Para poder entender mis afirmaciones
de que me parecía un crimen por mi parte
casarme, puedo informar de lo siguiente:
mi abuela materna murió de tuberculosis
Mi madre murió de tuberculosis
al igual que su hermana Hansine
Al parecer la tía que vino (a vivir) con nosotros
también tuvo tuberculosis. Toda su vida sufrió catarros
con expectoraciones de sangre además de bronquitis.
Mi hermana Sofie murió de tuberculosis
Los demás niños padecimos durante la infancia
fuertes catarros -Llegué enfermo al mundo,
me bautizaron en casa y mi padre creyó que
no iba a vivir- Apenas pude asistir al colegio
-Constantemente sufría descomunales resfriados
y fiebres reumáticas- Tenía hemorragias y
expectoraciones de sangre. Mi hermano tenía
los pulmones delicados y murió joven de pulmonía
Mi abuelo paterno el deán murió de
tuberculosis en la médula -De allí creo que
le vino a mi padre ese nerviosismo y esa vehemencia
enfermizos - Los mismos males que fuimos
desarrollando crecientemente los hijos
No quiero decir con esto que mi
arte esté enfermo -como creen Scharfenberg
y muchos otros. Esa gente no
comprende la esencia del arte y tampoco
conoce la historia del arte
Al contrario, cuando pinto la enfermedad
y el vicio supone un sano desahogo
Es una reacción saludable de la que se puede aprender
y según la cual se puede vivir
Madre vértigo, madre espanto que me habitas,
acoge a esta tu hija desolada y ciega, falta de cimientos,
huérfana de dioses y esperanzas.
Madre ceniza, madre destrucción que me pariste
en el desierto del mundo habitado,
bendice a esta tu hija, perdida y callada,
triste como nadie entre los tristes.
Hija soy de la abundancia de tu vientre abultado
-quizás no me reconozcas- y de la sombra amarga
de una casualidad mayor que el mundo;
esta soy yo, tu hija, crecida como río,
como sed en la garganta, que grita y hacia ti vuelve su rostro.
MARX, PRIMER MANUSCRITO 1844
[El trabajo enajenado]
(XXII) Hemos partido de los presupuestos de la Economía
Política. Hemos aceptado su terminología y sus leyes. Damos por supuestas la
propiedad privada, la separación del trabajo, capital y tierra, y la de
salario, beneficio del capital y renta de la tierra; admitamos la división del
trabajo, la competencia, el concepto de valor de cambio, etc. Con la misma
Economía Política, con sus mismas palabras, hemos demostrado que el trabajador
queda rebajado a mercancía, a la más miserable de todas las mercancías; que la
miseria del obrero está en razón inversa de la potencia y magnitud de su
producción; que el resultado necesario de la competencia es la acumulación del
capital en pocas manos, es decir, la más terrible reconstitución de los
monopolios; que, por último; desaparece la diferencia entre capitalistas y
terratenientes, entre campesino y obrero fabril, y la sociedad toda ha de
quedar dividida en las dos clases de propietarios y obreros desposeídos.
La Economía Política parte del hecho de la propiedad
privada, pero no lo explica. Capta el proceso material de la propiedad privada,
que esta recorre en la realidad, con fórmulas abstractas y generales a las que
luego presta valor de ley. No comprende estas leyes, es decir, no prueba cómo
proceden de la esencia de la propiedad privada. La Economía Política no nos
proporciona ninguna explicación sobre el fundamento de la división de trabajo y
capital, de capital y tierra. Cuando determina, por ejemplo, la relación entre
beneficio del capital y salario, acepta como fundamento último el interés del
capitalista, en otras palabras, parte de aquello que debería explicar. Otro
tanto ocurre con la competencia, explicada siempre por circunstancias externas.
En qué medida estas circunstancias externas y aparentemente casuales son sólo
expresión de un desarrollo necesario, es algo sobre lo que la Economía Política
nada nos dice. Hemos visto cómo para ella hasta el intercambio mismo aparece
como un hecho ocasional. Las únicas ruedas que la Economía Política pone en
movimiento son la codicia y la guerra entre los codiciosos, la competencia.
Justamente porque la Economía Política no comprende la
coherencia del movimiento pudo, por ejemplo, oponer la teoría de la competencia
a la del monopolio, la de la libre empresa a la de la corporación, la de la
división de la tierra a la del gran latifundio, pues competencia, libertad de
empresa y división de la tierra fueron comprendidas y estudiadas sólo como
consecuencias casuales, deliberadas e impuestas por la fuerza del monopolio, la
corporación y la propiedad feudal, y no como sus resultados necesarios,
inevitables y naturales.
Nuestra tarea es ahora, por tanto, la de comprender la
conexión esencial entre la propiedad privada, la codicia, la separación de
trabajo, capital y tierra, la de intercambio y competencia, valor y
desvalorización del hombre; monopolio y competencia; tenemos que comprender la
conexión de toda esta enajenación con el sistema monetario.
No nos coloquemos, como el economista cuando quiere explicar
algo, en una imaginaria situación primitiva. Tal situación primitiva no explica
nada, simplemente traslada la cuestión a una lejanía nebulosa y grisácea.
Supone como hecho, como acontecimiento lo que debería deducir, esto es, la relación
necesaria entre dos cosas. Por ejemplo, entre división del trabajo e
intercambio. Así es también como la teología explica el origen del mal por el
pecado original dando por supuesto como hecho, como historia, aquello que debe
explicar.
Nosotros partimos de un hecho económico, actual.
El obrero es más pobre cuanta más riqueza produce, cuanto
más crece su producción en potencia y en volumen. El trabajador se convierte en
una mercancía tanto más barata cuantas más mercancías produce. La desvalorización
del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las
cosas. El trabajo no sólo produce mercancías; se produce también a sí mismo y
al obrero como mercancía, y justamente en la proporción en que produce
mercancías en general.
Este hecho, por lo demás, no expresa sino esto: el objeto
que el trabajo produce, su producto, se enfrenta a él como un ser extraño, como
un poder independiente del productor. El producto del trabajo es el trabajo que
se ha fijado en un objeto, que se ha hecho cosa; el producto es la objetivación
del trabajo. La realización del trabajo es su objetivación. Esta realización
del trabajo aparece en el estadio de la Economía Política como desrealización
del trabajador, la objetivación como pérdida del objeto y servidumbre a él, la
apropiación como extrañamiento, como enajenación.
Hasta tal punto aparece la realización del trabajo como
desrealización del trabajador, que éste es desrealizado hasta llegar a la
muerte por inanición. La objetivación aparece hasta tal punto como perdida del
objeto que el trabajador se ve privado de los objetos más necesarios no sólo
para la vida, sino incluso para el trabajo. Es más, el trabajo mismo se
convierte en un objeto del que el trabajador sólo puede apoderarse con el mayor
esfuerzo y las más extraordinarias interrupciones. La apropiación del objeto
aparece en tal medida como extrañamiento, que cuantos más objetos produce el
trabajador, tantos menos alcanza a poseer y tanto más sujeto queda a la
dominación de su producto, es decir, del capital.
Todas estas consecuencias están determinadas por el hecho de
que el trabajador se relaciona con el producto de su trabajo como un objeto
extraño. Partiendo de este supuesto, es evidente que cuánto más se vuelca el
trabajador en su trabajo, tanto más poderoso es el mundo extraño, objetivo que
crea frente a sí y tanto más pobres son él mismo y su mundo interior, tanto
menos dueño de sí mismo es. Lo mismo sucede en la religión. Cuanto más pone el
hombre en Dios, tanto menos guarda en sí mismo. El trabajador pone su vida en
el objeto pero a partir de entonces ya no le pertenece a él, sino al objeto.
Cuanto mayor es la actividad, tanto más carece de objetos el trabajador. Lo que
es el producto de su trabajo, no lo es él. Cuanto mayor es, pues, este producto,
tanto más insignificante es el trabajador. La enajenación del trabajador en su
producto significa no solamente que su trabajo se convierte en un objeto, en
una existencia exterior, sino que existe fuera de él, independiente, extraño,
que se convierte en un poder independiente frente a él; que la vida que ha
prestado al objeto se le enfrenta como cosa extraña y hostil.
(XXIII) Consideraremos ahora más de cerca la objetivación,
la producción del trabajador, y en ella el extrañamiento, la pérdida del objeto,
de su producto.
El trabajador no puede crear nada sin la naturaleza, sin el
mundo exterior sensible. Esta es la materia en que su trabajo se realiza, en la
que obra, en la que y con la que produce.
Pero así como la naturaleza ofrece al trabajo medios de
vida, en el sentido de que el trabajo no puede vivir sin objetos sobre los que
ejercerse, así, de otro lado, ofrece también víveres en sentido estricto, es
decir, medios para la subsistencia del trabajador mismo.
En consecuencia, cuanto más se apropia el trabajador el
mundo exterior, la naturaleza sensible, por medio de su trabajo, tanto más se
priva de víveres en este doble sentido; en primer lugar, porque el mundo
exterior sensible cesa de ser, en creciente medida, un objeto perteneciente a
su trabajo, un medio de vida de su trabajo; en segundo término, porque este
mismo mundo deja de representar, cada vez más pronunciadamente, víveres en
sentido inmediato, medios para la subsistencia física del trabajador.
El trabajador se convierte en siervo de su objeto en un
doble sentido: primeramente porque recibe un objeto de trabajo, es decir,
porque recibe trabajo; en segundo lugar porque recibe medios de subsistencia.
Es decir, en primer término porque puede existir como trabajador, en segundo
término porque puede existir como sujeto físico. El colmo de esta servidumbre
es que ya sólo en cuanto trabajador puede mantenerse como sujeto físico y que
sólo como sujeto físico es ya trabajador.
(La enajenación del trabajador en su objeto se expresa,
según las leyes económicas, de la siguiente forma: cuanto más produce el
trabajador, tanto menos ha de consumir; cuanto más valores crea, tanto más sin
valor, tanto más indigno es él; cuanto más elaborado su producto, tanto más
deforme el trabajador; cuanto más civilizado su objeto, tanto más bárbaro el
trabajador; cuanto mis rico espiritualmente se hace el trabajo, tanto más
desespiritualizado y ligado a la naturaleza queda el trabajador.)
La Economía Política oculta la enajenación esencial del
trabajo porque no considera la relación inmediata entre el trabajador (el
trabajo) y la producción.
Ciertamente el trabajo produce maravillas para los ricos,
pero produce privaciones para el trabajador. Produce palacios, pero para el
trabajador chozas. Produce belleza, pero deformidades para el trabajador.
Sustituye el trabajo por máquinas, pero arroja una parte de los trabajadores a
un trabajo bárbaro, y convierte en máquinas a la otra parte. Produce espíritu,
pero origina estupidez y cretinismo para el trabajador.
La relación inmediata del trabajo y su producto es la
relación del trabajador y el objeto de su producción. La relación del
acaudalado con el objeto de la producción y con la producción misma es sólo una
consecuencia de esta primera relación y la confirma. Consideraremos más tarde
este otro aspecto.
Cuando preguntamos, por tanto, cuál es la relación esencial
del trabajo, preguntamos por la relación entre el trabajador y la producción.
Hasta ahora hemos considerado el extrañamiento, la
enajenación del trabajador, sólo en un aspecto, concretamente en su relación
con el producto de su trabajo. Pero el extrañamiento no se muestra sólo en el
resultado, sino en el acto de la producción, dentro de la actividad productiva
misma. ¿Cómo podría el trabajador enfrentarse con el producto de su actividad
como con algo extraño si en el acto mismo de la producción no se hiciese ya
ajeno a sí mismo? El producto no es más que el resumen de la actividad, de la
producción. Por tanto, si el producto del trabajo es la enajenación, la
producción misma ha de ser la enajenación activa, la enajenación de la
actividad; la actividad de la enajenación. En el extrañamiento del producto del
trabajo no hace más que resumirse el extrañamiento, la enajenación en la
actividad del trabajo mismo.
¿En qué consiste,
entonces, la enajenación del trabajo?
Primeramente en que
el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en
su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz,
sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que
mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente
en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo cuando no
trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario,
sino forzado, trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad,
sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su
carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no
existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de
la peste. El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un
trabajo de autosacrificio, de ascetismo. En último término, para el trabajador
se muestra la exterioridad del trabajo en que éste no es suyo, sino de otro,
que no le pertenece; en que cuando está en él no se pertenece a sí mismo, sino
a otro. Así como en la religión la actividad propia de la fantasía humana, de
la mente y del corazón humanos, actúa sobre el individuo independientemente de
él, es decir, como una actividad extraña, divina o diabólica, así también la
actividad del trabajador no es su propia actividad. Pertenece a otro, es la
pérdida de sí mismo.
De esto resulta que el hombre (el trabajador)
sólo se siente libre en sus funciones animales, en el comer, beber, engendrar,
y todo lo más en aquello que toca a la habitación y al atavío, y en cambio en
sus funciones humanas se siente como animal. LO ANIMAL SE CONVIERTE EN LO
HUMANAO Y LO HUMANO EN LO ANIMAL.
Comer, beber y
engendrar, etc., son realmente también auténticas funciones humanas. Pero en la
abstracción que las separa del ámbito restante de la actividad humana y las
convierte en un único y último son animales.
Hemos considerado el acto de la enajenación de la actividad
humana práctica, del trabajo, en dos aspectos: 1) la relación del trabajador
con el producto del trabajo como con un objeto ajeno y que lo domina. Esta
relación es, al mismo tiempo, la relación con el mundo exterior sensible, con
los objetos naturales, como con un mundo extraño para él y que se le enfrenta
con hostilidad; 2) la relación del trabajo con el acto de la producción dentro
del trabajo. Esta relación es la relación del trabajador con su propia
actividad, como con una actividad extraña, que no le pertenece, la acción como
pasión, la fuerza como impotencia, la generación como castración, la propia
energía física y espiritual del trabajador, su vida personal (pues qué es la
vida sino actividad) como una actividad que no le pertenece, independiente de
él, dirigida contra él. La enajenación respecto de si mismo como, en el primer
caso, la enajenación respecto de la cosa.
(XXIV) Aún hemos de extraer de las dos anteriores una
tercera determinación del trabajo enajenado.
El hombre es un ser genérico no sólo porque en la teoría y
en la práctica toma como objeto suyo el género, tanto el suyo propio como el de
las demás cosas, sino también, y esto no es más que otra expresión para lo
mismo, porque se relaciona consigo mismo como el género actual, viviente,
porque se relaciona consigo mismo como un ser universal y por eso libre.
La vida genérica, tanto en el hombre como en el animal,
consiste físicamente, en primer lugar, en que el hombre (como el animal) vive
de la naturaleza inorgánica, y cuanto más universal es el hombre que el animal,
tanto más universal es el ámbito de la naturaleza inorgánica de la que vive.
Así como las plantas, los animales, las piedras, el aire, la luz, etc.,
constituyen teóricamente una parte de la conciencia humana, en parte como
objetos de la ciencia natural, en parte como objetos del arte (su naturaleza
inorgánica espiritual, los medios de subsistencia espiritual que él ha de
preparar para el goce y asimilación), así también constituyen prácticamente una
parte de la vida y de la actividad humano. Físicamente el hombre vive sólo de
estos productos naturales, aparezcan en forma de alimentación, calefacción,
vestido, vivienda, etc. La universalidad del hombre aparece en la práctica
justamente en la universalidad que hace de la naturaleza toda su cuerpo
inorgánico, tanto por ser (l) un medio de subsistencia inmediato, romo por ser
(2) la materia, el objeto y el instrumento de su actividad vital. La naturaleza
es el cuerpo inorgánico del hombre; la naturaleza, en cuanto ella misma, no es
cuerpo humano. Que el hombre vive de la naturaleza quiere decir que la
naturaleza es su cuerpo, con el cual ha de mantenerse en proceso continuo para
no morir. Que la vida física y espiritual del hombre está ligada con la
naturaleza no tiene otro sentido que el de que la naturaleza está ligada
consigo misma, pues el hombre es una parte de la naturaleza.
Como quiera que el trabajo enajenado (1) convierte a la
naturaleza en algo ajeno al hombre, (2) lo hace ajeno de sí mismo, de su propia
función activa, de su actividad vital, también hace del género algo ajeno al
hombre; hace que para él la vida genérica se convierta en medio de la vida
individual. En primer lugar hace extrañas entre sí la vida genérica y la vida
individual, en segundo término convierte a la primera, en abstracta, en fin de
la última, igualmente en su forma extrañada y abstracta.
Pues, en primer término, el trabajo, la actividad vital, la
vida productiva misma, aparece ante el hombre sólo como un medio para la
satisfacción de una necesidad, de la necesidad de mantener la existencia
física. La vida productiva es, sin embargo, la vida genérica. Es la vida que
crea vida. En la forma de la actividad vital reside el carácter dado de una
especie, su carácter genérico, y la actividad libre, consciente, es el carácter
genérico del hombre. La vida misma aparece sólo como medio de vida.
El animal es inmediatamente uno con su actividad vital. No
se distingue de ella. Es ella. El hombre hace de su actividad vital misma
objeto de su voluntad y de su conciencia. Tiene actividad vital consciente. No
es una determinación con la que el hombre se funda inmediatamente. La actividad
vital consciente distingue inmediatamente al hombre de la actividad vital animal.
Justamente, y sólo por ello, es él un ser genérico. O, dicho de otra forma,
sólo es ser consciente, es decir, sólo es su propia vida objeto para él, porque
es un ser genérico. Sólo por ello es su actividad libre. El trabajo enajenado
invierte la relación, de manera que el hombre, precisamente por ser un ser
consciente hace de su actividad vital, de su esencia, un simple medio para su
existencia.
La producción
práctica de un mundo objetivo, la elaboración de la naturaleza inorgánica, es
la afirmación del hombre como un ser genérico consciente, es decir, la
afirmación de un ser que se relaciona con el género como con su propia esencia
o que se relaciona consigo mismo como ser genérico. Es cierto que también el
animal produce. Se construye un nido, viviendas, como las abejas, los castores,
las hormigas, etc. Pero produce únicamente lo que necesita inmediatamente para
sí o para su prole; produce unilateralmente, mientras que el hombre produce
universalmente; produce únicamente por mandato de la necesidad física
inmediata, mientras que el hombre produce incluso libre de la necesidad física
y sólo produce realmente liberado de ella; el animal se produce sólo a sí
mismo, mientras que el hombre reproduce la naturaleza entera; el producto del
animal pertenece inmediatamente a su cuerpo físico, mientras que el hombre se
enfrenta libremente a su producto. El animal forma únicamente según la
necesidad y la medida de la especie a la que pertenece, mientras que el hombre
sabe producir según la medida de cualquier especie y sabe siempre imponer al
objeto la medida que le es inherente; por ello el hombre crea también según las
leyes de la belleza.
Por eso precisamente es sólo en la elaboración del mundo
objetivo en donde el hombre se afirma realmente como un ser genérico. Esta
producción es su vida genérica activa. Mediante ella aparece la naturaleza como
su obra y su realidad. El objeto del trabajo es por eso la objetivación de la
vida genérica del hombre, pues éste se desdobla no sólo intelectualmente, como
en la conciencia, sino activa y realmente, y se contempla a sí mismo en un
mundo creado Por él. Por esto el trabajo enajenado, al arrancar al hombre el
objeto de su producción, le arranca su vida genérica, su real objetividad
genérica y transforma su ventaja respecto del animal en desventaja, pues se ve
privado de su cuerpo inorgánico, de la naturaleza. Del mismo modo, al degradar
la actividad propia, la actividad libre, a la condición de medio, hace el
trabajo enajenado de la vida genérica del hombre en medio para su existencia
física.
Mediante la enajenación, la conciencia del hombre que el
hombre tiene de su género se transforma, pues, de tal manera que la vida
genérica se convierte para él en simple medio.
El trabajo enajenado, por tanto:
3) Hace del ser genérico del hombre, tanto de la naturaleza
como de sus facultades espirituales genéricas, un ser ajeno para él, un medio
de existencia individual. Hace extraños al hombre su propio cuerpo, la
naturaleza fuera de él, su esencia espiritual, su esencia humana.
4) Una consecuencia inmediata del hecho de estar enajenado
el hombre del producto de su trabajo, de su actividad vital, de su ser
genérico, es la enajenación del hombre respecto del hombre. Si el hombre se
enfrenta consigo mismo, se enfrenta también al otro. Lo que es válido respecto
de la relación del hombre con su trabajo, con el producto de su trabajo y
consigo mismo, vale también para la relación del hombre con el otro y con
trabajo y el producto del trabajo del otro.
En general, la afirmación de que el hombre está enajenado de
su ser genérico quiere decir que un hombre esta enajenado del otro, como cada
uno de ellos está enajenado de la esencia humana.
La enajenación del hombre y, en general, toda relación del
hombre consigo mismo, sólo encuentra realización y expresión verdaderas en la
relación en que el hombre está con el otro.
En la relación del trabajo enajenado, cada hombre considera,
pues, a los demás según la medida y la relación en la que él se encuentra
consigo mismo en cuanto trabajador.
(XXV) Hemos partido de un hecho económico, el extrañamiento
entre el trabajador y su producción. Hemos expuesto el concepto de este hecho:
el trabajo enajenado, extrañado. Hemos analizado este concepto, es decir, hemos
analizado simplemente un hecho económico.
Veamos ahora cómo ha de exponerse y representarse en la
realidad el concepto del trabajo enajenado, extrañado.
Si el producto del trabajo me es ajeno, se me enfrenta como
un poder extraño, entonces ¿a quién pertenece?
Si mi propia actividad no me pertenece; si es una actividad
ajena, forzada, ¿a quién pertenece entonces?
A un ser otro que yo.
¿Quién es ese ser?
¿Los dioses? Cierto que en los primeros tiempos la
producción principal, por ejemplo, la construcción de templos, etc., en Egipto,
India, Méjico, aparece al servicio de los dioses, como también a los dioses
pertenece el producto Pero los dioses por si solos no fueron nunca los dueños
del trabajo. Aún menos de la naturaleza. Qué contradictorio sería que cuando
más subyuga el hombre a la naturaleza mediante su trabajo, cuando más
superfluos vienen a resultar los milagros de los dioses en razón de los
milagros de la industria, tuviese que renunciar el hombre, por amor de estos
poderes, a la alegría de la producción y al goce del producto.
El ser extraño al que pertenecen a trabajo y el producto del
trabajo, a cuyo servicio está aquél y para cuyo placer sirve éste, solamente
puede ser el hombre mismo
Si el producto del trabajo no pertenece al trabajador, si es
frente él un poder extraño, esto sólo es posible porque pertenece a otro hombre
que no es el trabajador. Si su actividad es para él dolor, ha de ser goce y
alegría vital de otro. Ni los dioses, ni la naturaleza, sino sólo el hombre
mismo, puede ser este poder extraño sobre los hombres.
Recuérdese la afirmación antes hecha de que la relación del
hombre consigo mismo únicamente es para él objetiva y real a través de su
relación con los otros hombres. Si él, pues, se relaciona con el producto de su
trabajo, con su trabajo objetivado, como con un objeto poderoso, independiente
de él, hostil, extraño, se está relacionado con él de forma que otro hombre
independiente de él, poderoso, hostil, extraño a él, es el dueño de este
objeto; Si él se relaciona con su actividad como con una actividad no libre, se
está relacionado con ella como con la actividad al servicio de otro, bajo las
órdenes, la compulsión y el yugo de otro.
Toda enajenación del hombre respecto de sí mismo y de la
naturaleza aparece en la relación que él presume entre él, la naturaleza y los
otros hombres distintos de él, Por eso la autoenajenación religiosa aparece
necesariamente en la relación del laico con el sacerdote, o también, puesto que
aquí se trata del mundo intelectual, con un mediador, etc. En el mundo
práctico, real, el extrañamiento de si sólo puede manifestarse mediante la
relación práctica, real, con los otros hombres. El medio mismo por el que el
extrañamiento se opera es un medio práctico. En consecuencia mediante el
trabajo enajenado no sólo produce el hombre su relación con el objeto y con el
acto de la propia producción como con poderes que le son extraños y hostiles,
sino también la relación en la que los otros hombres se encuentran con su
producto y la relación en la que él está con estos otros hombres. De la misma
manera que hace de su propia producción su desrealización, su castigo; de su
propio producto su pérdida, un producto que no le pertenece, y así también crea
el dominio de quien no produce sobre la producción y el producto. Al enajenarse
de su propia actividad posesiona al extraño de la actividad que no le es
propia.
Hasta ahora hemos considerado la relación sólo desde el lado
del trabajador; la consideraremos más tarde también desde el lado del no
trabajador.
Así, pues, mediante el trabajo enajenado crea el trabajador
la relación de este trabajo con un hombre que está fuera del trabajo y le es
extraño. La relación del trabajador con el trabajo engendra la relación de éste
con el del capitalista o como quiera llamarse al patrono del trabajo. La
propiedad privada es, pues, el producto, el resultado, la consecuencia
necesaria del trabajo enajenado, de la relación externa del trabajador con la
naturaleza y consigo mismo.
Partiendo de la Economía Política hemos llegado,
ciertamente, al concepto del trabajo enajenado (de la vida enajenada) como
resultado del movimiento de la propiedad privada. Pero el análisis de este
concepto muestra que aunque la propiedad privada aparece como fundamento, como
causa del trabajo enajenado, es más bien una consecuencia del mismo, del mismo
modo que los dioses no son originariamente la causa, sino el efecto de la
confusión del entendimiento humano. Esta relación se transforma después en una
interacción recíproca.
Sólo en el último punto culminante de su desarrollo descubre
la propiedad privada de nuevo su secreto, es decir, en primer lugar que es el
producto del trabajo enajenado, y en segundo término que es el medio por el
cual el trabajo se enajena, la realización de esta enajenación.
Este desarrollo ilumina al mismo tiempo diversas colisiones
no resueltas hasta ahora.
1) La Economía Política parte del trabajo como del alma
verdadera de la producción y, sin embargo, no le da nada al trabajo y todo a la
propiedad privada. Partiendo de esta contradicción ha fallado Proudhon en favor
del trabajo y contra la Propiedad privaba. Nosotros, sin embargo, comprendemos,
que esta aparente contradicción es la contradicción del trabajo enajenado
consigo mismo y que la Economía Política simplemente ha expresado las leyes de
este trabajo enajenado.
Comprendemos también por esto que salario y propiedad
privada son idénticos, pues el salario que paga el producto, el objeto del
trabajo, el trabajo mismo, es sólo una consecuencia necesaria de la enajenación
del trabajo; en el salario el trabajo no aparece como un fin en si, sino como
un servidor del salario. Detallaremos esto más tarde. Limitándonos a extraer
ahora algunas consecuencias (XXVI).
Un alza forzada de los salarios, prescindiendo de todas las
demás dificultades (prescindiendo de que, por tratarse de una anomalía, sólo
mediante la fuerza podría ser mantenida), no sería, por tanto, más que una
mejor remuneración de los esclavos, y no conquistaría, ni para el trabajador,
ni para el trabajo su vocación y su dignidad humanas.
Incluso la igualdad de salarios, como pide Proudhon no hace
más que transformar la relación del trabajador actual con su trabajo en la
relación de todos los hombres con el trabajo. La sociedad es comprendida
entonces como capitalista abstracto.
El salario es una consecuencia inmediata del trabajo
enajenado y el trabajo enajenado es la causa inmediata de la propiedad privada.
Al desaparecer un termino debe también, por esto, desaparecer el otro.
2) De la relación del trabajo enajenado con la propiedad
privada se sigue, además, que la emancipación de la sociedad de la propiedad
privada, etc., de la servidumbre, se expresa en la forma política de la
emancipación de los trabajadores, no como si se tratase sólo de la emancipación
de éstos, sino porque su emancipación entraña la emancipación humana general; y
esto es así porque toda la servidumbre humana está encerrada en la relación de
trabajador con la producción, y todas las relaciones serviles son sólo
modificaciones y consecuencias de esta relación.
Así como mediante el análisis hemos encontrado el concepto
de propiedad privada partiendo del concepto de trabajo enajenado, extrañado,
así también podrán desarrollarse con ayuda de estos dos factores todas las
categorías económicas y encontraremos en cada una de estas categorías, por
ejemplo, el tráfico, la competencia, el capital, el dinero, solamente una
expresión determinada, desarrollada, de aquellos primeros fundamentos.
Antes de considerar esta estructuración, sin embargo,
tratemos de resolver dos cuestiones.
1) Determinar la esencia general de la propiedad privada,
evidenciada como resultado del trabajo enajenado, en su relación con la
propiedad verdaderamente humana y social.
2) Hemos aceptado el extrañamiento del trabajo, su
enajenación, como un hecho y hemos realizado este hecho. Ahora nos preguntamos
¿cómo llega el hombre a enajenar, a extrañar su trabajo? ¿Cómo se fundamenta
este extrañamiento en la esencia de la evolución humana? Tenemos ya mucho
ganado para la solución de este problema al haber transformado la cuestión del
origen de la propiedad privada en la cuestión de la relación del trabajo
enajenado con el proceso evolutivo de la humanidad. Pues cuando se habla de
propiedad privada se cree tener que habérselas con una cosa fuera del hombre.
Cuando se habla de trabajo nos las tenemos que haber inmediatamente con el
hombre mismo. Esta nueva formulación de la pregunta es ya incluso su solución.
ad. 1) Esencia general de la propiedad privada y su relación
con la propiedad verdaderamente humana.
El trabajo enajenado se nos ha resuelto en dos componentes
que se condicionan recíprocamente o que son sólo dos expresiones distintas de
una misma relación. La apropiación aparece como extrañamiento, como enajenación
y la enajenación como apropiación, el extrañamiento como la verdadera
naturalización.
Hemos considerado un aspecto, el trabajo enajenado en
relación al trabajador mismo, es decir, la relación del trabajo enajenado
consigo mismo. Como producto, como resultado necesario de esta relación hemos
encontrado la relación de propiedad del no—trabajador con el trabajador y con
el trabajo. La propiedad privada como expresión resumida, material, del trabajo
enajenado abarca ambas relaciones, la relación del trabajador con el trabajo,
con el producto de su trabajo y con el no trabajador, y la relación del no
trabajador con el trabajador y con el producto de su trabajo.
Si hemos visto, pues, que respecto del trabajador, que
mediante el trabajo se apropia de la naturaleza, la apropiación aparece como
enajenación, la actividad propia como actividad para otro y de otro, la
vitalidad como holocausto de la vida, la producción del objeto como pérdida del
objeto en favor de un poder extraño, consideremos ahora la relación de este
hombre extraño al trabajo y al trabajador con el trabajador, el trabajo y su
objeto.
Por de pronto hay que observar que todo lo que en el
trabajador aparece como actividad de la enajenación, aparece en el no
trabajador como estado de la enajenación, del extrañamiento.
En segundo término, que el comportamiento práctico, real,
del trabajador en la producción y respecto del producto (en cuanto estado de
ánimo) aparece en el no trabajador a él enfrentado como comportamiento teórico.
(XXVII) Tercero. El no trabajador hace contra el trabajador
todo lo que este hace contra si mismo, pero no hace contra sí lo que hace
contra el trabajador.
Consideremos más detenidamente estas tres
relaciones.|XXVII||
Me vuelvo a encontrar la misma conversación y la misma situación. Evidentemente nadie comenta lo personal no vaya a ser que conozcamos la situación real de las cosas (o algo peor nos consideren pobres, eso nos sigue resultando vergonzoso, mejor aparentar... siempre). Autónomos y autónomas con un sueldo de 200e mensuales con un trabajo o varios (doy fe, es mi caso), con el pequeño añadido que prácticamente la mayor parte de la humanidad pasa por alto: la enfermedad. Gastos farmacéuticos en algún caso: esos mismos 200e o más aún. Descuenten pagos y vida. Gente -vamos a llamarla gente por definir en cierto grado- que se pasan por el forro darse de alta como autónomos y autónomas y montan su negocio (O NAVE INDUSTRIAL!!) en casa, en su finca, en un terreno, en una oficina, en... y que como su dinero parte de un dinero no propio sino normalmente ajeno (todas las fortunas vienen de un lugar muy lejano al esfuerzo y trabajo propio) difunden con total ligereza su trabajo y lugar y maquinaria que a su vez amputa el trabajo del pobre o la pobre infeliz que intenta ser honesto u honesta consigo y él mismo o ella misma. Y por qué no ahora que la izquierda abre su mano a una mayor confusión de términos tirar de subvención y montar asociaciones que funcionan como empresas (las empresas de al lado que se busquen la vida). Esto es lo que se habla en la intimidad pero nunca en público mientras nos vamos al carajo unos cuantos y unas cuantas. Qué opciones quedan: arrojarse por precipicios y ventanas sería un beneficio más. Hablan de la malvada derecha que a mí como a tantos y tantas nos ha tomado por simples peones y ha robado cuanto ha querido, pero sin embargo y sinceramente no es algo que me sorprenda, sí por desgracia que no se diga ni mu del otro lado. A mí, señores y señoras, la derecha que conozco, al menos, me ha tratado con un respeto y una educación que en modo alguno he encontrado en el otro lado. Pero no está bien decir estas cosas, no está de moda... Es mejor seguir la corriente. Lo malo es que a muchos y muchas la corriente ya nos ha ahogado así que me importa bastante poco más bien todo. Llegados a este punto y a quienes nos han crecido unas alas bien fuertes de la propia miseria, el dolor y el esfuerzo que se traduce en sangre (y no exagero nada, pena no poder manchar este texto en modo alguno para que se note un poco más la veracidad de los hechos) tenemos cierta tendencia a hablar con bastante claridad. Nos fijamos en los hechos que nos traducen los medios pero no en la causa, en el subsuelo, en esta deshumanización que se traduce en lo que vemos en nuestras propias vidas (pero curamos esto acompañando nuestros paseos no de un perro como antes, sino de dos, tres o cuatro, además de ligar, luce bien como complemento para tapar nuestra falta de humanidad y complejos: cuántas veces hemos visto a alguien que detesta a los animales de pronto mostrar un lado desconocido... más bien oscuro para quien alcance a ver más...Algo que por otro lado ya anunció Marx, otro logro del capitalismo: deshumanización y humanización perruna). Cuántas veces suena el teléfono cuando la soledad nos devora, la enfermedad o el absoluto horror de ciertas vidas? No muchas, o ninguna. Cuántas veces la mano tendida es más bien aprovechada para coger impulso y cuántas veces se aprende de la comprensión ajena para ejercerla hacia otros y otras... pocas o ninguna, me temo. El error, lo grave, está en otra parte, no en la multitud de pequeños síntomas que nos indican que algo se está perdiendo, algo importante más allá de las formas y más bien en el contenido. Política interior o exterior, es lo mismo y es la misma. Lanzo un reto: a ver cuántas llamadas o mensajes recibo hoy de nuevo diciendo gracias por decir lo que pienso o estoy de acuerdo contigo pero no comentes nada o mejor aún, a ver cuántas llamadas o mensajes recibe alguien hoy que seguro nos necesita, mejor aprovechar la tarde de domingo en otras cosas menos importantes y que sin embargo alimentan lo que realmente sí implica el cambio que podría destruir del todo este sistema que nos imponen. El sistema lo estamos haciendo posible nosotros y nosotras, nadie puede ejercer tanto poder si un ejército entero se niega y arroja las armas al suelo. Como siempre, en vida sobran sillas, en muerte faltan, al igual que en la foto todo el mundo quiere salir y dejar su mensaje. Posiblemente cuestión de ignorancia todo o de pensarnos inmortales. La vida, sin embargo, es tan corta...
De la más absoluta miseria
y del horror,
de las manos ensangretadas
y el grito
o más bien aullido
de quien amanece
perdido
brotan estas alas
firmes y fieras
que me atraviesan la piel
y se alzan al cielo.
Poco o nada
se puede
o podrá jamás
contra el poder
del alma.
Alas negras
que surgen
como ritual
o recordatorio
de la transformación
necesaria
que exige el hoy.
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Colaboraciones esporádicas y/o urgentes en prensa periódica 100-150€/pág.
Jurados de premios literarios (Con selección previa: 200-300 €. Sin selección previa: 300-500 €)
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Traducciones
Grupo A: catalán, castellano
Grupo B: francés, otras lenguas románicas, inglés
Grupo C: griego moderno, alemán y otras lenguas germánicas
Grupo D: otras lenguas (griego antiguo, latín, arabe, euskera, lenguas orientales, etc)
Niveles de dificultad
I. Divulgación e información
II. Investigación y ensayo. Manuales de funcionamiento. Traducciones técnicas (medicina, arquitectura, etc)
III. Literatura de creación en general. Textos científicos y técnicos y técnicos de especial dificultad
IV. Poesía
* Se entiende siempre página de 1.800 espacios aprox.
Grupo I
A = 11,00 B = 13,00 C = 14,20 D = 17,50
Grupo II
A = 13,00 B = 14,20 C = 16,00 D = 21,50
Grupo III
A = 16,00 B = 19,00 C = 20,50 D = 28,00
Grupo IV
A = 22,00 B = 24,00 C = 27,00 D = 32,00
*Convienen entender: por hora de emisión, no de estancia en la emisora
**Estos son los mínimos. El presupuesto o facturación conviene calcularlo a partir del baremo 50/75€/hora
TELEVISIÓN
Telenovela Pre-proyecto (Idea argumental y personajes 1.890€ Biblia (190 capítulos) 23.9000€
Capítulo (Escaleta + dialogo + redialogo + coordinación) 26 minutos 2.650€
Teleserie Pre-proyecto (Idea argumental y personajes) 1.890 €
Biblia (13 capítulos: personajes y sinopsis) 8.500€
Capítulo 50 minutos 6.920€
Sitcom Pre-proyecto 1.890€
Proyecto (13 capítulos: personajes y sinopsis) 8.580€
Capítulo (26 minutos) 4.720€
Miniserie Proyecto (Sinopsis argumental y personajes) 3.300€
Capítulo 50 minutos 8.580€
T.V. Movies 90' Proyecto (Sinopsis argumental y personajes) 3.300€
Guión (Tratamiento y dialogo) 18.920€
Dramáticos Capítulo 30 minutos 3.430€
Sketch (Pequeño dramático escenificado) 2 o 3 minutos 525€
Docudrama (Sin incluir documentación) 10 minutos guión 525€
No dramático-mini programa (Documentación y redacción) 5 minutos 525€
Programas (Musicales-Magazines...) Sueldo semanal guionista contractado (S.S. a parte) 860€
Documental (Gastos de documentación/dietas y transporte a parte) 30 minutos 2.400€
VIDEO
Guiones de no ficción Didácticos/Industriales/Institucionales/Culturales. 15 minutos (Por defecto el 5% del presupuesto) 1.330€
Idea-Argumento Sin
desarrollar-Publicitario 470€
CINE
Largometraje Pre-proyecto (Idea o sinopsis) 3.430€
Guión entero (o un 5% del presupuesto) 27.400€
RADIO
Colaboración radiada
(guión más locución de 5 minutos) 140€
Guionista de plantilla 1.725€
Nota: Todos los importes se entienden brutos y están sujetos a la correspondiente deducción por IRPF.
NOTA: Tarifas recomendadas por la AELC (http://www.escriptors.com)
Texto escrito para la presentación del libro "El cuaderno griego" de Ana Vega, librería Santa Teresa, Oviedo, 26 enero 2017.
Francisco Alba
Leí este libro hace unos quince años, cuando Ana Vega me lo envió por correo electrónico. Me impresionó "Dinámica del frío" una narración que forma parte del conjunto. Un NO MUERTO, personaje insólito, es el objeto de las notas, apuntes, pensamientos escritos por un autor obsesionado, al borde de la locura, que yo no conseguí relacionar con nadie que pudiera conocer. Ana Vega tendría entonces unos 23 años. Ahora, al releerlo después de tanto tiempo, noto que no ha perdido nada de su potencia. Me pareció y me sigue pareciendo un texto memorable.
"Dinámica del frío" es una tensión límite de las posibilidades del lenguaje para expresar el sufrimiento y la lucha.
Leyéndolo pienso en las Pinturas Negras de Goya y en los cuadros de Francis Bacon, especialmente el tríptico titulado "Tres estudios para figuras en la base de una crucifixión". Bacon dijo en una entrevista: "recuerdo que estaba mirando una cagada de perro sobre la acera y de pronto lo comprendí; ahí está, me dije: así es la vida. Curiosamente, [esa idea] me atormentó durante meses, hasta que llegué, como si dijésemos, a aceptar que uno está aquí, existiendo durante un segundo, y que le aplastan luego como a una mosca contra la pared" La misma lucidez tiene Ana Vega. Como ella misma dice: la lucidez ciega. La lucidez quema.
Me llamó la atención el nombre: NO MUERTO. Según leía iba comprendiendo el acierto de esa idea. Es el personaje sobre el que se escribe esta historia clínica. El NO MUERTO se encuentra en un estado insólito, qué causa -si la hay- lo ha llevado a tal miseria (y tal lucidez) lo ignoramos y no importa: combate con el sufrimiento, unas veces cede, otras se impone, en una dialéctica angustiosa de salvación y catástrofe. Vacila, se confunde, tantea, insiste, llora, cae, se levanta otra vez: Pese a todo continua. Camina. Pierde el paso. Se detiene. Se busca. Teme encontrarse. El NO MUERTO es pequeño, podríamos sentir compasión por esta criatura desvalida (que no por eso deja de arrojarnos verdades a la cara) quizá podríamos amarla. Su tenacidad es admirable. En otro lugar se dice: El NO MUERTO sabe que ha perdido la condición de ser humano. Se pregunta si es posible perder algo que duda haber tenido.Estamos ante una crisis profunda, algo esencial se ha roto: El NO MUERTO se pregunta por qué intuimos que hay humanidad donde tan sólo hay desierto. Decididamente, éste no va a ser un libro fácil.
Con una frase que recuerda a Pascal se dice: La naturaleza miserable del hombre, sin más. Saliendo a cada paso.
Ese NO MUERTO está a punto de ser nada, su fragilidad es tan grande como su resistencia. Sólo le mantiene en la existencia una batalla sin sentido y sin cuartel contra el "dolor" palabra que se repite una y otra vez, obsesivamente, a lo largo del libro, como un martilleo insoportable: La vida te llena de dolores, de DOLOR, así, mayúsculo, gigantesco, atroz, y eso no te permite ver más allá. En otro lugar dice:El NO MUERTO se pregunta si hay algo más puro que el dolor. Algo más claro. No hay nada en el mundo que mejor nos muestre quiénes somos realmente, lo que somos por dentro y por fuera. A alguien jovial, con salud, optimista, equilibrado y con poca experiencia esto puede resultarle exagerado: "No es para tanto. No todo es dolor. Sería insoportable. Existen la belleza, los días serenos, la risa de los niños, la dulce rutina". Sin embargo, esta exageración es precisamente la virtud del libro. Ana Vega nos coloca ante el escándalo y la obscenidad del sufrimiento. No hay discusión posible. Felices los que no han conocido "el otro lado". Si este libro cae en manos de algún inocente, que haga antes ejercicios de calentamiento. Por eso no le gustan los niños. Le dan miedo. Su sufrimiento intacto. Esta frase es de una gran intuición: todo el que ha conocido la desesperación ha sentido ese mismo disgusto por la infancia. Repetirán los mismos fracasos, sufrirán los mismos golpes. Anticipar en lo que van a convertirse, en lo que la vida hará de ellos: ver en cualquier niño un futuro criminal, un borracho, un mendigo, un suicida, un enfermo mental.
Este libro despierta al lector de un sueño de fortuna, confianza y satisfacción.
Ana Vega conoce nuestra fragilidad (téngase en cuenta la precocidad de su autora). Su rebeldía es enorme. Su protesta furiosa. La discordia es inacabable y la violencia permanente, por latente que sea. No, la vida no tiene sentido. No por eso se abandona la lucha, al contrario: el sentido es asumir esa falta de sentido y seguir adelante. Sin esperar recompensa. No la hay. Hasta caer rendidos.
El NO MUERTO nos escupe a la cara: El no muerto se sorprende, descubre la fragilidad del ser humano. La incapacidad de los hombres ante el dolor, el instinto del hombre sano y salvo que se defiende del rostro enfermo, de lo que teme. Esa huida. La cobardía. Se pregunta si ha conocido a algún hombre valiente. Seguramente la respuesta es "no". Ante el dolor hacemos la vista gorda: es un mecanismo de autodefensa. El NO MUERTO teme la ignorancia, la estupidez real, es decir, la incapacidad de empatía. Hay un límite tácito que no se debe superar. Ana Vega lo rebasa continuamente. Este libro es heterodoxo, desmedido, blasfemo. "El cuaderno griego" estaría prohibido por Stalin, por los nazis y por el Vaticano. Derrotista, contrarrevolucionario, arte degenerado, enfermiza desazón, negro escepticismo, ideas disolventes. Aquí no se defiende ni ataca ninguna causa, no se toma ningún partido. No hay grandes proyectos históricos ni sociales. Un individuo sufre, eso es todo. El dolor nos demuestra que estamos vivos, nos despierta, nos zarandea, nos coloca frente al espejo para obligarnos a ver lo que realmente somos. Pero no hay dignidad alguna en el dolor.
Mientras leía el libro recordaba el cuadro de Munch "El Grito"
Algunas citas permiten situarlo: hay alusiones a Hesse; citas de Duras, de Camus, de Baudelaire, de Blanchot, de Louis Malle, de García Martín. El NO MUERTO no se explica sin el Roquentin de Sartre, ni el Meursault de Camus, ni el Bernardo Soares de Pessoa, ni Gregor Samsa. Está desnudo, en carne viva: no tiene nombre, apenas tiene peso ontológico. Es evidente que es la máscara de su autora, un alter ego. El NO MUERTO es sus vómitos, sus heridas, su tedio, sus trastornos, su capacidad de análisis y reacción ante un exceso intolerable. No es un personaje al uso, es algo vagamente humano, arrojado a un pozo de lágrimas, de soledad y confusión; él mismo es su propio pozo. Su voluntad flaquea pero es de hierro: saldrá del agujero que él mismo excava. Todo en este libro es combate, lucha. El relato es claustrofóbico. El olor de un cuarto donde alguien sufre es siempre un olor indescriptible. Como el olor de la santidad. El bien y el mal se acercan demasiado. Se puede ver más allá. El no muerto sabe que lo que te hace más fuerte te debilita también, te mutila en cierto modo, alguna parte. ¡Qué alturas y qué caídas! Da la impresión de estar leyendo a una mística relatando sus tormentos y éxtasis.
Inútil situar al NO MUERTO en un lugar, en un espacio. El mundo exterior desaparece. El texto comienza abruptamente, metiéndonos de cabeza en el pozo, sin contemplaciones: El DOLOR. La soledad y el frío. Cómo enfrentarse a eso. Cómo hablar de ello. Nunca hay palabras suficientes para describir ciertas miradas. Una especie de sombra entre los vivos, un no muerto. Eso eres ahora.
¿De qué trata la literatura si no de las penas, agonías y esperanzasde los hombres? Lo demás, casi todo, son pasatiempos fútiles, sin valor, verborrea barata. Este NO MUERTO es universal. Conmoverá en Japón lo mismo que en Los Ángeles.
El NO MUERTO de Ana Vega me recuerda a aquellos "musulmanes" de los campos de concentración: prisioneros que se hundían, extenuados, vaciados por el hambre y la humillación, abandonados a una muerte inminente. Una muerte que no mataba a "nadie" porque lo que había de humano ya había sido eliminado por un mecanismo implacable. ¿Acaso no se parece la vida demasiadas veces a un campo de concentración? Nuestra vida cotidiana. No hace falta acabar en Treblinka. El NO MUERTO de Ana Vega no está tan hundido, saldrá adelante (en algún momento dice Ana Vega que una mujer saldrá adelante siempre. Peleará. Luchará hasta caer rendida). Quizá ser humano signifique haber sido despojado de la humanidad posible o no alcanzarla nunca; por tanto la humanidad sólo podría definirse de forma negativa. Eugenio Montale dice en "Huesos de sepia": No nos pidas las fórmula que otros mundos pueda abrirte, sí alguna sílaba torcida y seca como una rama. Eso sólo podemos hoy decirte, lo que no somos, lo que no queremos.
Me imagino a una adolescente de Tokio leyendo este libro en el metro. Devorándolo.
El NO MUERTO de Ana Vega me recuerda a aquellos "musulmanes" de los campos de concentración: prisioneros que se hundían, extenuados, vaciados por el hambre y la humillación, abandonados a una muerte inminente. Una muerte que no mataba a "nadie" porque lo que había de humano ya había sido eliminado por un mecanismo implacable. ¿Acaso no se parece la vida demasiadas veces a un campo de concentración? Nuestra vida cotidiana. No hace falta acabar en Treblinka. El NO MUERTO de Ana Vega no está tan hundido, saldrá adelante (en algún momento dice Ana Vega que una mujer saldrá adelante siempre. Peleará. Luchará hasta caer rendida). Quizá ser humano signifique haber sido despojado de la humanidad posible o no alcanzarla nunca; por tanto la humanidad sólo podría definirse de forma negativa. Eugenio Montale dice en "Huesos de sepia": No nos pidas las fórmula que otros mundos pueda abrirte, sí alguna sílaba torcida y seca como una rama. Eso sólo podemos hoy decirte, lo que no somos, lo que no queremos.
Me imagino a una adolescente de Tokio leyendo este libro en el metro. Devorándolo.
En la portada de esta reedición se ve la foto de una escalera gris, desierta. Podría ser la montaña de Sísifo (a Ana Vega le atraen las montañas, el peligro del alpinismo, los espacios salvajes, un tipo de salvajismo distinto al de las poblaciones humanas, menos engañador). El NO MUERTO de Ana Vega no carga con un roca (no está castigado por los dioses, aquí no hay nada divino); carga consigo mismo, lo que hace más sutil el tormento. El NO MUERTO es su propia piedra. Es alguien. Está condenado a ser alguien. Hay una agonía, una lucha entre el NO MUERTO y su dolor. Todo en este libro es una lucha a muerte. Escarba en su dolor, le obsesiona, le da vueltas, lo examina, lo desmenuza. En estas páginas hay reflexiones muy agudas sobre la soledad, el amor, la sociedad, el dolor. Hay algo realmente escandaloso en la soledad. No tienes nada, pero te sobra todo, espacio, tiempo. Te acercas a Dios. A esa perspectiva atroz. (...) El NO MUERTO sabe que estar absolutamente solo es algo animal, primitivo. El libro está lleno de reflexiones así de brillantes. En cuanto al amor, que podría remediar esa soledad: el NO MUERTO se siente solo. Asume su soledad definitiva, incurable. Se pregunta ahora por la extraña naturaleza del amor. Se pregunta si lo ha conocido. Se siente desorientado entonces. Busca el rostro de un semejante donde poder reconocerse. Quizá el amor nos salve. El poder de una caricia. Pero su lucidez no le permite hacerse ilusiones: podría tratarse de un engaño más. De una mentira más.
El NO MUERTO escala como un montañero por la pared de un barranco. Existe un camino en ese tormento: ve, ahora, con claridad que nada tiene sentido y que nunca habrá motivos para seguir luchando, y ése es uno de los pilares básicos, ahora lo sabe, así lo siente. Es el motivo principal por el cual permanece en el ring, saberte vencido de antemano. Así que no hay victoria. El fracaso es inevitable. La lección amarga. Este libro es sabio: no hay engaños, no hay falsas esperanzas. ¿Si te esfuerzas llegarás? Mentira. Es difícil hacerse una idea de las angustias y vértigos que ha conocido la autora. Descubre en el dolor a fuerza de golpes que somos ceniza, algo fortuito, juguetes de la fortuna. Me recuerda, como decía, a una mística dictando sus tormentos y sus éxtasis.
Ana Vega hunde el bisturí hasta lo más hondo de la carne. Lo hace sin contemplaciones. Gran mérito del libro: su brutal franqueza. El NO MUERTO es también producto de la tensión con sus semejantes. Las convenciones sociales que ataca con furia. La mentira inunda el mundo. Lo inunda todo. Crueldad y estupidez. Tener y no tener. La perspectiva cierta de la muerte. La idea del suicidio. La conciencia de la imposibilidad de recibir ayuda. Ana Vega ha observado la naturaleza humana y sus límites. Ha tenido el coraje de mirarse a sí misma. El sufrimiento emocional es enorme. ¿A qué agarrarse ante panorama tan desolador? Hay un consuelo: la escritura. Un grito, sí; pero articulado, convertido en lenguaje. Una forma de resistir. El poder catártico de la palabra. A esa tarea se aferra Ana Vega: Escribir como enfermedad. Como algo que te ocurre sin saber por qué. Como algo inevitable. Vencer el simple desahogo, lo más difícil, el gran monstruo. El respeto a las palabras, a lo que comienza a nacer. Ser consciente de todo lo que eso implica. Escribir como salvación. Porque nos salva. El no muerto lo sabe, así lo ha sentido.
Al final el NO MUERTO divisa un poco de luz, salimos del ambiente claustrofóbico: el NO MUERTO sabe que ha llegado al final del camino. Sabe quién es, de dónde viene y a dónde se dirige. Ahora se reconoce en el espejo y ante sí mismo. Este testimonio alucinado y lúcido de las honduras de nuestra inanidad termina diciendo: Se siente libre, él decide si seguirá caminando o se quedará aquí mismo. Ya no siente peso alguno sobre su espalda. Libre, en todos los sentidos. Aquí termina su camino. Suena a victoria. A pesar de todo o precisamente por eso. Sabiduría alcanzada a golpes, dice. Templado como el acero el NO MUERTO se sobrevive a sí mismo. Se seca las lágrimas.
Esta experiencia abisal, de alcance universal, se comunica en un estilo cortante, seco, sobrio. Las frases son hachazos. De la primera lectura que hice aún recuerdo esta frase formidable, resumen perfecto de la humanidad o de la in-humanidad o de la post-humanidad: Nacemos solos y morimos solos, ya está, eso es todo. Nada antes de nacer, nada después, apenas nada tampoco mientras tanto. Nada entonces.
Hace más de cien años un joven escribió a un amigo: en general, creo que sólo debemos leer libros que nos muerdan y nos arañen. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta como un puñetazo en el cráneo, ¿para qué molestarnos en leerlo? (...) Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a las junglas más remotas, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros.
El joven se llamaba Franz Kafka. "El cuaderno griego" es uno de esos libros.
El joven se llamaba Franz Kafka. "El cuaderno griego" es uno de esos libros.
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