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DISECCIÓN





Hoy día la vida se plantea como una huida hacia adelante, como si un monstruo terrible nos pisase los talones, ese monstruo es el miedo. Pocos o ninguno desean ver el rostro real que se esconde tras toda mirada, todo gesto, situación, lugar o hechos. La facilidad de la huida nos ofrece la excusa perfecta para llevar a cabo dicha huida de forma inmediata hacia un futuro que por puro desconocimiento, distancia, se convierte en algo más fácil de tolerar, de superar incluso, puesto que esa misma distancia nos permite eludir todo conflicto, posición, debate.

El miedo puede salvarnos y así lo ha hecho desde el origen, dirigiendo los pasos del ser humano hacia la supervivencia básica, sin embargo, se convierte hoy en nuestro propio enemigo. Diversos estudios han analizado las posibles consecuencias que el ser humano sufre por haber sido arrancado de su ecosistema natural y obligado a vivir en ciudades y sociedades donde el instinto se obstruye, se derriba, se persigue, se amortigua, convirtiéndonos en una especie de masa informe sin pensamiento propio que persigue un bien común sin definir, marcado por el materialismo y el capitalismo que subyace a éste; donde el individuo deja de ser alguien para convertirse en parte de ese todo. Por tanto, abandona el instinto ancestral que supo guiarle hasta aquí para transformarlo en una especie de ser mutilado, tan sólo capaz de moverse en masa, con y hacia otros, sin poder alguno sobre sus decisiones y vida, y de este modo con la capacidad de visión e intuición totalmente mermada o inutilizada por la falta de uso. El miedo que nos salvó en un primer momento, se convierte ahora en enemigo, algo que continúa su labor primera en un entorno hostil, diferente y que el ser humano ha transformado en algo negativo, que le aleja del camino marcado por otros y que por tanto le ha dejado totalmente desamparado en una selva desconocida pero no por ello carente de peligros, quizá otros, pero no menos dañinos. El ser humano, olvidado en un mundo de máquinas, en un escenario de papel usado, sin vida, no sabe cómo utilizar ese miedo y a su vez éste no encuentra vías, cauces, adecuados para indicarle el camino a seguir, por lo que ambos se convierten en enemigos, desembocando dicha situación en todo tipo de trastornos, agresiones, relaciones defectuosas y comportamientos de diversas patologías. El ser humano se convierte en objeto en busca de dueño, alguien que dirija sus movimientos, espante el miedo y arranque de cuajo lo que queda de instinto bajo la piel. La energía antes empleada en la caza, la mera supervivencia, se vuelve contra él mismo, deja de existir lo necesario para adueñarse de superficialidad y todo lo que eso conlleva. El abismo físico y psicológico que esto provoca es evidente y difícil de curar puesto que ahora se convierte en abismo perseguido y útil para las grandes campañas de marketing, mercado y, siempre, capitalismo feroz.

Enfrentarse a la realidad exige no sólo cierta destreza sino también, y fundamentalmente, valentía. Asumir la verdad, del mundo, nuestra verdad, es algo complejo, duro, difícil, algo que hoy día prefiere evitarse en todos los sentidos. La verdad no sólo consiste en ser sincero con uno mismo, también con el otro y principalmente es necesario ser capaz de asumir la realidad tal y como es, no como la muestran, no como nos gustaría o deseamos, simplemente lo que nuestros ojos ven. De nuestra capacidad de elección depende ir hacia la ceguera impuesta de manera cobarde o el dolor que implica enfrentarse cada día no sólo a la realidad más cruda y deforme, también al miedo que esto provoca en otros: atravesar la norma y rasgarla lentamente.

Vemos el miedo en las relaciones sentimentales, familiares, personales en definitiva, como modo de atacar al otro, como manera mal entendida de sobrevivir, de seguir adelante, de situarse un paso por encima de la cabeza de quien tenemos al lado, vemos el miedo en la hipocresía, en la mentira, en cómo fingimos aquello que creemos más fácil o nos conviene social o económicamente, también como modo de protegernos, de mantener cierta quietud que tranquilice a la masa, que no perturbe el pensamiento único. La oveja negra es aquella que piensa y se manifiesta, nunca la que permanece estática, en cualquier ámbito. El amor, como objeto, única manera de enfrentarse a él de manera más o menos objetiva, realista, se convierte en el núcleo perfecto donde el miedo esconde sus raíces más profundas, pues en el amor es difícil encontrar ancla alguna en el pensamiento o la razón (de ahí que algunos trastornos como el autismo manifiesten una imposibilidad total o parcial para entender dicho fenómeno, pues no hay utilidad alguna en él, al menos práctica, ni un modo de acercarse a una breve explicación o razonamiento de todo lo que el amor engloba y los comportamientos y actitudes que provoca).

El miedo en el arte, tanto en literatura, pintura, como cualquier otra disciplina es un vehículo imprescindible para acercarse al límite, a la búsqueda más arriesgada, adentrarse en lo más profundo del ser humano, el abismo, aquello que dirige nuestras vidas desde la sombra: el miedo a la muerte, el miedo a desaparecer, el miedo a la nada. Crear puede convertirse en un modo de permanecer, de vencer la muerte, también el miedo. Y por supuesto de acercarse al abismo último, búsqueda incesante, perpetua, eterna de lo que ni tan siquiera podemos nombrar, definir. El arte es la búsqueda de la verdad, al menos el arte verdadero, búsqueda que implica un cruel y necesario enfrentamiento titánico entre el ser humano y aquello que más teme.

Muchos son los elementos empleados por el ser humano para vencer al miedo o buscar respuestas, en la ayahuasca encontramos algunas de las experiencias más interesantes acerca de muchos de los grandes interrogantes del ser humano, la búsqueda de sentido, el abismo que se esconde tras todo hombre y toda mujer, la parte oscura que todos escondemos, la luz y la sombra, y el modo en que en este caso, por medio de esta sustancia, podemos atisbar de un modo brutal ciertas respuestas, atravesando demonios internos. El chamanismo nos ofrece una nueva e interesante visión sobre todo lo descrito hasta ahora y también un nuevo enfoque acerca de los problemas que muerden al ser humano desde siempre, enfermedad, dolor… En el dolor el ser humano ha de enfrentarse a una realidad sin paliativos, la verdad tal cual, la propia y ajena, el mundo mismo que a partir de dicha experiencia (la vivida en el dolor o la enfermedad) no volverá a ser jamás la misma. El dolor nos cambia, nos desnuda, nos conduce a nosotros mismos, imposible escondernos a partir de entonces de nada o nadie, mucho menos del miedo o la verdad. El dolor te arranca la seguridad que crees poseer para darte otra mucho más poderosa: haber sobrevivido. En la enfermedad el ser humano ha de vencer el demonio más antiguo y el más peligroso: el miedo de haberse convertido ya en nada. A partir de dicho miedo sus raíces se extienden a lo largo y ancho del mundo. El dolor es el vértice del miedo.

Encontramos asimismo un estrecho vínculo entre el miedo y algunos comportamientos violentos, el maltrato, el acoso, la cobardía, principalmente base de todos los males, y la maldad a secas, sin más. No golpea o hiere quien se siente seguro sino quien siente miedo, quien no puede conciliar su vida con él, asumirlo, ser capaz de ver su ridícula presencia en el mundo casi como mero accidente y no como elección divina. Tiene miedo quien no reconoce tenerlo y para asegurarse que dicho pensamiento siga en pie, se coloca a golpes por encima del otro siempre para asegurar que nada ni nadie ponga en duda lo que tan sólo él cree ver. Todo superviviente reconoce la maldad de forma inmediata y mucho más el miedo que pretende ser ocultado. La cobardía podría ser identificada como una de las patologías más peligrosas del mundo, al menos, para los otros, no para quien la ejerce de manera brutal sobre sus congéneres.

Por tanto, todo sujeto que piensa por sí mismo, todo sujeto que puede representar algún tipo de peligro por utilizar sus propios medios de vida, sobre todo de pensamiento, ha de ser eliminado. Bernhard nos advertía que ante cierto tipo de individuos sólo cabe el deseo de exterminio inmediato que sienten los otros. Todo aquello que se aleje de la masa y lo predeterminado, que no se deje etiquetar, ha de ser eliminado o controlado al máximo. Aquí es donde la mujer encuentra su calvario. La mujer como objeto de pecado y vía hacia el pecado (aquélla que ha sido culpada desde siempre por arrancarnos del paraíso por atreverse a cuestionar, poner en duda… ofrecer sus propias decisiones y seguirlas al fin y al cabo) ha de padecer y ha padecido a lo largo de la historia la humillación, vejación y tortura constante no sólo del hombre, sino de la historia, que sigue viendo en ella al reptil que ha de ser abatido por peligroso. Dicho peligro se puede definir con una sola palabra: miedo (no el suyo, sino el de los otros) La mujer se “cosifica” (como encontramos en Elfriede Jelinek la mujer ha de ser besada por el príncipe para encontrar identidad, incluso en el cuento ha sido borrada, anulada, porque el cuento ha de adoctrinar a la niña que luego se convertirá en mujer objeto), se utiliza como otra herramienta más, y para ejercer dicho control podemos crear todo tipo de excusas y patologías: histerismo, ninfomanía… La hoguera sigue existiendo y existirá a modo de limpieza pero necesitará en todo momento de excusas en las que ampararse. Y si no existen patologías suficientes se inventan o se crean o la mujer es azotada hasta caer en miles y miles de trastornos que dan de comer a mil industrias como la farmacéutica. Hablamos de neurastenia, anorexia, bulimia… Pero no de las causas, de todo lo que la conduce a esto, del peso que carga, de todo lo que la empuja a esto, de la aniquilación sentimental física y psicológica que lleva años sufriendo. Vemos por tanto cómo el hilo del miedo explica tantos trastornos, comportamientos, hechos a lo largo de la historia, actitudes y modos de construir un mundo amparado en la máscara, en la cobardía, en modos y maneras de engaño que oculten siempre nuestro verdadero rostro y anulen todo pensamiento propio, toda iniciativa.

La dictadura de los roles masculino y femenino no deja de ser otra herramienta más para etiquetar, reducir, eliminar, toda posibilidad de encuentro y de ese modo evitar cualquier posible rebeldía conjunta hacia otro mundo quizá no mejor, pero sí más real, más verdadero. Somos parte de un mundo globalizado y dirigido, con poco o nulo espacio de acción, donde apenas tenemos un pequeño radio de acción muy, muy limitado y casi todos nuestros movimientos han sido diseñados, incluso sin saberlo nosotros, para seguir un patrón marcado de antemano por ese ojo invisible, esa máquina en que se ha convertido el mundo actual, conducidos a comportamientos predeterminados que persiguen un objetivo ya dictaminado por otros. Los roles forman parte de dicha dictadura, si nos mantienes separados y confusos en guerra constante (como tantos países vampirizados hasta el límite por pura conveniencia), poco espacio y tiempo nos quedará para dedicarnos a pensar en las causas y razones de todo lo que vemos ocurre a nuestro alrededor. El cambio de rol que vemos hoy día en la sociedad, aquellos comportamientos que parecen mezclarse no son sino el producto de otra decisión tomada por el ojo invisible que maneja los hilos del mundo y frente al que sólo cabe la impotencia. Si miramos a nuestro alrededor y de una manera bastante simple, podemos observar cómo el hombre ha tomado lo peor del llamado “rol” de mujer y ésta a su vez lo peor del “hombre”. El acoso o el victimismo no dejan de ser herramientas de control que ya hemos establecido como propias. Maneras y modos que han sido establecidos para aumentar la confusión y el desencuentro, nada más.

La mujer actual al igual que el hombre es el producto de su tiempo pero sobre todo de su pensamiento individual, podemos por tanto generalizar para analizar las causas o elementos que nos han llevado hasta aquí pero no para explicar el comportamiento de cada individuo, pues nada puede modificar de tal modo a alguien como para extirpar su capacidad de elección, no debemos confundir desde luego, la elección con el miedo a la elección. Uno elige libremente, si elige por miedo, no podemos hablar de elección alguna. Por ello es necesario abordar e indagar en el papel actual de la mujer, sus decisiones, aciertos y errores a la hora de rebelarse, el feminismo mal entendido y todo lo que conlleva, aquellas herramientas que nacieron como forma de protegerse y salvarse, erigirse como individuo, y han terminado por formar parte del engranaje del estado, nación, mundo teledirigido. Deberemos reflexionar también sobre las nuevas tecnologías, el poder que esto implica, el uso y mal uso de éstas y los comportamientos y cambios provocados por esta pequeña revolución invisible.

Si hablamos del miedo, hemos de abordar el origen de la maldad, la empatía, la violencia en el ser humano y por supuesto la resiliencia :

“el término resiliencia se refiere a la capacidad de los sujetos para sobreponerse a períodos de dolor emocional. Cuando un sujeto o grupo animal es capaz de hacerlo, se dice que tiene resiliencia adecuada, y puede sobreponerse a contratiempos o incluso resultar fortalecido por los mismos”

Esa capacidad de resistencia se prueba en situaciones de fuerte y prolongado estrés, como por ejemplo el debido a la pérdida inesperada de un ser querido, al maltrato o abuso psíquico o físico, al abandono afectivo, al fracaso, a las catástrofes naturales y a la pobreza extrema.

La resiliencia es la capacidad que posee un individuo frente a las adversidades, para mantenerse en pie de lucha, con dosis de perseverancia, tenacidad, actitud positiva y acciones, que permiten avanzar en contra de la corriente y superarlas.

E. Chávez y E. Yturralde (2006)

La resiliencia es un proceso dinámico que tiene por resultado la adaptación positiva en contextos de gran adversidad.

Luthar (2000)

La resiliencia distingue dos componentes: la resistencia frente a la destrucción, es decir, la capacidad de proteger la propia integridad, bajo presión y, por otra parte, más allá de la resistencia, la capacidad de forjar un comportamiento vital positivo pese a las circunstancias difíciles.

Vanistendael (1994)

La resiliencia se ha caracterizado como un conjunto de procesos sociales e intra-psíquicos que posibilitan tener una vida «sana» en un medio insano. Estos procesos se realizan a través del tiempo, dando afortunadas combinaciones entre los atributos del niño y su ambiente familiar, social y cultural.

Rutter (1992)

Habilidad para resurgir de la adversidad, adaptarse, recuperarse y acceder a una vida significativa y productiva.

ICCB, Institute on Child Resilience and Family (1994)

Concepto genérico que se refiere a una amplia gama de factores de riesgo y su relación con los resultados de la competencia. Puede ser producto de una conjunción entre los factores ambientales y el temperamento, y un tipo de habilidad cognitiva que tienen algunos niños aun cuando sean muy pequeños.

Osborn (1996)

Capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas e inclusive, ser transformados por ellas.

Grotberg (1995)

La resiliencia significa una combinación de factores que permiten a un niño, a un ser humano, afrontar y superar los problemas y adversidades de la vida, y construir sobre ellos.

Suárez Ojeda (1995)

La resiliencia es una respuesta global en la que se ponen en juego los mecanismos de protección, entendiendo por estos no la valencia contraria a los factores de riesgo, sino aquella dinámica que permite al individuo salir fortalecido de la adversidad, en cada situación específica y respetando las características personales.

Infante (1997)



El origen de la maldad ha sido abordado desde diversos estudios, experimentos, análisis y pruebas empíricas que demuestran la complejidad de este tema en cuestión y las múltiples variables a las que nos enfrentamos al abordarlo o pretender de manera quizá un tanto ingenua llegar a conclusión alguna. Existe la maldad como parte indisoluble de la condición humana, maldad que sólo surge en situaciones límite donde el ser humano puede ejercer poder sobre otros, o por el contrario nuestra especie se decanta más por la bondad o el acto empático antes que el perverso, infinitas cuestiones son las que se nos plantean a la hora de elaborar un tema tan interesante y complejo a su vez. Desde luego en dicho origen el miedo podría considerarse como el núcleo o base que nos conduce hasta ciertos comportamientos abyectos (temor al pasado o hechos o situaciones que hemos sufrido, temor al otro, a nosotros mismos, a cierta debilidad…). De la violencia podríamos decir lo mismo, mismos planteamientos y núcleo, misma base, misma encrucijada dialéctica, racional y emocional incluso. Quizá la empatía se convierte en el vínculo de salvación entre todos estos elementos que puede empujar al ser humano hacia una orilla u otra, hacia el abismo, el precipicio o la luz. La capacidad de verse en el otro, de reflejarse en el ojo ajeno y también sentir sus dolores o sufrimiento como propios podría definir el comportamiento de un ser humano en cualquier situación. La empatía pues como salvación propia y ajena.

Pero principalmente, y casi de forma paradójica, el miedo nos conduce a la resiliencia, por diversas vertientes; de un lado, el miedo nos empuja a la supervivencia más animal, primitiva (con todo lo que esto supone para el resto y para nosotros mismos), pero del otro, la capacidad mermada o amputada en algunos hombres o mujeres de superar ciertas circunstancias o enfrentarse a ellas puede transformar ese miedo en todo lo contrario, el objeto de salvación, en arma arrojadiza, arma con la que atacar al otro defenderse de su propia realidad “contra” el otro, “contra” los demás. Interesante indagar ambos lados, cómo el miedo puede transformar a un ser humano en monstruo o héroe. Y sobre todo, la milagrosa e inexplicable capacidad que poseemos, sin darnos cuenta en la mayor parte de los casos, de atravesar cualquier desierto físico o emocional y sobrevivir pese a todo. Capacidad que hemos de utilizar no sólo en beneficio propio sino también como compromiso con todo aquello cuanto nos rodea, un modo de decirle al mundo, gritarle alto y claro, que las cosas no son precisamente como nos las han contado, como nos intentan hacer creer. Arrancar las máscaras de cuajo y contar verdades. De eso se trata.



















DISQUISICIONES



A LOS QUE HIEREN





(in memoriam de los muertos que pretenden permanecer en nuestras vidas)





Hay una bella canción que casi todos conocemos y que nos emociona cuando de repente nos sorprende en medio de una conversación en una cafetería cualquiera o en el lugar más disparatado: Everybody Hurts, del grupo REM. Escucho ahora el estribillo en mi cabeza.

Isabel Coixet dio el título “A los que aman” a una de sus películas más silenciosas, delicadas. Para aquellos que aman en silencio, los que aman de verdad, los que creen amar y confunden juego con entrega…

Pero no acabo de hallar ninguna recopilación de tipologías o patologías cotidianas que reflejen fielmente los distintos personajes que llevan a cabo día tras día esto del “daño gratuito”, ni de los diferentes niveles o grados de este daño. Aquéllos que hieren gustan de darse por aludidos para todo lo que les conviene a sus vidas, egos y demás cosas de vital importancia como mantener su imagen de recipiente vacío siempre llena para que nadie sospeche, a punto de reventar en su propio líquido amniótico. Aquéllos que hieren se esconden ante la verdad y evitan toda cercanía con ésta, aunque para ello utilizan lenguajes, formas y modos tan peregrinos que cualquiera puede ver desde lejos su verdadera debilidad y cobardía, ésa que tanto esconden tras un porte tan cuidadosamente estudiado. Aquéllos que hieren desconocen la libertad y el respeto, desconocen la individualidad (y ven cómo éstas ponen en peligro sus artimañas sociales). Aquéllos que hieren se sienten vacíos porque lo están y para ello tapan sus infinitos huecos una y otra vez con sustancias, seres o daños ajenos. Aquéllos que hieren cubren su inseguridad con las heridas que provocan en los otros y atacan la seguridad que ven frente a ellos con la ferocidad que les falta para enfrentarse al espejo. Aquéllos que hieren suelen engatusar con palabras para crear confusión entre la multitud o para que la presa más próxima no pueda escuchar el ruido que precede al golpe. Sus hechos les delatan siempre, pues nada tienen que ver con las palabras pronunciadas.

El miedo consigue arrancar lo peor del hombre. El miedo de un hombre débil es siempre un peligro para todo aquel que le rodea. Quien hiere con saña lo hace porque existe una necesidad de exterminar al otro, para elevarse ante él, para salvarse “contra el otro”. No me asustan los fuertes, sí los débiles, aquéllos que tras sellar puertas y ventanas se cuelan por las rendijas.

Empuñar un arma no es algo demasiado complejo, disparar tampoco, sacar las balas, arrojar el arma lejos de ti y enfrentarte al enemigo cara a cara exige coraje no armamento.

Hitler consiguió alimentar su ego con los cuerpos de miles de judíos, Pinochet decidió “ejecutar” órdenes desde su silla de despacho mientras otros soportaban las torturas y aún así defendían su libertad, Videla arrancó niños de sus hogares y destruyó una generación entera para elevarse él frente al mundo. Todos ellos fueron un día hombres de ésos a los que les gusta herir, que carecen de empatía, los que un día fueron jóvenes que tuvieron la misma visión: con mi debilidad sólo queda el exterminio del otro, el seguro, el fuerte, el que pelea con la verdad pese a estar atado de pies y manos.

Miremos a nuestro alrededor y no aceptemos patologías cuyo uniforme vemos con el alma, a los que hieren debemos cortarles el paso desde el primer momento. La vida es cruel, ya nadie recuerda el exterminio armenio. Aquéllos que se enfrentaron con sus hijos a los que les encañonaban, violaban a sus mujeres y cometían todo tipo de atrocidades, nos juzgan como tantos otros desde viejas fotografías amarillentas perdidas por diversos hogares rotos. Aquéllos que hieren seguirán intentándolo siempre, buscarán algún pequeño orificio por el que colarse. Si ahora mismo se produjese un conflicto bélico, aquí y ahora, miremos a nuestro alrededor: distinguiremos con total claridad y espanto los ojos de las culebras que permanecen agazapadas a nuestro alrededor. El que golpea, hiere o mata es quien tiene miedo no la víctima.





AGRESORES









Ya había hablado con anterioridad de este tema, pero de un modo tangencial: las agresiones sexuales. Ayer, me quedé francamente impresionada por un reportaje en el que tanto las víctimas como los agresores daban la cara, y su versión de los hechos. Observé la impotencia de las mujeres que habían sido violadas y sometidas a todo tipo de vejaciones, e intenté no apartar la vista ante lo que los agresores confesaban (difícil tarea la de no guardar rencor). Las mujeres agredidas han de seguir una terapia de apoyo psicológico durante un periodo largo de tiempo y aún así, hay cosas que no se olvidan nunca. Además, por supuesto, de las lesiones físicas. Un psicólogo nos mostraba y explicaba la terapia a la que se acogen algunos presos encarcelados por agresión sexual, quienes reconocían que muchos de sus compañeros acudían a esta terapia para reducir los años de cárcel, y le contaban al psicólogo lo que éste quería oír, en cuanto salían al patio se mostraban tal y como eran, decían lo que realmente pensaban. Esta terapia intenta que los agresores conozcan el sufrimiento que ellos mismos han provocado en sus víctimas. Para resumir: se trata de enseñarles, de que conozcan el significado del término “empatía”. Especialmente doloroso, me resultó, escuchar cómo uno de estos hombres decía que tampoco había cometido un delito tan grave puesto que “no la maté, ella puede rehacer su vida”. Las mujeres, por desgracia, seguimos siendo consideradas objetos, moneda de cambio, incluso. En ese momento, confirmé mis sospechas: la empatía no es algo que se pueda enseñar como asignatura, ni por tanto aprender. Escuché cómo estos hombres hablaban de sí mismos como víctimas, alegando todo tipo de excusas que les habían “obligado” a cometer esa agresión. No vi verdad en sus ojos, ni sinceridad, ni arrepentimiento, ni pena, ni dolor, ni recuerdo siquiera, eso lo vi en los ojos de las víctimas: dolor, mucho dolor… Y las estadísticas me dan la razón, los agresores sexuales que quedan en libertad reinciden, una y otra vez. Se habló de métodos utilizados en otros países como la castración –que parece inútil puesto que el deseo de humillación hacia la víctima, de vejación, le lleva a utilizar cualquier herramienta física o metálica- o el seguimiento policial que parece bastante efectivo lo cual hace que me pregunte por qué en este país no existe algo así. En Estados Unidos se ha elaborado una base de datos de agresores sexuales, mediante la cual un ciudadano que albergue ciertas sospechas podría acceder a ese fichero y saber si éstas son ciertas, y por tanto protegerse. Algo impactante: se gasta más presupuesto en reinserción social del agresor que en las propias víctimas (ellas han de pagar de su bolsillo cualquier tipo de apoyo e iniciativa). Conclusión: algo no funciona. Se me ha quedado grabado el rostro de una mujer joven, de mirada dulce, sin rencor pero con impotencia en sus gestos, y con mucha sabiduría en sus palabras. Esto me recuerda un cuento de Cristina Peri Rossi, “El juicio final”, en el que cuando llega la última hora y Dios se hace presente, se le aparece a un hombre que se dirige tranquilamente a su oficina y ocurre lo siguiente: “Entonces, el hombre extrajo del bolsillo interior de su chaqueta unas cuartillas escritas a máquina (era un hombre prolijo) y calándose los lentes (sufría una moderada presbicia) comenzó a leerle a Dios la lista de cargos que durante cincuenta años había acumulado contra él, de forma imparcial, como un anónimo investigador que ha seguido a un sospechoso sin que éste se diera cuenta”. Cojan papel y lápiz…







BELLEZA Y EFECTOS SECUNDARIOS







“Si existiera algún tipo de vestimenta para los labios, habría que tapárselos”, leo con cara de circunstancia en la última novela de Marcelo Birmajer, Historia de una mujer. Una mujer sufre su belleza como condena; a su paso, una revolución interna parece invadir los cuerpos de todo hombre que se cruza en su camino y así, de catástrofe en catástrofe, se construye a sí misma como superviviente de su propia desgracia: su belleza.

Me pregunto hasta qué punto somos víctimas de nuestra apariencia y de la de los otros. Y cuánto de nosotros mismos se esconde tras nuestro rostro y expresión corporal. Quizá nada. Tan sólo apariencia. O quizá nuestro yo más profundo se refleje en una sola mirada (cuántas veces ocurre que en los ojos de alguien no conseguimos ver nada, no atisbamos el alma porque el sujeto en cuestión es sólo un recipiente vacío y lo sabe, y su rostro es consciente de su secreto).

En la novela de Birmajer, su protagonista, una mujer muy bella, provoca un sentimiento de inseguridad, de impotencia en el hombre que ve en sus rasgos algo que se le escapa, que no puede controlar: las miradas que provoca en otros, por ejemplo. Todos llegan a la misma conclusión: ha de ser domada como a una yegua. Su belleza es entendida como una ofensa constante, como un desafío lanzado desde su sola presencia, con la exuberancia de ese cuerpo que no deja a nadie indiferente. Su marido explica: “No encontraba otro modo de superar la impresión que la belleza de su mujer ejercía sobre él más que moliéndola a golpes”. Y continúa: “Estaba convencido de que el resto de los hombres viriles de la Tierra reconocerían que a una mujer con ese cuerpo despiadado sólo se la podía mantener a golpes, con rigor y violencia. Como se doma a una yegua salvaje”. Claro que: “A diferencia de las yeguas, que un día aprenden a obedecer, las mujeres de la especie de Isabel, pensaba Turacci, precisaban de un adiestramiento continuo, infatigable”. Desde aquí puedo ver el germen de la violencia de género: el poder que se cuestiona, la mujer como amenaza que ha de ser domada o en su defecto exterminada.

Patrice Leconte en su película La chica del puente, protagonizada por Vanesa Paradis, narra la bella y peculiar historia de amor entre un lanzador de cuchillos y una joven al borde del suicidio. En la primera escena ella confiesa su debilidad de carácter frente al amor, lo cual la ha arrastrado por la vida como un tornado, arrancándola de un lugar para llevarla a otro y vuelta a empezar. Ahora se siente vacía, pero ella misma pone en duda su parcial o total responsabilidad en la rocambolesca historia de su vida, nos dice: “Hay personas que son como un imán para aliviar a los demás”. Por tanto, qué lugar ocupan nuestras diminutas e insignificantes elecciones frente al destino y frente a lo que quizá no vemos: el efecto que cada uno de nosotros, de manera involuntaria, provoca en el otro y éste a su vez en el siguiente, y así hasta el infinito. Quizá si lleváramos a cabo un experimento en el que dos individuos de rasgos, virtudes, defectos, y condiciones similares, fuesen colocados en distintos lugares del mundo y pudiéramos observar el desarrollo de sus vidas mientras a uno le concedemos el poder de elegir y al otro tan sólo el de ser espectador de su vida (o lo que él provoca en ella a su paso) tal vez, las conclusiones y los hechos acontecidos serían los mismos. Cada vez siento más dudas cuando pienso en eso de que nuestras acciones pueden cambiar un destino que nace con vocación de imperativo.





BURKA







“Un tribunal saudí ha condenado a seis meses de cárcel y doscientos latigazos a una mujer violada por un grupo de hombres por haber hablado en público de su caso y sus esfuerzos para pedir justicia, según desveló ayer la organización Human Rights Watch”. La mujer sigue siendo considerada un objeto, pero un objeto al que es necesario silenciar y castigar cuando ésta exige sus derechos, y esto ocurre en Afganistán, Uganda, Kansas o Palencia (en distingo grado por supuesto).

Objeto peligroso si ha de ser silenciado, pues objeto que no supone riesgo alguno no necesita de grandes estrategias para neutralizar posibles movimientos revolucionarios del tamaño y la trascendencia de unas primeras sufragistas o aquellas que en los años setenta decidieron quemar parte de su lencería a la orden de “fuera el sujetador”.

“El tribunal General de Al Qatif decidió doblar esta semana la sentencia dictada contra la mujer en octubre de 2006 por su ‘intento de molestar e influenciar a la judicatura a través de los medios de comunicación’”. Debemos añadir que el abogado de la mujer ha sido acosado por las autoridades, que le han apartado del caso y le han retirado su licencia profesional.

Vivimos dentro de un burka, un burka de seda, diamantes, burocrático o uno por el que apenas podemos ver las piedras del camino. Parece que nuestra labor en el mundo no terminamos de comprenderla y llevarla a cabo tal y como es debido, acatar las normas y la tradición, servir al hombre, engendrar hijos y enseñarles a éstos el legado que arrastramos desde siglos: la esclavitud de la mujer.

Me niego a tener que soportar la mirada inquisitorial de un hombre que no alcanza a comprender que deteste algo tan obvio, y parece ser innato en la mujer, como es el arte de cocinar (está bien visto que confieses no saber cocinar siempre y cuando seas anoréxica, y volvemos al punto de partida…) o que me acusen de mujer “anti-natura” por no querer tener descendencia. A la mujer se le colocan diversas taras desde que nace, taras inexistentes que la sociedad consigue imponer (lleva años haciéndolo) y convertir en reales incluso. Una mujer ha de soportar estoicamente, admitir toda vejación, pues ése es su papel en la historia… Me pregunto si alguien ha leído de verdad dicha historia: historia que se reduce a una mujer arrastrando a un hombre de las orejas, creando este dichoso mundo desde sus entrañas y tomando las riendas de un reino, hablemos de María Antonieta o de Juana (la llamada, cómo no, siempre con taras hasta llegar al término “tarada”)“la Loca”. Y siguen colocando trampas a nuestro paso e intentando hipnotizarnos y hacernos creer que nosotras “solas” no podemos, no alcanzamos la mermelada que se encuentra situada en el estante más alto, y que ante la irrefutable y decidida postura de una mujer que no baja la mirada ellos siempre utilizarán el: “mejor me voy” o “ahora no quiero hablar”. Y ya es hora de que alguien diga la verdad: se van porque su debilidad les obliga a abandonar el ring ante una mujer fuerte y decidida que solicita argumentos, y reconozcamos que el día en que un hombre diga, “sí, hablamos”, notará enseguida cómo sus pantalones comienzan a resbalar hacia sus pies pues aún no están preparados. Y en vez de subirlos de nuevo, utilizarán la situación para hacer saber a la mujer con la violencia de su miembro erecto que el poder sigue perteneciéndoles, puesto que miles de hombres, y también mujeres lo consienten y aplauden. Y nos levantarán el burka pero tan sólo para elaborar el trueque: el sexo que ellos confunden con acuerdo tácito por la pregunta que hemos enunciado antes y cuya respuesta aún, hoy, todas las mujeres del mundo seguimos esperando. Arránquense el burka a dentelladas si es preciso, pero nunca pidan ayuda, al mundo le conviene que la mujer fuerte permanezca en la más absoluta oscuridad.





BUROCRACIA SEXUAL





Resulta que ahora las mujeres hablamos de sexo, también de política, economía, literatura, arte, viajes, documentales, cine, música, estilismo, terapias alternativas, relaciones sentimentales y sí, también de sexo. Y no sólo hablamos de ello, nos atrevemos incluso a nombrarlo en el momento y lugar que nos place con la facilidad con la que separamos las rebanadas de pan antes de preparar el sándwich. Hasta ahora (y en el momento en que escribo esto y usted lo lee) no era algo demasiado frecuente eso de que una mujer hablase de forma abierta de sus experiencias en cama propia y ajena, y mucho menos de miembros conocidos, puestos de honor de dichos miembros o, lo que es más común, su agrupación en los denominados “verdaderos ineptos en técnicas y tácticas amatorias”. El sexo tántrico ya ni mencionarlo. Curioso fenómeno, hombres a lo largo de los siglos compartiendo sus batallas sexuales, peripecias insólitas, posturas impronunciables, miembros descomunales y una serie de acontecimientos que por las medidas que todo habitáculo más o menos normal posee resultarían imposibles de llevar a cabo, años y años, por tanto, practicando el sexo en forma de verborrea dialéctica en manada y hoy llegan hasta nosotras cual folio en blanco, sin conocer apenas el camino de baldosas amarillas que han de recorrer hasta alcanzar el orgasmo de aquella que les acompaña. Y no sólo del orgasmo vive el hombre ni la mujer, todo tiene un inicio, nudo y desenlace, y uno puede perderse de forma gustosa en cualquiera de estas partes, demorarse en ellas, algo que a día de hoy los hombres en general ignoran. Cada sensación, cada mordisco, cada jadeo es un momento en el que el placer se cristaliza, se diluye plácidamente.

Las mujeres hablan de sexo, alto y claro, sin tapujos, incluso alardean de la experiencia y sabiduría que su instinto de mujer les otorga. Esto provoca el pánico inmediato del macho alfa y su posterior comportamiento neandertal al intentar de modos y maneras de lo más variopintas silenciar los secretos más íntimos protegidos por su manada hasta entonces. Y es en ese momento cuando ellos explican sus teorías: su mujer ha de una “señora” con mayúsculas ante el mundo pero en su territorio ha de transformarse en una mezcla explosiva capaz de realizar aquellas posturas con las que el porno parece desafiar la ley de la gravedad, realizar alguna que otra acrobacia, Streep tease con cierta frecuencia (no demasiada te dirán ellos porque se pierde el encanto) y estar dispuesta a perpetrar todo tipo de juegos y prácticas que ellos consideran muy placenteras para nosotras pues así lo han decidido (nos informan siempre a posteriori) pese a que la mujer en cuestión se dedique mientras el acto tiene lugar a repasar mentalmente la lista de la compra al tiempo que gime con cierto ritmo acompasado. Es aconsejable que cada gemido se acompañe de ciertas frases o palabras que ellos piensan en ese mismo instante pero no se atreven a decir, lo cual les ayuda a corroborar que estaban en lo cierto al pensar que lo que ellos creían nos volvería locas ha sido un éxito rotundo, cuando en realidad es el truco que todas conocemos para que el pistolero descargue su munición en tiempo record. Luego ellos mismos se felicitan a si mismos por la labor realizada. Como compensación nosotras obtenemos un “te amo” siempre en horizontal y un “te quiero” siempre vertical. Con el desayuno a media tarde se alcanza el grado “te quiero mucho”. Dicho grado asciende o desciende dependiendo de la urgencia o distancia del último coito. Nos preguntamos entonces si realmente la sangre que circula por sus venas puede recorrer tan rápido la distancia entre su cerebro y el pene. Dudamos.

Nosotras, mujeres, amedrentamos a los hombres cuando al borde de la cama y del precipicio sentimental levantamos la mano como en el colegio y mirando fijamente a los ojos a nuestro contrincante decimos: “Esto no me gusta”. Algunas lo empeoramos dando indicaciones, otras se atreven incluso a llevar sus manos al centro neurálgico del placer y las más arriesgadas les muestran sin tapujos lo aprendido por ellas mismas tras años de adiestramiento y práctica. Las mujeres hoy conocen sus cuerpos, disfrutan de su sexualidad, saben mover su cabeza en sentido afirmativo y negativo, es decir: son peligrosas, saben lo que quieren. Eso asusta.

Hace algún tiempo, en un descuido, cierto mail de carácter íntimo, muy íntimo, con detalles precisos acerca de momentos previos a la cópula, elementos secundarios, preferencias personales, juegos y una predilección que confieso con total falta de pudor por los condones de fresa, fue enviado por error a la persona equivocada, quedando pues a la intemperie todo aquello que tantos años había guardado en el cajón de la intimidad de una cama, de dos jugadores pues, no más. Esa burocracia sexual que implica que antes de llevar a cabo acto alguno has de solicitar instancia predeterminada para ese tipo de circunstancia y ser aprobada y sellada por algún miembro del ministerio de actividades sexuales que indica hasta que punto la mujer puede utilizar sus manos o su boca en actividades sólo lícitas cuando se silencian (pese a la demanda exacerbada de ese tipo de maniobras), o dictaminar por criterios establecidos siempre por hombres cuál es la finalidad del cuerpo femenino que muchos sitúan aún bajo las sábanas o en la cocina, esa instancia, los documentos invisibles que siempre nos exigen antes de mover pieza por ser mujer y tener coraje, se esfumaron al saltarme todo el papeleo previo e ir directa al grano, algo que los hombres mantienen como uno de sus enunciados perfectos. Instancia pues al descubierto. Más allá de la burocracia administrativa, política y sentimental, todas sabemos que antes de conquistar camas ajenas es necesario un largo proceso cuyo ring se encuentra entre las sábanas. El hombre no presenta instancia alguna, simplemente actúa, él inventó los trámites. La mujer se guía por su instinto, pero sigue, aún hoy, siendo obligada, de forma tácita, a esconder bajo su sonrisa lo que el hombre manifiesta en forma de medalla. Se lanzan mujeres a la hoguera, nunca medallas ni objetos “de valor”.













CONDICIÓN HUMANA









Tres noticias, en un solo día, contadas en diez minutos, consiguen quedar registradas en mi memoria varios días, semanas, quién sabe cuánto tiempo. En China han descubierto una red de esclavos que secuestraba niños, ancianos y deficientes mentales en las estaciones de tren y autobús para obligarlos luego a trabajar en diversas fábricas. Escucho cosas como: policías implicados, niños vendidos por cincuenta dólares, pequeños de cinco años trabajando durante catorce horas diarias y durmiendo sobre ladrillos, cantidad aproximada de mil menores raptados y una mujer que reconoce a su hijo en la televisión tras haberlo dado ya por muerto. Un minuto después, cuando el corazón late fuerte y rápido todavía, descontrolado por una reflexión inmediata que no encuentra respuesta, otra noticia de similar calibre me pone en guardia de nuevo: una niña de seis años permanece en silla de ruedas con una incapacidad casi absoluta y quizá permanente tras pasar un año en coma por una paliza de su padre. Los médicos dicen que su estado podría compararse con el de alguien que se ha caído de un quinto piso por la brutalidad de los golpes. La madre no hizo nada, consintió, entonces; el padre, ahora sí, está en la cárcel (tarde, como suele ocurrir; parece que el delito ha de salir en los medios de comunicación para convertirse en delito y que los jueces juzguen, si no hay sangre ni muerto alguno casi nada parece ser suficientemente importante). Tres minutos más tarde leo que un hombre ya condenado por varias violaciones y en libertad bajo fianza agrede a una menor con la ayuda de un cómplice. Los expertos afirman que el 20% de los agresores sexuales reincide. En EEUU éstos son sometidos a vigilancia (algo bueno tenían que tener para compensar la soga) sin embargo esto no ocurre en España. Esa misma noche, descubro en un documental televisivo o algo así, no recuerdo ahora mismo, que cierto tipo de jabalí africano, según nos cuenta el guía del safari, tiene muy poca memoria. Es decir, cuando un león les ataca éstos corren durante unos diez metros aproximadamente, luego se paran en seco y no recuerdan el motivo por el cual habían comenzado a correr. Evidentemente, entonces llega el león y todos sabemos cómo termina la historia de la cadena alimenticia. Me pregunto si nosotros no sufriremos algo así como una especie de “memoria ingenua”, digamos que sabemos que “el hombre es un lobo para el hombre” pero esto se nos olvida rápidamente y volvemos a la ingenuidad total de creer en la bondad suprema del ser humano. Quizá sin esta ingenuidad estaríamos perdidos de antemano, puesto que correríamos constantemente (el mundo es un lugar lleno de obstáculos y peligros entre oasis y oasis), huyendo siempre. Pero, recordemos por qué empezamos a correr y no olvidemos que siempre hay un león cerca, dentro de nosotros mismos incluso. “Aunque seas sólido, mantente a la defensiva; aunque seas fuerte sé evasivo”, nos dice Sun Wu.





CORTEJO FÚNEBRE









Noche de sábado. Altas horas de la madrugada. Extraño lugar donde los habitantes del reino se esconden de sus vidas y se niegan a volver a casa. Varios casos de síndrome de Peter Pan agudizados por la edad. Lúgubre panorama. Depósito que atesora lo que la noche va dejando atrás. Siete y media de la mañana en bar conocido rodeado de rostros que quisieras no conocer tan bien. Te preguntas por qué sigues allí cuando ya echas de menos tus sábanas térmicas y tus calcetines de lana, tu cama, ese silencio de domingo. Y sin embargo permanecemos allí, atrincherados. Algunos con el rostro desencajado, otros como invadidos por una verborrea inusitada, la mayoría abotargados, porque como en Luces de bohemia, a esas horas todos los espejos nos devuelven imágenes distorsionadas de la realidad. Y allí seguimos. No hay manada ni conexión alguna, la desolación, quizá, del perdido, de quien ansía encontrar un tesoro en forma de carne que llevarse a la boca y que le tape la soledad. Y permanecemos allí, inmóviles. Hablando sin sentido. Con los ojos rojos y el maquillaje descolorido, con el alma bajo el tacón de las botas. Y aguantamos un poco más. Alguien se acerca. Te invita al baño. O en el baño mismo alguien te acorrala. La fauna nocturna se sabe fuerte a esas horas, ya no escuchan ni ven, sólo muerden, con el instinto medio a cuestas e intoxicado. En el baño se inicia el cortejo y en el baño concluye. Cortejo fúnebre. No hay palabras que acarician, ni un gesto gratuito, todo conduce al Alivio rápido que bien definía Silvia Grijalbo. Pero no existe alivio alguno. La relación exacta dura lo que la intimidad de un retrete permite entre usuario y usuario. Nada más. Vuelve la sombra y vuelve el vacío. Cada uno por su lado. Cada sábado una muesca más, o la misma repetida hasta el infinito. La terrible endogamia de una ciudad de provincias que nos arrastra a los mismos brazos de siempre y éstos a los de quien comparte mesa y éstos a su vez al ring de al lado, y vuelta a empezar. Cortejo fúnebre. No hay placer en el rostro que abandona el bar a las nueve, ni mañana de domingo que te inunda, hay desesperanza y frío en los huesos. Algunos, ante la inusitada soledad de la cama vacía que se avecina giran el rostro y hacen un último intento por apresar un cuerpo que comparta un rato más, que consiga evitar que el día avance, y que los efectos provocados por nuestros inhibidores de realidad nos despierten de un manotazo. Si no hay pensamiento, no existe razonamiento alguno, eso alivia, no hay dolor, no hay culpa. El reino de la excusa perfecta, de que no somos nosotros quienes elegimos, la noche nos convierte en carroñeros. La libertad que el mundo, otra vez, con sus artimañas, nos hace sentir real. Y entonces, cuando decidimos irnos a casa, mientras caminamos por las calles desiertas, vemos cómo una pareja que va de la mano nos mira con desdén. Su cortejo es puro artificio diurno, pensamos. No obstante, cuando llegamos a casa y conseguimos un nuevo alivio o un par de ellos, sean del modo que sean, y a las doce del mediodía la cama sigue vacía, sabemos que el miedo nos ha ganado la partida. A veces uno desprecia lo que más teme. El amor da vértigo. La pareja que camina de la mano, un domingo cualquiera y que se cruza en nuestro destino es el espejo deformante que nos devuelve nuestra imagen, el objeto en el que a veces nos convertimos. Es necesario ser muy valiente para ser feliz. Cualquier cobarde puede ser un desgraciado. Seamos sinceros con nosotros mismos.







FRAGILES





“Mil pedazos de mi corazón volaron por toda la habitación”, susurraba Cristina Rosenvinge. Somos seres frágiles, más de lo que creemos. Podemos intentar someter al más férreo control posible a todo aquello que nos rodea, todo, menos el corazón. Últimamente se repite en mi vida la misma conversación pero con distintos interlocutores, algo que podríamos resumir en: cuando A quiere a B, B quiere a C, C quiere al vecino y el vecino desea al jardinero, por ejemplo. Mi conclusión siempre es la misma: ¿Por qué no juntar todo el abecedario en la misma cama? Más fácil, más práctico.

Admitamos la infidelidad sentida, pensada, deseada o ejecutada sin remordimiento alguno -con más o menos saña incluso-, como parte del ser humano (allá cada oveja con su pareja, trío o múltiplo de seis, con su contrato de admisión de infieles o régimen de hoguera para los mismos) Por supuesto, el compromiso (cuyas cláusulas establecen fidelidad como parte del contrato, en cuanto a un contrato digamos habitual o más extendido, cuando no elegimos el modo liberal donde siempre podríamos recurrir al “ancha es Castilla”) exige que este aspecto en particular de la relación se aclare antes de comenzar la partida y no en el intermedio ni en el último momento.

Si confesamos pues nuestras debilidades, que son muchas, ya que somos seres altamente imperfectos, hemos de reconocer nuestra extrema fragilidad sentimental. Hagan ustedes la siguiente prueba: elijan una cajita y metan en ella una moneda por cada pensamiento seguido de razonamiento sentimental sin sentido que les invade durante el día (algunos llegarán a obtener unos ingresos extra inusitados con esta práctica…). Esta prueba tendría cierta gracia adicional si comparamos el número de monedas de los que tienen pareja y el grupo de los solteros. Aunque A haya conseguido estar con B y B se sienta seguro con A, siempre existirá la posibilidad no tan remota de que aparezca una grieta o socavón por donde pueda colarse un elemento no solicitado llamado C o D. Dos películas pueden ilustrar a la perfección dicha escena, aunque otras muchas podrían hacerlo también: “Closer” y “Una proposición indecente”. Respecto a la primera vemos con claridad que la combinación de posibilidades de encuentros y desencuentros entre dos seres humanos es casi infinita. En ella comprobamos que el amor es una mezcla de azar, algo que se nos escapa, y de un “destino” que nosotros nos imponemos: llega el momento en que elegimos una dirección, somos nosotros quienes hemos de decidir, y así lo hacemos, pese a que luego siempre nos amparemos en excusas de lo más variopintas, cósmicas incluso. En la segunda, “Una proposición indecente”, vemos cómo la estabilidad o supuesta estabilidad de un matrimonio se diluye frente a una decisión aparentemente consensuada por ambos, el error se basa en que ellos se olvidan de esa “fragilidad” que nos empeñamos en esconder, en negarnos a admitir, la que rechazamos siempre y que, sin embargo, forma parte de nuestra condición humana. Pero la conclusión es la misma: el azar juega, elabora mil y un combinaciones entre A y B pero en un momento dado quien da el paso definitivo, quien se lanza o retrocede no es la suerte, ni el cosmos, si no nuestra decisión última. El azar siempre juega limpio, nos ofrece los diferentes platos… Si miramos atrás vemos cómo miles de factores nos han empujado a tomar éste o aquél camino y cada acierto y cada equivocación o fracaso (depende de la perspectiva con que miremos el objetivo) que hemos vivido nos ha llevado hasta el momento actual, sea bueno o malo. Saquemos pues nuestras conclusiones más íntimas de todo ello.

Esta fragilidad nuestra que tanto detestamos y que nos hace sufrir por cosas del tipo “A ya no me quiere”, “B no quiere estar conmigo”, “A, B y C no me contaron aquel episodio fugaz” o “A y yo hemos roto” es una especie de motor interno que consigue mantener el equilibrio perfecto entre curiosidad y desilusión.

“Cuatrocientos golpes contra la pared” sigue susurrando aún Cristina Rosenvinge en su canción. Son esos golpes los que nos han llevado hasta aquí, hasta el sitio exacto en el nos encontramos ahora, lo que nos permite valorar con precisión lo que realmente necesitamos y lo que no deseamos a nuestro lado. La fragilidad permanece intacta pese a los golpes, tengamos a la “letra” que deseamos a nuestro lado, la que creemos perfecta, o el corazón roto, y sin embargo, sin sospecharlo siquiera: a punto de latir por culpa de otro nuevo inquilino del abecedario.





INCERTIDUMBRE







Si alguien me preguntase ahora qué palabra define mejor el paso del tiempo (esa losa a veces pesada, y que nos salva siempre que es la experiencia) yo sin dudarlo: incertidumbre. Llegado cierto momento, y ciertos años, hay algo que con cada paso, en cada rostro o historia que te rodea, reafirma lo que antes intuías con menos precisión, con más dudas, con muchas teorías que tú creías inamovibles e imposibles de quebrarse con la facilidad que ahora ves resquebrajarse con total nitidez (cuya comprobación se verifica de forma individual y colectiva de manera casi cíclica).

El momento de la incertidumbre llega cuando a medida que avanzas, una “teoría” se instala de forma definitiva en tu cabeza como el clavo que faltaba a ese aparato que siempre sufría interferencias: uno admite con humildad que pocas teorías soportan su propio peso. Pero la incertidumbre que llega no es la sufrida años antes ni en la niñez ante la noche de Reyes ni luego en la adolescencia, incluso más tarde, en momentos en los que cierta seguridad conquistada a base de esfuerzo y golpes parece sujetarnos bien a la realidad, la incertidumbre que llega ahora es aquello que veíamos en el rostro de nuestro abuelo cuando nos narraba hechos ya muy lejanos en la memoria y al mismo tiempo se paraba, miraba al televisor, negaba con la cabeza y retomaba su relato. Esa mirada que nunca supimos descifrar hasta ahora. Y es justo en este instante cuando vemos y sentimos que la sabiduría no anda muy lejos de la incertidumbre. Cuanto más se duda, más posibilidad existe de acertar en tus cábalas…

El momento en el que adviertes, compruebas, verificas y constatas que ninguna teoría más allá del territorio matemático y/o científico tiene cabida, es el preciso momento en el que el desasosiego vital se convierte en incertidumbre tranquila, no resignada, en calma. Sentir cómo se tambalea el barco con el ritmo de las olas y ver cómo los cuerpos que te rodean se mueven de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, pero lo que antes te provocaba un miedo atroz ahora te empuja a abandonarte al movimiento impredecible que la vida te impone. Y te adaptas. Sentir cómo la marea te arrastra y te devuelve a tierra una y otra vez, sano y salvo, siempre.

La semana pasada un anciano chileno se despertó en medio de su propio velatorio. Sus familiares no consideraron necesario llamar a ningún médico ante la frialdad de su cuerpo rígido (teoría…) pero sí conveniente llamar a la funeraria (esto de quitarse el muerto de encima lo antes posible, imagino). El hombre se despertó afortunadamente antes de ser enterrado vivo, se incorporó, afirmó no sentir dolor alguno y pidió un vaso de agua.

Todos somos víctimas de la incertidumbre, de forma consciente o inconsciente. Es un arma de doble filo, a nuestro favor o en contra, eso hemos de decidirlo nosotros mismos. Admitir su presencia como algo inevitable, no tan “pesado” como creíamos, consigue situar nuestra perspectiva en un lugar mucho más saludable y relajado del que a veces queremos huir por esto de que nuestros cálculos no nos conducen al destino que nosotros, ingenuamente, trazamos de manera obsesiva día tras día (compulsiva tal vez). Quizá este anciano chileno tenga alguna “teoría” ahora sobre la incertidumbre, aunque todo parece indicar que ya había aceptado dicha “carga” con anterioridad puesto que en vez de sollozar, sufrir un ataque de pánico o golpear con violencia a familiares cercanos y amigos, el optó por pedir un simple vaso de agua. Tal vez la incertidumbre le provocó sed.





I LOVE ME









Ayer me encontré, en una de esas parcelas que el imperio chino ha creado y donde habita el reino de las mil y una cosas, una chapa con el siguiente lema: I love me. Mi conocimiento básico de este idioma no me permite elaborar una traducción fiable de dicho lema, pero mi cabeza, pensamiento y recuerdos recientes, me proporcionaron una no sé si muy acertada, pero sí espontánea, y del todo subjetiva, traducción: “me quiero”. El subconsciente siempre traduce de modo preciso nuestra realidad más inmediata. Y digo esto porque últimamente he asistido, y sido “víctima” también, de lo que podríamos llamar de algún modo como “fenómeno contagioso cuyas dimensiones alcanzan cotas inusitadas pues se expande cual virus” entre el género masculino. Sus raíces llegan al infinito. En estos últimos tiempos he visto a mi alrededor y sufrido en mis propias carnes cómo una frase amenaza nuestra salud mental de “hembras” (y que según parece pedimos a gritos); esa frase de consuelo que todo hombre parece sacarse de la misma manga donde el único as que esconde es un brazo como el mío –más grande o pequeño según el caso pero de mismo hueso- y que llena de alegría nuestras ojerosas miradas es: “tienes que quererte más”.

Tras un análisis minucioso del número de veces que dicha frase ha sido repetida por unos cuantos ejemplares de la costilla de la que dicen procedemos, en diferentes circunstancias, hacia diferentes mujeres con vidas muy distintas y estados de ánimo o proyectos vitales sin similitud alguna entre ellos, he llegado a percibir varios hechos que se producen y reproducen no en la mujer que parece necesitar consuelo siempre, y hombro ajeno, según parámetros masculinos, sino en el sujeto en cuestión que gira su cabeza del lado más paternalista que habita en él, te mira fijamente y con toda la seguridad del mundo que sólo la verdadera inseguridad esconde, te dice muy suavemente (casi siempre acompañado por un toqueteo incontrolado o caricia en el pelo; por eso una se alegra siempre de llevar gomina, medio kilo de espuma o cualquier otro repelente) y con cara que ellos creen a lo Clint Eastwood y más bien se les queda en Emilio Aragón en “Padre de familia”, cara desubicada pues: “tú lo que tienes que hacer es quererte”.

Hechos: el hombre en particular de forma instintiva levanta la cabeza, sonríe plácidamente, respira con profundidad y asiente con la cabeza ante la mujer a la que le acaba de arreglar la muñeca a la que ella misma decidió amputarle el brazo izquierdo. Hechos: la mujer en cuestión se desorienta, cree por un segundo que dicha afirmación puede alcanzar el grado de respuesta a sus preguntas, mira al hombre desconcertada y siente su inseguridad frente al dominio que éste se empeña en ejercer sobre el mundo y, por un momento, se produce la tragedia: la mujer duda de si misma. Hechos: el hombre gana la batalla, ha creado la inseguridad en el campo “enemigo” que él advierte más fuerte y sabe que sólo así puede quebrarse el muro hasta el punto de dejar la rendija justa por la que colarse ya con su personalidad real, dando rienda suelta a su egoísmo, egocentrismo y debilidad enmascarada en frases que los años avalan como perfectos para tambalear cimientos femeninos. Hechos: el hombre alcanza de nuevo la superioridad, dirige la manada, le gustaría volver a cazar mamuts (unos estudios recientes demuestran que lo que acabó con el mamut no fue el clima sino el hombre) Hechos: la mujer se siente triste, si algo conoce y ha ejercido durante años eso es el amor, a si misma, y a su entorno, la mujer que hoy día trabaja duro para vivir su vida valora su trabajo, su esfuerzo y los logros obtenidos. La mujer actual se siente segura frente al mundo entero pero sin armas ante la injusticia que se disfraza de mil modos, que se esconde tras cada puerta. La mujer no entiende que su compañero, al que desterraron del paraíso junto a ella aún no haya comprendido los mecanismos más rudimentarios de la vida. La mujer se siente pequeña cuando un hombre esconde su debilidad, inseguridad y falta de lugar en un mundo cuyas manos ya no ejercen poder alguno sobre la que antes consideraba simple títere o fuente de placer y para eso lleva a cabo juegos insólitos de doble vuelta de tuerca como el conocido juego de espejos en el que uno acusa al otro de sus propios defectos o empuña un consejo a modo de disparo. La mujer se siente pequeña no con el tono de la frase, sino porque eso le demuestra una vez más que el hombre aún sigue perdido. Aquél que se encuentra asustado o a quien le muerde el miedo ataca y luego pregunta.







INSTINTO MATERNAL





Me pregunto si eso de “instinto maternal” existe realmente, y si es así, por qué no hay un término paralelo tipo el “instinto paternal”. Vale que las mujeres podemos cargar con un pequeño alienígena cuyo nombre, datos y características, fobias y filias desconocemos hasta años más tarde cuando nos grita desde la habitación: ¡Déjame en paz, mamá! Desde luego por mi parte cambiaría bastantes cosas en el mundo, una, que ellos, hombres, pudieran “disfrutar del embarazo” (así lo llaman ellos, curiosamente: disfrutar…) Todos estamos de acuerdo en eso de ponernos manos a la obra en lo que se refiere a la procreación en sí. No tanto, en las futuras responsabilidades que el acto consumado ya puede provocar, y en el caso de que ambos hayan decidido llegar hasta el fin mismo del asunto en cuestión, es decir, al principio, al ser que nacerá de esas posturas impronunciables y esos sudores que pasa la cigüeña en sus viajes a París. Sí, lo que se llama un acto de amor, de mucho amor (una y otra vez, una y otra vez…) En fin, hasta ahora yo creía carecer de este llamado “instinto maternal” lo que provocaba no pocas caras de espanto a mi alrededor y apelativos del grado: anormal, mujer fría, no-mujer…El otro día, hablando con un amigo vía nuevas tecnologías (Messenger) de este tema llegamos a una conclusión importantísima. Parece ser que esto que llaman “instinto maternal” viene relacionado con otra cosa que llaman “reloj biológico”. Ambas cosas, cosas de mujeres, parece ser. No sé, yo en esto me noto y me confieso bastante atípica. Aunque he de reconocer que a mí las etiquetas y convenciones sociales me provocan todo tipo de sarpullidos y erupciones cutáneas de lo más variopintas. Pues, últimamente, cada vez que me conectaba a Internet tenía la extraña sensación de que escuchaba algo así como un teléfono que no dejaba de comunicar. ¿Fenómenos paranormales o cuestión del módem, simplemente? Después de consultar a varios amigos expertos en el tema de la informática en particular y del “anaveguismo” en general, éstos afirmaron que eso no podía ser posible, que todo parecía indicar que dentro de mí algo “comunicaba” pero no sabemos con qué o quién. Y de repente, hace un par de días, en plena conversación telemática, mi amigo me dijo: ¡Ana, es tu reloj biológico el que comunica! Y sí, efectivamente, todo encaja: mujer, treinta años, soltera, arisca, con gato…Cuando alguien llama a mi supuesto “reloj biológico” éste decide no ponerse, comunica siempre, porque, evidentemente, carezco del supuesto “instinto maternal” lo cual me convierte en una especie de no-mujer o algo así (según algunos). Una especie de troll. Lo más curioso es que últimamente me esta pasando algo un tanto preocupante: ya no detesto a los niños, digamos que los tolero. Y, lo que es peor, adoro a mi sobrino Alejandro, para mí, el rey del mundo, mi tesoro. Y a mi alrededor ocurren hechos como que una de mis mejores amigas se queda embarazada, así, por obra y gracia de la dichosa cigüeña, de no uno, sino dos, mellizos pues, y cada vez que la veo le toco la tripa para ver si siento algo, y me resulta entrañable, y saca lo mejor de mí. Quizá asista al parto, eso sí, me quedaré en la zona no sangrienta. Pero algo está cambiando, una extraña mutación. Increíble: Mia Farrow y su prole me parecen adorables. Qué será de mí.





MINAS EMOCIONALES







Sí, la ciudad, ésta, la que pateamos cada día, se encuentra plagada de minas emocionales. Cuando menos te lo esperas, de la manera más tonta, sin casi darte cuenta de la tremenda catástrofe que se avecina, pisas algo un tanto sospechoso y cuando reaccionas ya es demasiado tarde, estás calada hasta los huesos. El mundo está sembrado de gente que ha pasado por tu vida con más pena que gloria y a la que realmente agradecerías no volver a ver. Se trata de todo aquel ser o cosa que cuyo nombre comienza por “ex”. Eso implica una serie de connotaciones normalmente poco agradables de recordar o en todo caso enterradas ya para siempre (llaveros, pulseras y demás objetos y complementos que el susodicho en cuestión tuvo a bien regalar por cuestiones de lo más variopintas y desconocidas aún hoy por ti, y en fechas casi siempre muy inexactas). Caminamos pues, un día cualquiera, por cualquier callejuela, especialmente incautas o incautos, con la ingenuidad de quien se cree a salvo de su pasado y de repente, un rostro conocido nos saluda; y no sólo nos saluda si no que se detiene y pregunta –interroga para ser exactos-, y habla, y habla, y tú aún con el rostro congelado esbozas una sonrisa refrigerada o mueca un tanto indefinida. Y cuando te quieres dar cuenta, tu cabeza comienza a caminar cual cangrejo y todo se tambalea y te cuestionas tu vida, el porqué de esa relación frustrada y eso te conduce a la relación actual o peor incluso: por la relación que sigue sin existir. Y sigues con esa mueca a lo Jordi Labanda, apretando el bolso con tanta fuerza que comienzas a sentir como el móvil vibra al ritmo de tus latidos. Y el otro sigue y sigue hablando, escudriñándote con sus ojos de besugo inhóspito, y no recuerdas por qué te enamoraste de él y no le encuentras sentido alguno pero te preguntas sin embargo si tú no podrías haber hecho algo, haber evitado, haber disculpado, haberte convertido en imbécil, por ejemplo. Y nada tiene sentido en ese instante, ni pasado, ni presente, ni futuro. De repente lo ves muy claro, nada va a cambiar, el mundo es un lugar feo donde no existe lógica alguna y donde todos nos enamoramos de quienes no debemos, y éstos se enamoran de otras, y éstas a su vez de los que nosotras tampoco deberíamos y aquellos con los que sí deberíamos casarnos y procrear, según dice nuestra bendita madre, nos provocan una ternura inmensa con una escasez tal de química que ni la mismísima Madame Curie podría hacer algo, lo cual provoca en estos sujetos entrañables poca, muy poca, o nula, gracia (esta valoración nuestra de hombres dignos de ser amados pero de quien nunca nos enamoramos). Y vemos ante nosotras al crápula que un día disfrazamos de príncipe y notamos la tinta azul de príncipe postizo chorreando en sus botas y comprendemos entonces que la vida es eso: ver la realidad, aceptarla, asumirla, mirar al frente y seguir adelante. Y que no nos engañemos: no hay un crápula o gandul definitivo, el hombre y la mujer siempre tropiezan con la misma piedra… Reconocer, entonces, que todos, absolutamente todos sufrimos cierta tendencia al enganche emocional injustificado y frecuente. Recurro de nuevo al mundo animal, tan lúcido siempre: la musaraña hembra después de copular arrastra al macho durante al menos veinte minutos puesto que, sí, ellos también, se quedan enganchados…





CUESTION DE PODER





En una misma página de un mismo periódico encuentro tres casos de abusos sexuales a menores. La Audiencia de Madrid juzgará a cuatro presuntos integrantes de una red de violadores de bebés detenidos en mayo de 2005, uno de ellos apodado “Nancysex” (sólo el apodo provoca escalofríos) será acusado de agredir sexualmente a varios menores mientras estaban a su cuidado. No sólo abusaba de ellos si no que grababa sus actos en videos que luego intercambiaba por Internet con otros monstruos de su especie. Justo al lado de esta estremecedora historia aparecen otros dos casos similares; en uno un adolescente de catorce años abusa de dos menores de siete y ocho años obligándoles a mantener relaciones sexuales entre ellos (los que tenemos cerca niños de esa edad sentimos un especial pánico subterráneo ante la impotencia que nos invade) y en la columna siguiente se habla de Josef Fritzl, que encerró a su hija durante veinticuatro años y la violó reiteradamente hasta engendrar siete hijos fruto del dolor de esa niña, fruto del horror, sin más. Ahora bien, por qué se suceden cada vez con mayor frecuencia este tipo de hechos, algo que se ha producido a lo largo de toda la historia parece reproducirse en estos últimos tiempos a una velocidad inquietante, noticias como éstas nos inundan cada día. Sacos y más sacos de vidas rotas se acumulan en los archivos de los juzgados.

Aquellos que gustan de la antropología y la investigación más allá de nuestras fronteras sabrán que en algunos pueblos es una práctica habitual que sea el propio progenitor quien inicie a sus hijos en el sexo. Desde luego, esto es algo incomprensible para nuestros ojos occidentales que encubren cierta hipocresía a la hora de abordar la verdad. Dichos pueblos, tan “bárbaros” e “incivilizados”, no se esconden ni maquillan sus costumbres por irracionales que nos parezcan. Habría que preguntar al vástago en cuestión, tras haber sido sodomizado, para que él mismo revele la posible utilidad o absurdo de dicho procedimiento; algo que quizá sea posible en dichos pueblos ya que en nuestra sociedad sería imposible, puesto que todo abuso ha de ser silenciado. Contradictorio: mismas prácticas, diferentes maneras de enfocarlas.

Si uno se fija bien en el asunto, en el fondo, se trata, más allá de la patología mental que sin duda padecen estos monstruos, de una cuestión de poder: el que tiene más fuerza somete al más débil. Y esto se produce en casi todas las relaciones. Me pregunto si cuanto más avanza la sociedad actual hacia la igualdad y la defensa de los derechos de todos, pero especialmente de los más desfavorecidos, no estamos iniciando una batalla quizá de antemano ya perdida contra el poder y todo lo que significa. Ejemplos prácticos: el hombre mata a la mujer que decide abandonarle, el adulto no consigue satisfacer sus deseos con los de “su tamaño” y busca una presa fácil, el padre ve cómo la niña crece, se le escapa entre las manos, y decide encerrarla. Me pregunto si todo esto no será una cuestión de poder y libertad cercenada. Quien ha de someter a otro lo hace por inseguridad, en algún momento ha visto peligro. Sin poder todos somos iguales. Algunos no pueden permitir que esto ocurra realmente. Y volvemos a la patología…





CUMPLEAÑOS E INTEGRACION SOCIAL







He de confesar cierta misantropía, y he de confesar, también, cierto desdén, y repulsión, incluso, por los actos sociales, celebraciones y demás fenómenos de los que huyo siempre que puedo. Y esto no es tarea fácil. Una ha de enfrentarse a todo tipo de imposiciones sociales de las que nadie parece haber escapado con vida. Confieso, también, mi falta de tacto a la hora de elaborar excusas. Confieso que con un llano y simple “no”, sin añadiduras, doy por concluidas todas mis posibles alegaciones. Lo malo de estas cosas, la Navidad, San Valentín, el cumpleaños de fulanito o menganito/a, la cena familiar u otros sinsentidos, es que pasan pero siempre vuelven. Sí, año tras año, lo mismo una y otra vez. Decidida a cambiar mi actitud del todo antisocial, con mis recién estrenados y, no muy firmes, propósitos de año nuevo bajo el brazo, acudí en fecha reciente a uno de estos eventos. Ante mi nada estudiada y del todo natural distancia –e incluso prudente, diría yo, para un bicho raro como es el caso-, de los invitados, se me increpó por no parecer querer “integrarme” en el grupo o asunto en cuestión. Yo respondí con un enfurruñado: ¿Pero por qué tengo que integrarme? ¿y si no quiero? Y justo después, pensé lo que había dicho sin casi darme cuenta. Descubrí que los actos y demás eventos sociales son producto de las oscuras artimañas del complejo y enrevesado aparato logístico de la llamada “sociedad actual” para captar inadaptadas sociales como yo que se niegan a formar parte de ésta.





DEFENDAMOS EL NIDO





“Dios mío, líbrame de mis amigos que de mis enemigos ya me libro yo”, nos advertía Voltaire. Dicha sentencia nos ofrece diferentes lecturas, más allá de la evidente animadversión –muy lúcida, por cierto- que parece demostrar Voltaire hacia su entorno más próximo. Una de ellas es la importancia vital que esos seres que llamamos amigos tienen en nuestra vida; su poder es a veces subestimado por nosotros tanto en lo bueno como en lo malo. Si recurrimos a la sabiduría popular ésta nos resume dicha cuestión en pocas palabras: “dime con quién andas y te diré quién eres”. Pero el refranero se queda corto pues a esto debería añadir: “te diré quién eres y dónde llegarás”. Poca o nula importancia hemos dado a lo largo de nuestra vida a eso que nuestra madre se empeñaba en repetir a modo de cántico vespertino a lo largo de toda nuestra adolescencia y toda nuestra vida posterior, pues algo hay más allá de la pubertad, no mucho, digamos: “cuidado con las malas compañías”. Pero las madres sólo veían en el banco del parque al pobre repetidor de tercero que apuraba su último cigarrillo mientras buscaba en su bolsillo alguna sustancia que convirtiera su materia gris en algo más propicio para la clase de matemáticas, las madres nunca nos hablaron de los trepas, los acosadores, los vampiros energéticos, los sádicos, incluso los egocéntricos, especie muy peligrosa aún no catalogada por la OMS como enfermedad altamente peligrosa y de fácil contagio. Las madres veían las sustancias nocivas que amenazaban a sus hijos pero sin percatarse siquiera de la presencia de los sujetos más dañinos con los que tendríamos que lidiar a lo largo de nuestra vida, algo mucho más complejo que esquivar al camello de la esquina, saludarle o irse de copas con él. Nadie nos habló por tanto de las ondas electromagnéticas con las que ciertos individuos contaminan nuestras vidas, de la importancia de elaborar una cuidadosa limpieza de nuestro entorno hasta reducir el número de allegados a los que realmente cumplan el requisito de “más próximos” no en distancia si no en alcanzar nuestra mano con la suya o guardar silencio con una mirada. Poco o nada sabemos pues de la construcción de sólidos muros ante el carácter nocivo de ciertas personas y de la elección exacta de algo tan básico como aquéllos que nos ayudan a crecer, cuyo apoyo es incondicional pues es real, que nos quieren como realmente somos, que saben alejarse cuando es necesario, que nos respetan y que no nos malcrían ni nos conceden tregua, simplemente están a nuestro lado. Compañeros de viaje, nada más. Y no existe acuerdo mutuo alguno sino que el encuentro surge de la nada y se establece de un modo tácito un vínculo entre ambos, lo cual se mantiene sin que ninguno de los interlocutores mueva dedo alguno. Entrega por ambas partes, respeto, comprensión y silencio.

En EEUU un pequeño y violento pajarraco está consiguiendo hacerles la vida imposible a un grupo de trabajadores de una prestigiosa empresa pues ataca y picotea de forma indiscriminada a los empleados en cabeza y extremidades (que a ninguno se le ocurra tocar al pajarraco en cuestión ya que se trata de una especie protegida). Parece ser que el animal en cuestión simplemente lleva a cabo su labor con uñas, de tenerlas, y dientes, de no haber nacido con pico. Dicha labor es, ni más ni menos, defender su nido.

Defendamos nuestro espacio vital pues, cual agresivo pajarraco, de invasores o agentes nocivos. Defendamos el nido.







DESEO INTACTO





El músico británico Sting ha afirmado en diversas ocasiones que el secreto para mantener su portentosa forma física, su voz, y ese equilibrio que todos ansiamos imponer en nuestra vida, se encuentra en disciplinas como el yoga, la meditación y esa famosa frase suya que parece poner de los nervios a todo macho ibérico que se precie cuando la oye: “A veces hago el amor durante ocho horas”. Sexo tántrico, le llaman al asunto.

Busco información sobre el tema y me encuentro con conceptos más lógicos y cercanos de lo que en un principio podría vaticinar toda disciplina milenaria (prejuicios dios sabe por qué). Según parece el Tantra es una “disciplina oriental de la que bebe tanto el budismo como el hinduismo y que se basa en una serie de libros hallados en la antigua India hace 5000 años, donde el dios Shiva revela los secretos de la vida a su pareja la diosa Shakti. Entre estos secretos, la mayoría se refieren al crecimiento personal, la meditación y a la contemplación como un camino para evolucionar espiritualmente. Y otros ser refieren a la práctica sexual, a los rituales y al estímulo de energía que conceden al individuo el amor y las relaciones. El sexo tántrico es sólo una parte del Tantra”. Hasta aquí todo en orden.

Leo con clara estupefacción que en Estados Unidos existen miles de seguidores de tan dulces técnicas y que “en Chile despierta todo tipo de expectación y en Argentina, más que una moda es una fiebre que sacude a la sociedad”.

El Tantra toma la visión de una pareja como algo que trasciende lo físico y se convierte en algo más profundo (aunque esto suene a chiste fácil). Para los tántricos “el sexo, igual que sucede con el yoga o con la meditación, es un camino para llegar a un estado de conciencia más elevado espiritual”.

Más allá del lugar místico al que parece conducirnos todo esto y basándonos en algo quizá más tangible, o más acorde con nuestro tiempo (y prisas), con nuestro descerebrado comportamiento de seres del siglo XXI, algunas cosas llaman mi atención: con estas técnicas –por llamarlo de algún modo- se pretende aumentar la energía, controlar la respiración, y no sólo “aumentar si no generar la energía psicosexual o Kundalini”. Energía ésta que también se logra mediante ciertas asanas o posturas en el Yoga. Uno de los elementos más importantes y que, dudo mucho, consigamos introducir en el “modus operandi” del homínido al que solemos frecuentar es el llamado “orgasmo seco” u orgasmo sin eyaculación. El Tantra entiende que nuestras relaciones sexuales se convierten en momentos de “descarga” y no de “unión profunda”. Todos podemos elaborar en este preciso instante una lista mental de nuestros amantes y en ella veremos con nitidez (de forma muy explícita con seguridad, pero no con mucho rigor) la abundancia de los llamados momentos de “descarga” y los escasos momentos de “unión”, ya no profunda, si no tan sólo “unión”. Curiosa la tendencia del pensamiento occidental hacia la destrucción (darle a un niño algo que pueda partir en dos y lo romperá al menos en cuatro partes) y el uso casi imperceptible en nuestra vida cotidiana, a nuestro alrededor, del verbo: construir. Veo en el Tantra varias lecciones, y no sólo sexuales, que alguien con cierta sensibilidad –aún no “destruida” del todo o atrofiada por el escaso o indebido uso- sabrá leer entre líneas, lecciones que quizá olvidamos con los años: la lentitud de dos cuerpos que se aproximan, el momento previo al beso, la extensión ilimitada de una caricia o lo que todo eso puede significar si lo trasladamos más allá del nivel físico. Ahora agotamos el deseo en apenas cinco minutos, nadie recuerda el poder ancestral del deseo intacto. Quizá nuestra vida actual sea entonces una “descarga” continua mientras otros, como Sting, disfrutan de una especie de “orgasmo seco” infinito que les conduce a una vida quizá más equilibrada y menos psicótica. Nosotros no sabemos regalar una caricia sin ponerle nombre, precio y fecha de caducidad. Las arrugas y el temblor del labio izquierdo nos delatan. El equilibrio se ha roto.





DETALLES







Nuestra vida se compone de pequeños detalles, que, a modo de mosaico, van tejiendo nuestro futuro sin que nosotros nos percatemos casi de la importancia de un gesto determinado o una mirada. Varios experimentos probados en ratones demuestran que si uno de ellos es apartado de su madre, y del resto de las crías, durante el periodo que la naturaleza exige protección materna, éste desarrollará más tarde una mayor predisposición para ser presa de todo tipo de adicciones, o padecer ciertos trastornos mentales como el estrés. Un detalle apenas imperceptible puede cambiar nuestra sensibilidad, debilidad o fortaleza frente a algunas situaciones. Se ha demostrado que los ratones que permanecen junto a su madre desarrollan un gen digamos de “refuerzo” frente a posibles situaciones futuras de peligro. Más tarde se comprueba cómo en un grupo de ratones en aparente igualdad de condiciones, cuando a éstos se les convierte en adictos a alguna droga, unos se transforman en dependientes y otros no. La prueba se refuerza con todo tipo de trabas que dificultan el consumo de dicha sustancia: en un primer momento el ratón acude al lugar en el que se facilita la droga y ésta se le suministra sin más, luego se incluye un esfuerzo determinado y finalmente una descarga eléctrica con cada dosis. Mientras unos ratones abandonan cualquier esfuerzo excesivo para alcanzar la dosis, otros llegan a soportar las descargas eléctricas de manera sumisa y compulsiva una y otra vez hasta su muerte.

Legiones de animales han perecido en innumerables laboratorios como demostración o prueba de la ineptitud humana y el sinsentido que toda vida implica. Evidentemente, gracias a ellos se han salvado y se siguen salvando vidas. El límite de todos modos, en este campo, está por determinar: entre la crueldad gratuita y la necesidad. La filosofía popular, y la más ortodoxa también, han elaborado grandes teorías y máximas con la mera contemplación pacífica del mundo que les rodea y de sus ciudadanos (algunos más sabios que otros). Métodos más heterodoxos, y actuales, como buscar en Internet pueden conducirnos a hechos tan insólitos que uno mismo podría decidirse no sé si a investigar el asunto pero sí a tener en cuenta, como es el caso de ciertas hierbas que consumen los gatos para obtener de manera natural cierto estado de euforia en la que “los gatos llegan a cazar ratones imaginarios”. Cabe preguntarse: ¿por qué los gatos se drogan? Todos aceptamos la necesidad que sentimos de evadirnos de la realidad que nos oprime pero esto nos deja a la altura del betún al analizar la realidad de un gato. Sus tareas son las siguientes: comer, dormir, observar, cazar y lamerse. Desconocemos qué punto de su realidad les oprime: quizá una higiene exacerbada, un exceso de sueño, una bola de pelo mal digerida…Quizá matemos animales de manera innecesaria porque no sabemos mirar con atención. Quizá debamos preguntarle al gato.

Algunos seres encuentran modos de evadirse de lo más peculiares, algunos inofensivos como el punto de cruz o la elaboración de centros florales, mientras otros ni tan siquiera se molestan en consumir sustancia alguna (no les alejaron de la madre rata de niños) si no que realizan actos que les proporcionan una inexplicable subida de adrenalina (otra forma de saltarse la realidad circundante). La tipología aquí es amplia, pero quisiera destacar un espécimen desconocido por mí hasta la semana pasada y que todos podemos encontrar con todo tipo de fotos y material adjunto en la Red, donde el hombre en cuestión –candidato a la Alcaldía de cierto lugar de España- aparece torturando a gatos indefensos, o con dichos animales ya muertos y bien ensangrentados mientras él sonríe a la cámara. Es entonces cuando comprendes que los gatos se abandonen al consumo indiscriminado de ciertas hierbas e incluso los ratones condicionados o modificados artificialmente para ello hagan uso de su libertad hacia una dependencia quizá más insana pero menos dolorosa. Nosotros nos divertimos de otro modo, más cobarde, más acorde con nuestra especie.





DOMESTICACIÓN







Según un reciente estudio británico los resultados obtenidos en pacientes que utilizan antidepresivos no distan demasiado de los logrados con un simple placebo. Las compañías farmacéuticas fabricantes de los medicamentos analizados en el estudio han respondido rápidamente ante el posible efecto que esto podría causar en su “negocio”, aportando otros datos e informes. Cabe preguntarse entonces quién miente o dice la verdad a medias y quién se atreve a exponer una información de la que todos o casi todos disponemos en un entorno más o menos próximo; dónde comienza la industria y el lucro personal y dónde la preocupación del profesional sanitario por un tratamiento eficaz para el paciente. Desde luego, una persona cuya vida incluye un tratamiento farmacológico es una persona cuya libertad está condicionada por muchos factores. Uno de los efectos provocados por los antidepresivos (además de que en el propio prospecto advierten de la posibilidad de incrementar el riesgo de ideas o comportamientos suicidas entre jóvenes y adolescentes y otros muchos de lo más disparatados) es un tipo de calma impuesta, ficticia por tanto, que se acerca bastante a cierta imposibilidad de expresarse con la claridad, o violencia, incluso, de la que todo ser humano dispone y ejerce según le convenga. Un paciente sedado es un sujeto amarrado, en cierta forma, de pies y manos. Si le atamos las manos a alguien y le sujetamos los pies, impedimos por tanto su liberación; mejor dicho, su liberación dependerá entonces no de él mismo sino de aquél que hizo el nudo final. Sería un tanto exagerado, pero quizás lógico o no tan descabellado, pensar que la Organización Mundial de la Salud está de acuerdo de un modo tácito con una especie de programación mundial llevada a cabo desde tiempos inmemoriales por el hombre hacia las bestias: domesticación. En este caso del hombre hacia el hombre…

A veces es necesario limpiar varias veces las gafas con las que una lee, trabaja o asiste perpleja a lo que ve, puesto que la realidad parece no ajustarse a lo que el instinto nos nombra alto y claro. Nos sentimos desenfocados, como Woody Allen en “Desmontando a Harry”.

En una entrevista, Marino Pérez, catedrático de Psicología de la Universidad de Oviedo nos da algunas claves: “Hay que escuchar al paciente y no al Prozac”. Vemos, por tanto, que la realidad enmascarada por otros, se ve con total nitidez por algunos, que al igual que nosotros, ajustan sus gafas una y otra vez hasta ver la las cosas tal y como son. Añade: “Yo diría más placebo y menos Prozac. El placebo está en la relación interpersonal de confianza, en hablar del problema del paciente con depresión, entenderlo, buscar alternativas”. Y remata con algo que ya nuestra abuela en su infinita sabiduría nos dejó en herencia: “La terapia que consiste básicamente en hablar es importante”. No sé si la solución estará en la máxima que en los noventa se puso de moda, aquello de “Más Platón y menos Prozac”, pero rescatando de nuevo uno de esos dichos con los que nuestros abuelos parecían solucionar el intrincado mundo: “Cuando el río suena, agua lleva”. Hemos de decidir cómo enfrentarnos a la vida y los males que ésta conlleva, pero ejerciendo siempre nuestro derecho a proteger nuestra libertad individual a la hora de elegir una dirección u otra, un paso atrás o un giro lateral, un tratamiento u otro, y, sobre todo, exigir la información detallada, total y verídica, sobre los pros y contras de éste. Los medicamentos han sido creados para ponerlos a nuestro servicio, no al revés, ni como medio para alcanzar una muchedumbre silenciosa, en calma, pero tan sólo aparente. Ocurre, en ocasiones, que para algún médico de dudosa profesionalidad y condición humana, le resulta más fácil (y más rentable económicamente) extender una receta que enfrentarse a la difícil realidad que alguien le muestra desde el otro lado de la mesa. Nos adormecen el instinto, aquello que nos protege. Las marionetas nunca emiten queja alguna.





EL HOMBRE AVESTRUZ











Dícese del hombre cuya respuesta inmediata ante un problema de importancia moderada o, en ocasiones, grave, tiene por costumbre esconder la cabeza bajo tierra, o simplemente, salir corriendo. A lo largo de mi vida me he encontrado con distintos tipos de hombres de esta categoría. Curioso fenómeno éste que me ha llevado a reducir todas mis elucubraciones y teorías, en un primer momento, a un dicho común (y no por eso verdadero): nadie quiere problemas… Si bien es cierto que esto ocurre con ambos sexos, el hombre tiene cierta predisposición a esto del “sálvese quien pueda”. Analizando los diversos comportamientos de los distintos tipos de conductas masculinas que, por desgracia, he presenciado, y que he designado como “características principales del llamado hombre avestruz”, he hallado un claro nexo de unión entre todas ellas: si un hombre se encuentra ante algo cuya solución parece un tanto ardua y quizá poco probable de llevarse a cabo, éste opta siempre por dirigirse hacia la puerta (o ventana, incluso) más cercana. He comprobado que si alguien le entrega un objeto roto a un hombre y solicita su colaboración en la supuesta reparación del mismo, es decir, cuya labor consista entonces en pegar y arreglar los daños, éste aceptará, gustoso, el reto (de haberlo). Si en cambio alguien le entregase un objeto roto, también, mismo tamaño, pero otras circunstancias, cuya procedencia desconoce, y mucho menos, el modo de arreglarlo, éste comenzará a experimentar una especie de hormigueo en las extremidades inferiores, una palidez repentina e inusitada, unos ojos ensangrentados y mirada torva, y, sin más, cogerá las llaves del coche y dirá: ¡Vuelvo enseguida, voy a comprar tabaco! La mujer comprenderá al instante el “funcionamiento” del hombre en cuestión y comenzará, por tanto, a estudiar el “funcionamiento” del objeto roto, y no parará hasta arreglarlo.











EL LÍMITE DEL MAL





A veces un virus, bacteria o cualquier otro tipo de cuerpo extraño agresivo con nuestro cuerpo puede provocarnos ese estado febril al que siempre alude Juan José Millás como una especie de verdad cegadora: la realidad vista desde la óptica de la fiebre que parece distorsionar lo que vemos, y sin embargo, ordena nuestro caos en una imagen borrosa pero fiel de todo cuanto nos rodea (quizá la escasez de movimiento invite a la reflexión). En esta situación me encuentro yo ahora, perpleja, con una temperatura corporal que me produce una sensación de lugar tropical vaya a donde vaya, una ligera sordera que me incapacita para escuchar más allá de lo fundamental o lo que realmente me interesa y una visión borrosa que me proporciona una colorida y detallada especie de alucinación de mi realidad más próxima. Todo esto acompañado por una sensación de mujer dopada hasta los tuétanos que consigue reducir todos mis problemas hasta la siguiente toma del antibiótico en cuestión (preocuparse por lo urgente y no lo necesario…) Y, cómo no, un toque a lo Tom Waits en el maullido con el que intento comunicarme. Y entonces se produce el milagro: todo encaja, ahora lo comprendes todo (cierta dipsomanía consigue ver incluso el aura del prójimo y la botella propia con vista de lince casi paranormal). La realidad “era esto”, y volvemos a Millás.

Hoy una noticia especialmente aterradora sacude la sabiduría febril adquirida: un padre secuestra y mantiene encerrada a su hija durante años, a la que viola de forma sistemática y con la que tiene descendencia (algunos de los niños no han visto nunca la luz del día). En otro momento habrías clamado al cielo, indagando e investigado psicológicamente al hombre que describen los medios de comunicación y diseccionado y masticado todo argumento hasta convencerte de que algo de “humano” existe en todo individuo. Hoy la fiebre te ayuda a reconocer el límite exacto del mal: infinito y sin fronteras. En esa especie de sordera de caracola de mar que te provoca el virus que padeces algo te asegura que el mal, la maldad, es una especie de apéndice que aparece de un modo u otro, con mayor o menor grado de agresividad, en todo ser humano, animal o vegetal incluso (ver ciertos cactus y no acercarse demasiado). La realidad que ahora ves medio difusa, la sientes, sin embargo, en este momento, con abrumadora seguridad: el mal habita entre nosotros y en nosotros mismos. Aceptas, sin más, medio adormecida por la codeína, que no sólo existe el mal, sino que muchos lo cultivan cual geranio en su maceta y eso es algo tan inevitable como que tú ahora mismo extirpes de tu garganta el virus que no puedes ver pero cuya presencia se manifiesta en amplia sintomatología. Supongo que la fiebre te provoca una especie de anestesia vital, como cualquier droga, aceptas la realidad sin más y no haces preguntas: si los antibióticos no pueden atacar un virus que imaginas diminuto, con sombrero negro, gafas de pasta y un bloc de notas (como un inspector de Hacienda o similar) qué podemos hacer nosotros frente al mal del mundo. Combatirlo con paciencia si es posible pues el límite del mal es infinito, como el horizonte, como la línea que siempre creemos delimita el océano.





EL PASADO





El pasado vuelve a nuestra vida cuando menos lo esperamos. Aparece en forma de rostro conocido, de lugar, de sensación, de herida que creíamos cicatrizada, de dolor, a veces, que nos negamos a admitir como nuestro, como parte indisoluble de lo que ahora somos. “La vida me parece una relojería de memoria descompuesta”, leo en el último libro de Nuria Amat. Es una definición acertada de todo aquello que vivimos en el presente y lo que sufrimos o disfrutamos en el pasado. La precisión de reloj suizo que anuncia Amat nos confirma esa visión que algunos compartimos de la vida como artefacto extremadamente complejo en su funcionamiento y de lo más rudimentario y básico en su esqueleto. Nosotros nos encargamos de cubrir dicho esqueleto con una buena armadura o caparazón, incluso. A veces un ser humano no dista demasiado de una tortuga.

Es difícil hallar la respuesta a algunas preguntas. Aún hoy no logramos comprender el significado más estricto, si lo hubo, del dolor que sufrimos en un momento dado, o aquél que vimos cerca, que compartimos. Sin embargo, todo lo que somos hoy, lo bueno y lo malo, ha sido construido con los cimientos de los pecados cometidos y los éxitos alcanzados. Hasta lo más insignificante puede cobrar un sentido casi demencial, impensable, años después. Todo forma parte de un universo preestablecido donde el orden y el caos se alternan hasta configurar esto que llaman vida.

“La vida es una fina cadena de metal que alguien muy meticuloso se ha propuesto enredar por segmentos”, leo en la novela de Amat. Y de eso se trata: de enredarnos por segmentos. Nuestra labor sería entonces la de desenredarnos hasta que nada ni nadie nos impida movernos con total confianza y seguridad: hasta conseguir nuestro espacio. El pasado se convierte por tanto en un modo de “desanudarnos”, de tropezar, y golpearnos con los hilos que nos sujetan, hasta liberarnos. Cada golpe recibido es un nuevo segmento que se añade al anterior y que nosotros debemos distribuir con cuidado, con precaución, hasta colocarlo en el lugar exacto que le corresponde, sólo así podremos seguir nuestro camino. A cada paso, por diferentes vías, motivos, se añadirán segmentos que nos taparán la vista, engañarán, incluso, nuestro olfato, nuestro tacto, pero el trabajo consistirá de este modo en que nuestros laboriosos dedos no dejen ni por un momento de desenredarnos los nudos que nos impiden caminar tal y como nosotros deseamos. Uno aprende con cada golpe, pero el cuerpo siente el último como el primero pues aunque nos cueste admitirlo: nuestra condición humana no nos permite elaborar un caparazón tan fuerte. Ni la armadura más prodigiosa soporta el dolor con el que una mirada o una palabra golpean el corazón. Es necesario, en ocasiones, extirparnos dicha armadura para tomar aire y ver los segmentos, los nudos que aún nos retienen. “La aceptación y la lucha van juntas”, descubro de nuevo en Amat.

“Triunfamos sobre los fracasos cuando los convertimos en cosas útiles”, nos revela Alex Pattakos. Cada segmento, cada nudo que se enreda alrededor de nuestras extremidades, cada golpe que consigue cegarnos, incapacitarnos para vislumbrar con claridad el camino a seguir, ha de ser transformado, con astucia animal, a nuestro favor, como una herramienta indispensable de aprendizaje para llegar a convertirnos en quienes realmente somos, libres ya de segmentos que nos anudan al mundo como si de títeres se tratase, en ese terreno que parece vedado al ser humano: la paz.





EL PERDÓN







El Papa Benedicto XVI afirma sentir una “profunda vergüenza” por los abusos sexuales cometidos por sacerdotes y pide a la Iglesia que haga todo lo posible para que este tipo de actos no vuelvan a repetirse. Los testimonios de las víctimas nos ofrecen relatos espeluznantes donde se esconden muchos años de dolor y silencio. El dolor siempre se ve aumentado cuando el silencio lo ampara, lo camufla. Y de este silencio se sirven siempre los verdugos para capturar a su víctima y encerrarla en una espiral casi definitiva donde no hay salida posible. La puerta se abre cuando se rompe el silencio. Muchos parecen no entender aún la esencia de dicha ecuación: dolor silenciado, dolor multiplicado.

Los testimonios de las víctimas coinciden en un mismo punto: el amor y la confianza pueden devolver no la inocencia robada pero sí al menos cierta normalidad a sus vidas. El verdugo rompe no sólo un momento preciso de una vida sino que incapacita a la víctima para seguir adelante, condiciona su futuro, y ahí radica una de las extremidades más terribles de la injusticia: mientras el verdugo vive y sonríe como si nada, la vida que ha destrozado se resquebraja cada vez más hasta quizá romperse del todo. Me pregunto si es posible perdonar, no verbalizar el perdón con las palabras justas, llegar a sentirlo de manera honesta, alcanzarlo y que éste nos proporcione cierta paz. Para perdonar al otro hemos de saber perdonarnos a nosotros mismos (el verdugo, pederasta, o cualquier otra tipología del mal, alcanza su propósito sirviéndose de un arma prodigiosa: la culpa). Nunca conseguiremos limpiarnos por dentro hasta alcanzar el estado neutro que exige una visión objetiva de la realidad y para ello quizá sea necesario hallar dicho perdón, no sólo propio, hacia nosotros mismos, sino también hacia el otro, hacia el verdugo incluso. No se trata de olvidar y con eso justificar en cierto modo todo tipo de conductas y hechos, sino de que el olvido y el perdón se conviertan en aliados de la reconstrucción de una vida rota. Me pregunto si esto es posible, si el ser humano es capaz de desdibujarse hasta ese punto. Leo en los testimonios de las víctimas que sólo cuando se han liberado del rencor, la culpa y el odio, su vida comienza a cimentarse de un modo más seguro y pacífico que cuando la rabia les impedía avanzar pues ocupaba todo su espacio vital. Quizá éste sea el daño definitivo y más peligroso que el verdugo aplica a sus víctimas: la extirpación de la confianza, la incapacidad de amar. Entonces vemos el perdón como arma de doble filo; entendido así, el perdón se convertiría en aquello que consigue derribar el poder del verdugo, lo que él ha creado. Si perdonamos, rompemos el círculo, abandonamos el campo de batalla, guardamos nuestros dolores en el cajón que les corresponde, aprendemos de lo vivido y seguimos adelante. Vencemos al monstruo si conseguimos hacerlo pequeño, en nuestra vida, y en nuestra mente. El daño queda recluido entonces al baúl que le asignamos pero nunca, jamás, nos impedirá seguir adelante y quizá, en un momento dado, el herido podrá tocar eso que llaman felicidad y que los verdugos se creen capaces de amputar de por vida. Los que realmente se pudren en la oscuridad de su conciencia siempre deben ser ellos, los que provocaron el dolor del inocente. El inocente ha de levantarse por doloroso que sea y arrancar el poder del verdugo con el arma que él nunca sabrá manejar: el perdón. Castiguemos con el perdón y rompamos el cordón umbilical con el que el mal amarra al hombre.





ENAGUAS







Leo estupefacta un modelo de contrato para maestras de 1923 donde encuentro la explicación al menos más burocrática de ese cansancio de siglos con el que las mujeres cargamos cual Sísifo desesperado. En dicho contrato la “señorita” acuerda no casarse, puesto que en ese caso el contrato quedaría automáticamente anulado y sin efecto, no sabemos si secundario –la de problemas conyugales que habría evitado esto, a elegir: el trabajo o el sujeto en cuestión; siempre más rentable el oficio, sea cual sea...- y no andar en compañía de hombres –parece ser que los que elaboraron dicho contrato no pensaron que para casarse es necesario frecuentar otras compañías además de la propia-, por tanto con un “imprescindible convertirse en monja de clausura” habría resultado suficiente. La cosa sigue y empeora: “estar en su casa entre las ocho de la tarde y las seis de la mañana, a menos que sea atender su función escolar”. Me pregunto qué extrañas actividades creerían podría desempeñar una maestra en horario nocturno que no pudiese llevar a cabo en horario diurno, supongo que a esas horas podría ser acusada de incitar a la violación masiva o convertirse en un kremlin en caso de ingerir alimento después de las doce. El contrato especifica “no pasearse por la heladería del centro de la ciudad” pero no dice nada de la periferia ni el extrarradio. Cosas no demasiado claras, pues. También prohíbe “fumar cigarrillos” pero no dice nada de consumir estupefacientes o masticar chicles de forma ilícita o con cierta sensualidad que todas parecemos padecer y utilizar a modo demoníaco. Tampoco es posible “beber cerveza, vino ni whisky” pero no dice nada del coñac ni del anís, ni del calimocho, ni la sangría, supongo que las bebidas más nocivas son las antes citadas. Por supuesto se prohíbe “viajar en coche o automóvil con ningún hombre excepto su hermano o padre”, por cosas como éstas es necesario la existencia de películas como “Thelma y Louise” y que dicho argumento se lleve a la práctica en repetidas ocasiones. También se prohíbe “vestir ropas de colores brillantes” pues podría llamar la atención del alumnado y deslumbrarlos, y “no teñirse el pelo”, las canas siempre proporcionan cierta rectitud en quien las peina, pero lo más inusitado del documento en cuestión es que hay una advertencia especial referente a cierta prenda íntima: “Usar al menos dos enaguas”. Esto me desconcierta por completo, no sé si tomarlo como una medida de prevención ante posibles resfriados o por la frialdad que las sillas de aquel entonces podrían ofrecer, de todos modos, creo que con una enagua hubiera sido suficiente para soportar el duro invierno escolar. Las mujeres siempre han sido un poco cebollas, a veces por imposición ajena, a veces por supervivencia, las diversas capas siempre nos protegen en caso de peligro.

El contrato remata con unas últimas advertencias: “No usar vestidos que queden a más de cinco centímetros por encima de los tobillos y no usar polvos faciales, no maquillarse ni pintarse los labios”. Todo esto podría resumirse en un “la belleza nunca es bien recibida pues incomoda al hombre, sólo apto para adefesios naturales o conversos”. Y luego nos acusan algunos de tener ojeras…







ENCANTADORES DE SERPIENTES









Dícese de aquellos individuos que depositan sus huevos en tus entrañas, y con diversas técnicas y tácticas, de lo más variopintas e inusitadas, llevan a cabo una laboriosa tela de araña que deja a sus víctimas enredadas para siempre en una jaula invisible. Padecen diversas patologías, algunas ya descritas y conocidas como la del “perro del hortelano”, que ni come ni comer deja, y otras más satánicas y ancestrales como la de ejercer su dominio y poder sobre la presa elegida a través de una sutil pero muy estudiada “invasión psicológica” que mina a la víctima en cuestión lentamente, durante años. Aunque nos alejemos pues físicamente de su lado siempre nos hallaremos en territorio comanche…

Individuos que suelen ser en el fondo recipientes vacíos que han de llenar con sangre y energía ajena sus profundidades más cóncavas, pero con una vida social agitada (evidente, por la constante búsqueda de víctimas) y economía saludable (la falta de escrúpulos siempre te lleva lejos).

Sin embargo, su propia vida se convierte en un vaso siempre vacío, hueco y frío, que lo mires por donde lo mires nunca termina de llenarse; ellos, pues, no se sitúan ni en el optimismo ni en el pesimismo sino en el realismo más conveniente a sus expectativas.

Les reconocerán por su egolatría, que han de disimular tanto, y en tantas ocasiones, que siempre se les escapará alguna sorprendente revelación en una de esas conversaciones que carecen siempre de interlocutor alguno más allá de sus propios oídos.

Suelen padecer cierta tendencia a los regalos que se empeñan en colocarte como parte del ajuar que viene con los huevos depositados con anterioridad en tu espacio vital; también sienten cierta debilidad por la frase hecha, el piropo fácil y el halago invasor -y del todo incomprensible-, pues llegado cierto punto en el que la presa se mantiene firme pueden alcanzar un elevado grado de inconsciencia a la hora de llevar a cabo sus propósitos de caza indiscriminada. Utilizarán para ello todo tipo de herramientas.

Les reconocerán fácilmente cuando intenten sacarlos de sus vidas -amputar el miembro enfermo que consigue envenenar despacio todo el cuerpo- y éstos se tomen el asunto como agravio sin precedentes en el vampirismo psicológico y se agarren a usted cual parásitos intestinales.

Al igual que las garrapatas cuanto más tiren de ellas, más se hundirán éstas en la carne. Hemos de admitir ya desde un primer momento que todo encantador de serpientes, o “gañán”, en jerga popular y muy sabia, para simplificar, acaba marchándose de nuestras vidas con un pedazo de nuestra piel o entrañas bajo el brazo.

Nadie dijo nunca que esto sería fácil…







ENEMIGOS









Descubro en una recopilación de cuentos de Cristina Peri Rossi una pequeña joya: “Una lección moral”. El protagonista de este cuento nos relata su aprendizaje vital en cuanto a enemigos se refiere: “Un gran paso adelante en mi formación moral (autodidacta: mis padres no eran ateos, por lo cual no me enviaron a ninguna iglesia y la miopía me exoneró del Ejército), consistió en comprender que no debía perdonar a mis enemigos, aunque no hubieran conseguido destruirme todavía. Aún más: reconocer que tenía enemigos fue una bella lección moral. Yo actuaba como si no los tuviera, y si bien eso en parte, los desanimaba, se debía, fundamentalmente, a mi profunda convicción de que no existía razón alguna para tenerlos”. En primer lugar, el mismo protagonista reconoce más tarde la falta imperdonable de respeto que supone perdonar a un enemigo, éste sentirá entonces que no ha realizado bien su trabajo. Reconocer que tienes enemigos es un gran paso, puesto que todo lo que no ves, simplemente no existe. Esto supone una conducta del todo irrespetuosa hacia el enemigo, cuando él no deja de dar saltitos para llamar tu atención. Actuar como si no tuvieras enemigos es sin duda alguna pedir a gritos la aparición de los mismos, de sentir alguna puñalada en la espalda para corroborar su existencia. Lo de que no existe razón alguna para tenerlos es otra manera, quizá la más cruel, en cuanto a ingenua (la bondad y la razón les ponen los pelos de punta), de poner de manifiesto la escasa coherencia del enemigo en sí, que actúa por impulsos ancestrales absolutamente ajenos a tus movimientos y del todo inconexos. Añadiría que incluso enfadarse es un error tremendo puesto que el enemigo se queda con la partida a medias, y en un estado de “coitus interruptus” diría yo, pues sabe que ha dañado pero no lo suficiente; el enfado es una especie de palmadita en la espalda, como una pequeña felicitación que el enemigo no estima importante, y que además, no lo olvidemos, consigue “cortarle el rollo” durante algún tiempo (qué maldad, por nuestra parte). A gran enemistad gran sonrisa, eso si es un golpe bajo. El protagonista de este cuento elabora una declaración de principios nada desdeñable que deja patente nuestro desconocimiento absoluto acerca del enemigo y sus circunstancias, tácticas, acoso y derribo y posibles efectos secundarios: “Que mi falta de presunción podía ser interpretada como la más altiva soberbia. Era compasivo con los tontos, y en lugar de incitarlos a que dejaran de serlo, procuraba ocultar mi inteligencia, lo cual, sin duda, me ganaba su desprecio. No adulaba a nadie, y eso provocaba el rencor de quienes querían sentirse halagados; me resistía a competir por el beneficio, la fama o el poder, y con ello, privaba de oportunidades de vencerme a los demás”. Conclusión: Los enemigos ven cosas, escuchan voces, que nosotros ni tan siquiera intuimos. Son seres especiales. Si tienes un enemigo, cuídalo, no le des la espalda. Él nunca lo haría.