferentes generaciones de feministas.

Fecha: Jueves 30 de octubre. 18-21 h. Subvencionado por:
Lugar: Biblioteca Pública de Oviedo
C/ Plaza Daoiz y Velarde, 11

Más información e inscripciones: mujeresjovenesf@yahoo.es. Tlf:913196846
La Asociación Mujeres Jóvenes de Asturias tiene el placer de invitarle a su recorrido histórico





“Jornadas Mujeres Jóvenes: 25 años después”

Compartiremos la experiencia de 25 años de la Asociación Mujeres Jóvenes a través de sus fundadoras, las diferentes juntas directivas y nuevas jóvenas. Contamos, además, con una exposición de los materiales editados durante nuestra trayectoria.

Nos gustaría que compartiera con nosotras esta experiencia de mentorazgo y acompañamiento entre diferentes generaciones de feministas.

Fecha: Viernes 31 de octubre. 10.30-14 y 17 a 20.30 h. Subvencionado por:
Lugar: Biblioteca Pública de Oviedo
C/ Plaza Daoiz y Velarde, 11

Más información e inscripciones: mujeresjovenesf@yahoo.es, mujoas@yahoo.es
Tlf: 985237704.



MUJERES DE DIFERENTES GENERACIONES SE DAN CITA PARA COMPARTIR SU LUCHA POR LA IGUALDAD


La Federación Mujeres Jóvenes realiza el 30 de octubre en la Biblioteca Pública de Oviedo sus Jornadas de Linaje Feminista. Durante el evento mujeres de todas las edades compartirán su experiencia en la lucha por la igualdad. Feministas históricas como Elena Simón, Rafaela Pastor o Begoña San José transmitirán el aprendizaje adquirido en años de militancia a las chicas más jóvenes de la asociación. Esta actividad ha sido subvencionada por el Instituto de la Mujer. Del mismo modo, durante el día 31 de octubre, en el mismo emplazamiento, la Asociación Mujeres Jóvenes de Asturias realizará un recorrido por sus 25 años de historia. Para este día están convocadas mujeres que pertenecieron a Mujeres Jóvenes tanto de Asturias como de la Federación, se producirá un encuentro de las mujeres que comenzaron este importante proyecto y las jóvenes de hoy que continúan con el mismo avanzando en la lucha hacía la igualdad plena. La actividad estará subvencionada por el Ayuntamiento de Oviedo, Concejalía de la Mujer.

Durante los dos días, las personas asistentes podrán visitar la exposición de los materiales de la Federación y de la Asociación.


Nota de prensa






La vie en rose...

Habló el cuerpo
y tembló la oquedad del espacio.
Con cautela, a cada extremo,
la solidez del cuerpo buscó la forma,
la asimetría estricta, esquiva,
su lugar preciso en la madrugada.
Y tomó aire, calló,
se escuchó todo el silencio
que cabe entre las bocas.
Tomó aliento,
aulló.
Y los poemas del cuerpo hablaron
en nudos y roces…

Calló de nuevo.

Rompió
la desolación
de la estancia
vacía.



...Y el cuerpo habló
dejando un infinito por palabras.

I FEEL YOU

¿Están secas tus uñas, bicho? Vamos a bailar...

... a punto de caerte en un cuento lleno de ventajas, shhshshsssssssssssssss...





"Toda historia de amor no es otra cosa
que dos modos distintos de hilvanar los olvidos"



"Tendré que hacer del hueso mi instrumento"



"Su belleza
era la de la luz de los cuchillos"




Piedad Bonnet
Las herencias


Ediciones Pata Negra ha concluido en este otoño de 2008 un nuevo e ilusionante proyecto editorial denominado 'Mitología Asturiana' por J.C. Álvarez Cabrero.

Se trata de doce aguafuertes y aguatintas, acompañados de otros tantos textos de autores contemporáneos, que traban su argumento entorno a la imagen alumbrada por Alvarez Cabrero.

El elenco de escritores que componen la edición está formado por Pablo Alvarez, Inés Toledo, Ana Vega, David S.G., Javier F. Granda, José Luis Piquero, Néstor Villazón, Elisa Torreira, Alejandra Sirvent, Fátima Fernández Méndez, Herme G. Donis y Pelayo Fueyo.

Este proyecto, que combina obra gráfica y práctica narrativa, busca la revisión profunda de la concepción reiterativa de unos temas mitológicos excesivamente manidos en nuestros días, buscando un nuevo horizonte radicalmente contemporáneo desde el que revisar nuestras creencias más antiguas y populares. Se trata de una edición única y exclusiva limitada a 75 ejemplares de edición venal.

Las doce estampas junto a las narraciones que las acompañan se alojan en una caja-libro de 27 x 37 cm. con acabado en tela e impresión de textos en oro en la portada. El libro a su vez se aloja en una caja de cartón protector.

El precio de esta edición es de 600 € + 7% de IVA para las diez primeras compras directas en editorial, tras las cuales el precio pasará a 750 € + 7% de IVA. Este ultimo precio será aplicable a los ejemplares comercializados en las librerías y galerías de Arte.

El pago de la carpeta puede ser fraccionado mediante pagos bancarios de cuotas mínimas de 50 €/mes.

Les invitamos a descubrir la obra en el siguiente enlace: 'Mitología Asturiana'

Para más información les rogamos contacten con Ediciones de Obra Gráfica Pata Negra, mediante mail o bien al teléfono: 647 69 23 69.

Si me rescatas
del frío,
prometo abandonar
el invierno
para siempre...
EL TOPO




Todavía estaba aturdida por el golpe. Giró la cabeza y vio que su hermano no se movía. Llamó a su madre. Ella no respondió. Mami, mami…Gemía, le dolía todo el cuerpo. Intentó desabrocharse el cinturón. Una vez libre, se acercó al asiento delantero. Mamá…Pero aquella no era su madre, apenas podía distinguir su cara entre el amasijo de hierros. Buscó su mano y la acercó a su rostro. Estaba fría, helada. Volvió a mirar a su hermano. Yacía en la sillita sin moverse, como dormido. Tenía la camiseta manchada de sangre. La niña volvió hacia atrás, empujó la puerta una y otra vez. No podía, no tenía fuerzas. La empujó con las piernas y la cabeza. Cayó en el asfalto. De repente se sintió mayor. La carretera estaba vacía. El coche ya no parecía azul. Su color preferido siempre había sido el azul. Comenzó a caminar. Cojeaba y sentía un dolor punzante en la cabeza. Hacía mucho calor. Siguió caminando durante un rato. Se paró en seco, algo se movía en el borde de la carretera. Fue hacia allí. Parecía una rata. Le dolía cada vez más la cabeza. El sol le impedía ver bien aquello que se retorcía. Una rata, pensó. Se acercó. De pronto recordó el bicho aquel que habían encontrado en el jardín la semana pasada. Su padre había dicho que eso no era una rata, eso era un topo. Aquella palabra le sonó rara, como inventada. Pero ahora sabía que era real: aquello que se retorcía en la cuneta era un topo.
Porque en tus ojos sin tiempo
se reflejan mil abismos de amor
del pasado,
porque desnuda sin pies, ni manos,
ni cintura, suplico a la noche
la quietud de tu piel
para convertirte en mármol,
porque me hieren labios y bocas
que se disfrazan de ti
para olvidarte,
porque moldeada por tus manos,
aliento de tu aliento,
arcilla y tierra, ceniza de tus deseos,
con el cáliz de tus besos
te sobrevivo,
porque yo, carne y sangre de tu vida,
guardo la memoria de tu adiós
en mi regazo,
yo,
tu criatura hecha verbo.
Ese reptil anegado en barro.
La experiencia del frío verde
y la humedad,
las calles desiertas
al grito.
El residuo animado y chirriante
que deja el dolor
tras de sí.

Nada.
Nada alrededor.

Como si un muerto
anidase el vientre.

Y una advertencia en el aire:
el dolor lo engulle todo.
El pasado se posó en mis manos
como un pájaro muerto,
sin alas, seco.
Nunca se ha ido.


A veces
vuelve.
Antología de poesía contemporánea, trece mujeres...



LA MANERA DE RECOGERSE EL PELO
Generación Bloguer

Selección realizada por David González que publicará el próximo año la editorial Bartleby Editores.




Tus ojos
lentamente
en mis ojos,
siempre,
desde tu puerta,
David...

ARBOL GENEALOGICO




Familia de músicos ambulantes...




Mediaoreya ou Mediaoureya -que dos xeitos lo sintimos y lo llimos- é el nome del gaiteiro popular por escelencia na marina estremoccidental asturiana, sobre todo nos conceyos del Franco y Tapia. El alcuño víaye de qu'a sou bisabolo cuméraye un cacho da oreya un cocho, accidente que nun era raro daquella: estos animales andaban ceibes por ei buscando qué cumer y nos sempre se podían velar ben os neníos nel berzo.

Eugenio García, Mediaoreya, pinta que fora nacido na Braña (El Franco), anque entre a xente dizse qu'era buruego, qu'é co mo yes chamaban na marina a os que vían d'hacia enriba, dos Ozcos. El caso é qu'allí vivíu y allí morrería camín del ano 1915. Era violinista y gaiteiro, anque na prensa sólo encontramos referencias a él como instrumentista de gaita. Del sou violín cuntan qu'era nada menos qu'un Stradivarius y einda se conserva en Ca el Obra, na Veigadouria (Boal), porque fora comprao á súa familia desque morrera Eugenio. Nun sabemos se este era el primeiro violín que tuvera Mediaoreya ou cóntas veces houbera qu'amañallo. Y é que se cunta del noso violinista qu'úa noite d'inverno, nos meses que cuase nun había unde ganar el pan tocando, condo as entresecas y dificultades domésticas parecían máis a miudo, el alcalde de barrio da Braña, Bernardo d'Ama, tuvera qu'impoñer paz na casa del músico máis de dúas y de tres veces, chegando a ter qu'amarrar a Mediaoreya con un reyo. El gaiteiro y violinista, que yas tía guardadas al munícipe, obsequióulo en con to puido con úas coplas na festa das Candelas. A resposta del autoridá foi chantarye el violín na cabeza.
¡Xa chegan os quirotelvos!
Xosé Miguel Suárez Fernández
TESIS DEL AHOGADO



Ahora el ahogado cree que todo fue un sueño. Recuerda el lago y los libros, el manuscrito finalmente concluido. Siente aún el agua adentrándose en su cuerpo, filtrándose por todas partes hasta inundarlos completamente. El peso del agua sobre él. Esa necesidad, la urgencia, de tomar aire y sentir el agua en los pulmones. La sensación aguda de silencio opaco, de profundidad, de imposibilidad de escuchar más allá de su propio estertor bajo el agua. Y los ojos que parpadean de un modo muy violento, como buscando la luz, algo que los proteja hasta quedar inmóviles frente a un punto muerto, tal vez un grupo de algas. La caída infinita del ahogado, hacia abajo pero peleando por subir a la superficie hasta el último instante. Ese dolor agudo que indica el inminente final. La última burbuja rota que sale de su garganta y se pierde en la inmensidad del agua.
El ahogado recuerda ahora sus últimas semanas, las horas de estudio inacabables, con el sudor pegado a su frente, a su camisa. Recuerda la ansiedad, la incertidumbre, las palpitaciones que no cesan, el insomnio y los vómitos. Puede ver, sin embargo, todavía con absoluta precisión, la sonrisa de Jane, la forma en que su cabeza se gira levemente hacia el lado derecho para entonces sonreír con disimulo y mirarle con cierto pudor a los ojos. Puede sentir el beso. Ahora se muerde los labios e intenta encontrar algo de ese último acercamiento, algún resto, lo que sea.
El ahogado recuerda el momento en el que arrojó el manuscrito al lago, ese ímpetu desesperado, la fuerza extrema que surge en todo ser humano en los momentos límite. Puede ver con total claridad, como si de otro se tratase, cómo de forma automática e inconsciente se lanzó al agua para salvarlo. Era imprescindible hacerlo, recuperar todos esos años de trabajo, de vida, perdidos, ahora, inútilmente.
Recuerda, cómo vio ya cerca, muy cerca, un pequeño remolino que girando sobre sí mismo engullía su trabajo. El agua se lo tragó todo.
El ahogado asume, desde este lado, que en esa especie de agujero negro húmedo e intangible encontró la respuesta que tantos años de trabajo no le habían proporcionado. Y se dirigió al centro mismo del monstruo para hallar respuestas.
La tesis del ahogado permanece aún en el fondo del lago. Nadie reclamó el cuerpo. Otros continúan investigando aquello que sólo el ahogado puede comprender desde este lado, bajo el agua.














El no muerto no cree en el amor. En las servidumbres que el hombre impone. Cree en el momento que precede al beso, en esa cercanía intacta del todo es posible. De la identidad definida en ese mismo instante. Esa pertenencia. Su reflejo en el cuerpo amado. No creerse ningún milagro, sólo la mano que acaricia sin preguntas.

El cuaderno griego

DAVID ASTERISCO, MINICOMPONENTES...

Uno de los artistas más cercanos y más grandes que he conocido, artista poliédrico, de raza, de corazón y vísceras, con coraje y ganas de enfrentarse al mundo, de cambiarlo desde el centro mismo de su alma. Mi niño dulce, mi ojos, mis pasos, donde yo no alcanzo y tú sí... Cerquita siempre, a mi vera. Trotamundos de mirada inquieta y en paz porque tú, tan sólo tú, lo has logrado con tus ganas.
Alguien a quien admirar, alquien a quien querer, siempre, en cualquier parte del mundo.




Le taparía el tiempo
con rosas, porque no
recordara.

Remordimiento. Juan Ramón Jiménez.
Esa forma tuya
de mantener la distancia
entre los dos.
Nosotros dos.

La lentitud con que te mueves
sin yo pedir nada.
La mirada suplicante
que en un solo minuto,
un segundo,
me recorre el cuerpo entero
en una avalancha hacia ti.

Quiero creer que tengo,
que poseo algo,
que tú estás en cierto modo,
en algún lugar
de mí
esperando siempre
la llamada, la invitación divina,
un simple acercamiento,
un abandonar distancias...

Nosotros dos.
Ambos.
Uno,
en alguna ocasión,
ciertos días.
La balanza que se equilibra
a golpe de caricia.
El desorden caóticode no verte.
"No hay más diálogo verdadero que el diálogo que entablas contigo mismo, y este diálogo sólo puedes entablarlo estando a solas. En la soledad, y sólo en la soledad, puedes conocerte a ti mismo como prójimo; y mientras no te conozcas a ti mismo como a prójimo, no podrás llegar a ver en tus prójimos otros yos. Si quieres aprender a amar a los otros, recógete en ti mismo"
Miguel de Unamuno
El pasado se posó en mis manos
como un pájaro muerto,
sin alas, seco.
Nunca se ha ido.


A veces
vuelve.
JACK


Lentamente, de forma sigilosa, el perro se arrastró por el suelo hasta llegar a ella. La chica estaba llorando, en posición fetal, sobre la hierba. El perro se acercó despacio y comenzó a olisquearla, por todo el cuerpo. La chica siguió llorando sin percatarse de la presencia del perro. Se encendió la farola que había junto a la chica, anochecía. La escena parecía reproducir una extraña danza entre el perro y la chica. El perro se sentó a su lado. Ella siguió llorando, cada vez más y más fuerte, con algún espasmo corporal provocado por el frío, hasta que pasadas dos horas su llanto cesó de golpe. Estiró las piernas, se sentó, y comenzó a acariciar la hierba que la rodeaba. Fue entonces cuando lo vio, allí mismo, junto a ella, sin moverse, con su mirada clavada en sus ojos. Jack había regresado a casa.

Candy... Iggy Pop

SWING


Swing, dijo ella. Bailemos Swing. El hombre pareció sorprendido. La agarró por la cintura, la enredó entre sus brazos, le dio media vuelta y la lanzó a la pista. ¡Swing!-gritó ella, soltando una estrepitosa carcajada. Ella comenzó a contonearse en el centro de la pista, él la siguió. Ella se movía rápido, él lento, muy lento, junto a ella. De repente la música cesó, un hombre alto y desgarbado entró en la sala. Se escuchó un disparo. La chica cayó al suelo. Bailemos swing, susurró mientras la sangre inundaba su boca. Él pensó que ya no podría invitarla a la fiesta del sábado en el centro de la ciudad. Tendría que llamar a Beth.
"Quien ha rechazado a sus demonios nos marea con sus ángeles"

Henri Michaux
"Una mujer que escribe: los hombres no lo soportan. Es cruel, para un hombre. Es difícil para todos"

Marguerite Duras
Porque en tus ojos sin tiempo
se reflejan mil abismos de amor
del pasado,
porque desnuda sin pies, ni manos,
ni cintura, suplico a la noche
la quietud de tu piel
para convertirte en mármol,
porque me hieren labios y bocas
que se disfrazan de ti
para olvidarte,
porque moldeada por tus manos,
aliento de tu aliento,
arcilla y tierra, ceniza de tus deseos,
con el cáliz de tus besos
te sobrevivo,
porque yo, carne y sangre de tu vida,
guardo la memoria de tu adiós
en mi regazo,
yo,
tu criatura hecha verbo.

WHITESNAKE.HERE I GO AGAIN

"Podía sentir la demoníaca vinculación de un hombre por su única mujer"

Sam Shepard. Crónicas de motel.

ZEM

Hasta las sociedades más primitivas tienen un respeto innato por los locos...

La ley de la calle. F.F. Coppola
"Más de uno escribe, sin duda como yo, para perder el rostro"

Maurice Blanchot
UNA MUJER APALEADA ES UNA MUJER PELIGROSA



Una mujer apaleada es una mujer peligrosa, dijo Sam. Como todas, contestó el camarero con una sonrisa medio torcida. Sam bebía tequila, uno tras otro; masticaba la corteza del limón seco que quedaba, una manera como otra cualquiera de avivar la herida, de rebelarse. El camarero seguía con el mismo vaso en la mano, no conseguía quitar una diminuta mancha de barra de labios que se resistía al agua, al jabón, y a sus manos expertas tras años detrás de la barra. Qué estúpida, susurró Sam, y pidió otro tequila. Cuando el camarero se acercó, él le agarró el brazo con fuerza y mirándole a los ojos, le dijo: Esa rubia no volverá a engañarme. El camarero no soltó el vaso, cuando le dejó libre fue a buscar su décimo tequila. Le dejó la botella al lado y siguió limpiando el vaso. Sam le llamó. Cuando se acercó, vio como los ojos de Sam estaban enrojecidos, coléricos. Sam le agarró la cabeza con ambas manos, como en una extraña plegaria o súplica. Le empujó hacia atrás. El vaso calló al suelo, brillante, sin marca alguna ya. Sam dijo: Las mujeres apaleadas son peligrosas. Se levantó y se dirigió a la puerta. Entonces el camarero pudo ver cómo al alejarse su pierna izquierda dejaba un rastro de sangre.
En el vértice de tu forma,
a cuerpo abierto,
te voy adivinando.
En el lugar menos propicio hallo
la consistencia brutal,
el esqueleto mismo,
la respuesta al hombre, la piel,
esa tenue sugerencia íntima
a la anarquía.
Y te repaso, y te comparo,
y te huyo dos pasos
porque así, despierto,
te ves, de veras, grande.
No sé si mirar
o cerrar las puertas,
si alejarme
o caer despacio.
Ese reptil anegado en barro.
La experiencia del frío verde
y la humedad,
las calles desiertas
al grito.
El residuo animado y chirriante
que deja el dolor
tras de sí.

Nada.
Nada alrededor.

Como si un muerto
anidase el vientre.

Y una advertencia en el aire:
el dolor lo engulle todo.
CHOCOLATE AZUL


La primera nevada del año. La casa silenciosa y la chimenea encendida. Todo ordenado, limpio. Ni un solo ruido. Todo quieto, intacto. Los niños aún no se habían despertado. Todavía quedaba algún bombón en la caja. Pocos, muy pocos. Era una caja enorme. Todos de licor. Eso decía el envase: bombones de licor. La abuela estaba allí, junto a la caja, en la cocina. Despedazando los que quedaban. El líquido azul le chorreaba en la falda. Todo en silencio, al fin, pensaba. Todo en silencio. Ya sólo quedaba uno, el último de la caja. Abrió la boca y se lo tragó sin pensar. Cayó al suelo.
Entonces recordó la imagen exacta en la que inyectó el veneno, con la jeringuilla, en el primer bombón. Aquel líquido azul que compró el viernes pasado. Silencio, pensó.

NEW YORK STORIES

SONG TO THE SIREN

NE ME QUITTE PAS

EL TOPO




Todavía estaba aturdida por el golpe. Giró la cabeza y vio que su hermano no se movía. Llamó a su madre. Ella no respondió. Mami, mami…Gemía, le dolía todo el cuerpo. Intentó desabrocharse el cinturón. Una vez libre, se acercó al asiento delantero. Mamá…Pero aquella no era su madre, apenas podía distinguir su cara entre el amasijo de hierros. Buscó su mano y la acercó a su rostro. Estaba fría, helada. Volvió a mirar a su hermano. Yacía en la sillita sin moverse, como dormido. Tenía la camiseta manchada de sangre. La niña volvió hacia atrás, empujó la puerta una y otra vez. No podía, no tenía fuerzas. La empujó con las piernas y la cabeza. Cayó en el asfalto. De repente se sintió mayor. La carretera estaba vacía. El coche ya no parecía azul. Su color preferido siempre había sido el azul. Comenzó a caminar. Cojeaba y sentía un dolor punzante en la cabeza. Hacía mucho calor. Siguió caminando durante un rato. Se paró en seco, algo se movía en el borde de la carretera. Fue hacia allí. Parecía una rata. Le dolía cada vez más la cabeza. El sol le impedía ver bien aquello que se retorcía. Una rata, pensó. Se acercó. De pronto recordó el bicho aquel que habían encontrado en el jardín la semana pasada. Su padre había dicho que eso no era una rata, eso era un topo. Aquella palabra le sonó rara, como inventada. Pero ahora sabía que era real: aquello que se retorcía en la cuneta era un topo.
EL FINAL DEL CUENTO

en homenaje a Inés Toledo y su libro El final del cuento


A veces
tengo sensación
de batalla perdida,
de general
con hombres muertos
a sus pies,
con manos ensangrentadas
pero inútiles…


Cansancio acumulado.
Elaboración de tácticas
y estrategias
estudiadas con precisión
de bisturí
y a las que siempre
vence
el caos
del mundo
más cotidiano.


A veces
siento
que ni los cuchillos
más afilados
logran
cortar bien la carne.
Siento que poco
o nada
tiene sentido.


Y sin embargo,
en contadas ocasiones,
veo con claridad, exacta,
de halcón
desde las alturas,
como la verdad
vence al cobarde;
cómo el triunfo
está asegurado
desde el principio
para aquéllos
que se mantuvieron firmes,
los locos, los salvajes,
los que no se dejan domesticar:
los más cuerdos
entonces.
Y sé que noches de cuchillo
y ruido ensordecedor
les preceden,
espinas bajo sus pies,
clavos ardiendo
siempre
en sus manos
y muñecas rotas.


Al final
del cuento
la paz
llega a los ojos
del indómito
con la facilidad
con la que el cielo
abre sus puertas
tras la tormenta.
Benditos sean
aquellos
que han logrado
sobrevivir
al desierto.
INSTINTO





El viejo solía ir a cazar solo. El y aquel perro gris que le seguía a todas partes desde que apareció junto a la verja. Ya no hacía tanto frío, el invierno dejaba paso a la primavera. Era temprano, las ocho o nueve de la mañana. El bosque parecía el lugar más tranquilo del mundo. La escopeta pesaba más que la última vez, ahora empezaba a notar eso de la edad. El perro le seguía sigilosamente, contento, olisqueando aquí y allá. Hacía casi dos años que no salía de caza. Apenas quedaba nada que mereciese la pena por allí.
Se vislumbraba un claro al fondo, cerca del río. Decidió bajar y dejar que el perro bebiese un poco y echar un vistazo. El río tenía un caudal abundante todavía, nada que ver con el que él había conocido de niño. Todo había cambiado. Ahora estaba solo. Recordó a su padre pescando en ese mismo río, cerca de casa; y cuando él y Tomás se bañaban y resbalaban con las piedras. Junto a ese mismo río había conseguido arrastrar a Teresa, y convencerla de su amor mientras le subía la falda. Ella opuso resistencia pero a él eso nunca le importó ni antes ni después de veinte años de matrimonio. Ahora ella estaba muerta y él seguía allí, de caza, con aquel perro viejo como él.
Un chillido alertó al perro. Salió corriendo hacia arriba, hacia el bosque. El viejo cogió la escopeta en la mano y subió. Cuando iba a llamar al perro recordó que no sabía su nombre, si es que tenía alguno. Silbó. Se paró en seco, intentando escuchar algo. Nada. Ninguna señal. Siguió caminando. Le pareció ver a dos chicos alejarse corriendo. Oyó sus risas y una especie de gimoteo más cerca. Se dirigió al lugar del que parecían huir. El instinto le decía que allí no pasaba nada bueno. Ya no se escuchaba nada, ni risas, ni ninguna voz. El perro apareció de pronto entre los arbustos. Se alegró de verlo, pero no sabía por qué. Odiaba ese perro, le recordaba a él. Era feo y flacucho, tenía todas y cada una de las costillas marcadas. Había recibido más de un golpe, eso sin duda. El perro se acercó moviendo la cola. Traía algo en la boca. El viejo se agachó y lo cogió: era un pedazo de tela, con flores y muchos colores. El perro ladró, orgulloso de su hallazgo. Escuchó de nuevo un llanto cerca, le hizo un ademán al perro para que se callara y se acercó a los arbustos de los que el perro había salido. Vio a una chica semidesnuda, alejándose, torpe, cayéndose al suelo a cada paso. Tenía el pelo alborotado y se alejaba sin rumbo. El viejo decidió que ya era hora de regresar a casa. Eran las doce y tenía hambre. Le hizo un gesto al perro, colocó la escopeta en el hombro izquierdo y se marchó. El perro cogió el pedazo de tela en la boca y siguió al viejo.
BLESEÉ


A David González, quien abrió la puerta aquel día tan frío



Años y años
muerta
de frío.


Herida.
Rota.


Los buitres
me arrancaron
los ojos
hace
demasiado
tiempo.


Inocencia
extirpada
a dentelladas.


Pero confianza
ciega
todavía
en quien ahora,
en este mismo instante,
abre la puerta
y entra.


Mis ojos
en sus ojos.
Lentamente…
LA SOMBRA DEL TECHO



Por las noches escuchaba al niño corretear por el pasillo. Miraba al techo y se preguntaba qué hacía un niño levantado a esas horas. Todas las noches lo mismo, a las cuatro en punto. A veces, despertaba a su marido para que lo escuchase también. Aquello era raro. Acababan de instalarse en el piso, apenas conocían a sus vecinos. El niño tendrá algún tipo de problema, pensaba. Noche tras noche, el niño y su carrera infinita por el pasillo. Al día siguiente se levantaba aturdida, con los pequeños pasos del niño en la cabeza. El niño gritaba: ¡Papá! Tendría unos seis años, imaginaba.
Un día se cruzó con sus padres en el portal. Les preguntó: ¿Qué tal el niño? Ellos se miraron sorprendidos. La mujer contestó: Cuando nos casamos decidimos no tener hijos. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Esa noche apenas puedo dormir, ni la siguiente, ni la otra, nunca.

LA CHICA DEL PUENTE, PATRICE LECONTE

EL RING

Él dijo: pide un deseo. Ella dijo: un saco de arena y unos guantes de boxeo. Un profundo silencio invadió la sala. Dios bajó la cabeza, se sintió impotente.

El Cuaderno Griego. Ed. Universos, 2008

DINÁMICA DEL FRÍO

I


El dolor. La soledad y el frío. Cómo enfrentarse a eso. Cómo hablar de ello. Nunca hay palabras suficientes para describir ciertas miradas. Una especie de sombra entre los vivos, un no muerto. Eso eres ahora.


El silencio del que espera. El miedo acecha en cada esquina del cuarto, en cada recuerdo… Enmudecer, el dolor te silencia por dentro.
Se busca aliento en el cuerpo ajeno como quien suplica cobijo bajo la noche. Pero se vive en la desesperanza, nadie puede cambiar eso, ningún cuerpo, ninguna caricia, nada.
Habitar ausencias. Volver a los libros, al amante de la china del norte que ama con desesperación, dice Marguerite Duras, a la frágil niña. Ver cómo ellos se abandonan bajo las sábanas, intentando huir, escapar de la soledad y el miedo. Y se aman como nadie lo había hecho nunca antes. Duras: “escribir es contar una historia que ocurre por su ausencia”. La capacidad de reflejarnos en una historia, de ver a través de ella, de descubrirse en ella.


Callarse por dentro, eso es el dolor. Que no quede nada por decir. Como si un siglo anidara bajo los pies. Hay una eternidad de ausencias, de acariciar nadas, de restar sin más.


Y cuánto dolor nos cabe en la boca, en una vida, en un silencio. Cómo averiguar si el cuerpo resiste caída tras caída, el ejercicio brutal, repetido tantas veces, de levantarse una y otra vez. Una batalla sin tiempo, sin horizonte final, una extensión ilimitada.


Cuando reconoces el dolor, lo conoces de cerca, nada vuelve a ser igual. El miedo acecha siempre. El frío es algo más que una sensación, forma parte de ti. En algún momento dejas de existir incluso, no hay cuerpo, sólo una soledad fría cuyo reflejo en el espejo te recuerda que sigues vivo. Todo ha cambiado pero en el escenario el protagonista sigues siendo tú. La lucha continúa. Aunque el cuerpo no responda, ni quiera hacerlo, el espectáculo sigue su curso. O abandonas por la puerta trasera y corres hacia la nada, o decides pelear. Decidas lo que decidas el dolor te acompaña siempre.


Volver a Duras: “En el libro hay eso: la soledad es la del mundo entero. Está por todas partes. Lo ha invadido todo. Sigo creyendo en esta invasión. Como todo el mundo. La soledad es eso sin lo que nada se hace. Eso sin lo que ya no se mira nada. Es un modo de pensar, de razonar, pero sólo con el pensamiento cotidiano. También eso está presente en la función de la escritura y ante todo quizá decirse que no es necesario matarse todos los días desde el momento en que todos los días podemos matarnos”.


El dolor como un perro rabioso que te agarra fuerte y no suelta. La impotencia total frente a él. No hay armas, ni herramientas, nada es suficiente. Cuando alguien intenta nombrarlo, descifrarlo, los sonidos desaparecen en la garganta. Sólo el silencio. Un silencio espeso y denso.


El dolor te convierte en una especie de no muerto entre los vivos, un ser extraño entre dos mundos. Cuando se conocen ambos lados nada vuelve a ser lo mismo. El no muerto se sitúa en un plano distinto al resto. No hay entendimiento posible entre un plano y otro. El no muerto conoce, ha visto, sentido, puede comprenderlo todo, el vivo camina despreocupado, de la tormenta sólo conoce el rayo.


La garganta se rompe cada vez que el no muerto hace el inexplicable esfuerzo de expresar, de realizar el acto carnal de comunicarse: hablar con silencio. Y su silencio se convierte en un silencio a voces que nadie entiende porque no saben, ni pueden, descifrarlo. La necesidad, la búsqueda, la impotencia de no saber a dónde te diriges y por qué. El tiempo del no muerto, lento y pausado, marcado por el golpe más reciente. Un tiempo que no acaba. Un descanso finito o infinito que no llega. Un descanso que desconoce, que ni alcanza a intuir. Mitigar el dolor. Pensar en los pequeños apartamentos con mucha luz, las casas grandes de techos altos, el espacio donde esconder el silencio o que el silencio hable de una vez por todas. Creer en esa posibilidad mínima.


El no muerto intenta hablar de nuevo. Vomitar lo incomprensible. Incoherencias. Certezas cojas.


La soledad como espacio indeterminado e indefinido cuyos límites cambian constantemente. El frío como compañero inseparable y fiel. El dolor como centro neurálgico. Un universo propio.


Es como si Gregor Samsa hubiese sobrevivido y la repugnancia y el dolor lo contaminasen todo. El no muerto se siente condenado al recuerdo. Después de haber visto, conocido…


Un pequeño oasis en el dolor, una imagen: la necesidad de conocer Trouville, de acariciar el mar. La vie tranquile (M.Duras)
Perdidos ante el dolor, desnudos, todos iguales, sin piel, sin rostro, sin nombre. El dolor lo engulle todo.


El no muerto acaricia un rostro desconocido y se busca en la caricia del otro. Intenta ver la luz en su piel. Se deja. Husmea. Se acerca. Y después la distancia inevitable. Silencios elocuentes. Tocarse para ser visto. Sentir animal bajo la mirada. Buscar. Buscarse en otro.


La mirada infinita del emigrado.
Perderse en la carencia. Lamer heridas, gemir noches enteras como bálsamo. Piedras de dolor que magullan. Restos. Tiempo oxidado.


El no muerto reconoce que toda su vida ha sentido frío. Su vida ha sido el frío y nada más. Ausencias. Reconocerse en el espejo duele demasiado: sentir un punzón ardiente atravesándote la garganta. Desear gritar. Saberse diferente, extraño.


La soledad total. El frío en los huesos. Caminar con miedo, como si la tranquilidad primera no hubiera existido nunca. En el punto cero ya existía el dolor. Comprender que no hay argumentos posibles para descifrarlo, nada sirve.


Aflicción: el reino de los no muertos.


Un perro sombrío en el espejo, desdentado, aullando, perdido...El no muerto sigue caminando. Continúa la espera, la salvación imposible del no ser. Difícil ver sin dios. El no muerto camina.


Apariencias que se desdibujan. Aullidos muertos. Callarse por definición, musitar dolores, enmudecer como firme propósito.


Comer temblando. Conciencia de haber muerto en ese instante. Y ese atisbo de luz, ese presentir que quema tanto.


La fuerza brutal de levantarse. La expresión mutilada de la impotencia. Sentirse muerto y caminar entre vivos. Sin remedio. Aullar. El no muerto continúa.


El miedo a permanecer vivo en el dolor. Y la experiencia del frío. El frío a cada paso, en cada esquina.


La soledad de las casas llenas. De las personas, de un mundo alrededor que no ve.
Extrañeza de continuar. La soledad de estar vivo y que nada importe, que el dolor lo inunde todo.


La mirada perdida del no muerto frente al mundo. El asco de ver por dentro la realidad, de oler el hueso tras el rostro. El asco de conocer, haber visto, haber palpado de veras. El no muerto busca humanidad, cree por un momento, y halla escombros como respuesta. El que ha sufrido demasiado y lo sabe, y que llegado este momento los caminos de regreso se pierden. El no muerto pierde la sonrisa por olvido.
Y entre escombros una pequeña pared en pie, piedras que no dependen ya de nadie. Oportunidades siempre remotas.
El dolor como nunca antes. Cuerpo infinitamente masacrado. No gemir por absurdo, la inutilidad de saber, saberse, haber visto, conocer respuestas. La indefensión y el poder del dolor, la contradicción misma. El vértigo de conocer la caída y la extrañeza de haberse levantado. Mirar desde dentro hacia fuera. El no muerto se reconoce en cada piedra del suelo. Continúa. Recuerda de pronto el agua bajo los pies desnudos, la caricia de la arena, la desnudez, el sol quemando, y se abandona. Creerse vivo por un momento. Recordar Trouville sin haber estado nunca allí. La dulzura de los paseos a media tarde. El olvido. El sueño del no muerto. Resquicios de esperanza aturdida.


La crueldad de las carencias. La soledad marcando el paso.


El no muerto se rinde una y otra vez, y pelea, y se esconde, nada es definitivo. Se abandona. Se convierte en una llanura desierta. Y observa. Ve el miedo, el alcance del vértigo. Escupe palabras para tapar el llanto.


Girar la llave de la memoria. No querer ver más. El no muerto se niega a haber sido visto.


Hundirse y no pasar nada. Extrañeza. El no muerto frente al espejo intentando reconocerse en algún gesto, las muecas del dolor. Saber que el camino de regreso no existe ni ha existido nunca.


El no muerto se levanta, continúa despacio.


Sorpresa ante la inusitada atención que despiertan los muertos que han sido rechazados en vida. Dónde el equilibrio. Cómo buscar la mirada justa.


La tragedia del no muerto de ver más allá. Donde los demás no llegan, donde el resto siente miedo y aparta la vista.


El no muerto, el que amanece como un aullido.


Tapar el dolor con restos del pasado. Rescatar al amante, su anatomía. Esconder la realidad en el cuerpo ajeno, el cuerpo amado. Olvidar o intentarlo al menos. Buscar respuestas. Los cuerpos como universo, ese momento en que permanecen entrelazados y el tiempo se detiene. La cópula como huida salvaje, definitiva. La no identidad. Ese momento en que dos se convierten en uno, esa extenuación final donde no hay lugar para el dolor. Creerse vivo en el amante y su cuerpo, como única forma de sentir la piel caliente todavía.


Fingir que no has muerto, borrar marcas y heridas, y no lograrlo nunca.


Enmudecer siempre. Aullido.


El no muerto no cree en el amor. En las servidumbres que el hombre impone. Cree en el momento que precede al beso, en esa cercanía intacta del todo es posible. De la identidad definida en ese mismo instante. Esa pertenencia. Su reflejo en el cuerpo amado. No creerse ningún milagro, sólo la mano que acaricia sin preguntas.


El no muerto sabe que debe continuar pese a todo. Se levanta y camina sin rumbo.


El dolor permanece agazapado, al acecho. El peor, el que calla, el que aúlla por dentro.


El no muerto se resucita cada día. Sobrevive de nuevo. La soledad cerrada del no muerto. El miedo a descubrirse vivo por un momento y que el oasis le invada.
Permanecer quieto. Brutalmente atrincherado.
Como un gato enjaulado volviéndose loco.


Incapacidad de querer. De creer en otro.


El no muerto se pregunta cómo matarse si ya estás muerto.


Esperar el final. Alivio. Siempre existe un final, aferrarse a eso.


Dolor. La corporeidad del dolor. La atrocidad del dolor en la materia inerte pero blanca todavía. Que el cuerpo aúlle.


El no muerto llega a la conclusión de que seguir viviendo, permanecer, es totalmente ridículo. Caer en el absurdo, de nuevo. Esa brutalidad de seguir. Sentirse en el dolor. Desconocimiento absoluto de lo que va más allá.


Escombros.


El no muerto se identifica con el perro viejo y magullado que nadie quiere. Lo ven. No lo tocan. Son cómplices del dolor. Le abandonan al desierto.
El no muerto desea que los ojos que observan el dolor sin inmutarse lo sientan en carne propia. Que reconozcan el dolor del mundo entero de repente, en un fogonazo. Y que puedan sentir el dolor de cada noche, cada día que el perro recorrió a rastras la ciudad. Y que sientan su dolor en cada dolor ajeno. Que así sea.


El no muerto anhela una palabra. La palabra exacta.


La extenuación de haberse convertido en un animal sin saberlo. De haber sido herido y no saber nada más. Temer las cercanías. Identificar caricia con golpe. Desconocer términos, significados. Haber vivido demasiado tiempo en el dolor.
Y el miedo.


El no muerto desea por un momento arrastrar al infierno a todos los que participan en la agonía del perro viejo. Al fango. Esperar, ingenuamente, que así comprendan.


Contemplar las heridas, las cicatrices, ver su rostro, su trayectoria, el camino que las conduce. El no muerto sabe explicarse en ellas.


El no muerto desea poner las cartas sobre la mesa. Hablar de la hipocresía de seguir viviendo, de la mentira que se aplaude cada día. De aterrizar sobre espinas y no sentir nada ya. Hablar de lo que nadie se atreve a decir, de lo que callan. Del grito silenciado. De nombrar las gigantescas heridas que ve a su alrededor. Del amor. De lo que se considera amor o comodidad, o cama y siesta. Del amor con cama y siesta y luego cama otra vez, y en medio ternura, y pasión. Añadir respeto a la cama y siesta para llegar a la pertenencia. O apartar la vista y convertirse en cobardes, fingir, seguir al rebaño.


El no muerto descubre que escribir no salva. No es suficiente.


El no muerto se hiere como escape. Observa la piel enrojecida y sabe que eso tampoco es suficiente. Ver la sangre y no pasar nada. Lamerse las heridas.


Como un gato enjaulado volviéndose loco. Loco. Sin salida. Loco.