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Qué lograste al fin

con tu empeño desmedido

de dañar y herir

y golpear sin tregua.

Con la mediocridad

como única bandera

y la cabeza ajena

como peldaño

a un cielo ficticio.

Qué lograste al fin

tú que humillabas

al otro

tan sólo por el hecho

de haber sobrevivido

y no tener nada

que llevarse a la boca.

Cobardía, se llama a eso.

Qué lograste entonces

más que una lápida,

un nombre

en ella,

y gusanos que ahora

te devoran

más bien con asco.

Al menos yo y el otro,

y la mujer y el hombre,

los que permanecimos erguidos

pese a la tormenta

y tus puños,

también los del mundo,

dejamos aquí

un legado

de palabras y bondad,

difícil de olvidar

y tapiar incluso

por la piedra que ahora

te vence

con facilidad extrema.

Qué lograste entonces...




Ana Vega

ÁRBOL MUERTO



Crecen entre las lápidas, dos árboles que parecen anudarse, elevarse juntos. Sus raíces dicen se dan la mano bajo tierra. A ambos lados dos tumbas, la del hombre y la mujer que ahora logran ver el fruto de su amor dirigirse al cielo, permanecer sellado para siempre pero vivo.


Ana Vega



Bajarme de la cruz,
arrancar los clavos,
lamer la sangre
con la lengua
y enfrentarme
a la mujer que soy
pese a todo,
pese a todos,
tiene un precio
demasiado
alto.
Algunas
permanecen
clavadas
de por vida.

MIEDO

Todos nos volvemos pequeños frente al miedo, apenas un punto en el caos del universo. El miedo acecha en casa esquina, bajo la piel, incluso; te atrapa cuando menos te lo esperas. Aquello que ni tan siquiera puedes nombrar, el puro escalofrío. Nadie que haya conocido el miedo tiene la misma mirada. El miedo deja marcas, cicatrices, heridas abiertas. El miedo permanece en el tiempo, en el cuerpo, solo se adormece en momentos de calma. Es necesario saber utilizar el miedo para avanzar, e imprescindible conocer su juego, los ases escondidos que utiliza siempre. Sin vencer el miedo, el salto no se produce. Sin el salto, nunca alcanzaremos el lugar elegido.

El miedo es aquello que mina tu seguridad y te deja desnudo, desesperado. Esa es la raíz del miedo, su poder: dinamitar por dentro tus cimientos. Quien sobrevive al miedo sobrevive siempre. El que vence a sus propios demonios y se enfrenta al abismo que supone la vida propia, la vida ajena y el mundo, ya no le teme a nada. Algo se instala y se reordena dentro, en las vísceras, algo que nunca más se tambalea, permanece inmóvil y silencioso ante cualquier otra batalla. El miedo que se vence nunca vuelve al mismo lugar. La debilidad se convierte en habilidad futura. El desconcierto en sabiduría.

Es curioso ver cómo todos nos sentimos a salvo del mundo, del pánico, del dolor, como si se tratase de una especie de enfermedad ajena a la que somos inmunes, como una piedra que hemos lanzado lejos, muy lejos. Y sin embargo, un día, normal, del todo cotidiano, cuya rutina nos envuelve a modo de protección contra posibles elementos nuevos, desconocidos, y por tanto dignos de desconfianza, un acontecimiento inesperado nos sitúa al borde del precipicio, con suerte, y del abismo, de no haberla. Nos convertimos, entonces, en esos seres vulnerables que en realidad somos. Nada te enfrenta con mayor firmeza, honestidad y crudeza al mundo real como el miedo. Aquel que surge cuando de repente alguien cercano sufre y la impotencia nos hace sentir las piernas débiles e insuficientes, y las palabras huecas, aquello que se nos presenta de forma inesperada y que cambia todo lo conocido hasta entonces. Lo que en realidad nos surge a cada paso, en mayor o menor medida todos los días a nuestro alrededor, más cerca o más lejos, como advirtiéndonos que la seguridad no existe, y que la soberbia en el fondo es una forma irrisoria de ingenuidad.

El miedo, sin embargo, es la herramienta con la que el instinto nos protege, nos avisa del riesgo, sacude nuestras conciencias, nos debilita y de ese modo, de abajo arriba, nos fortalece. El miedo es el centro neurálgico de la supervivencia. No hay miedo que paralice la mirada más altiva o valiente pero tampoco hay miedo que una vez vencido no se arrastre a nuestros pies de por vida.

El miedo nos mantiene despiertos, nos sitúa en los bordes exactos de la realidad, nos regala esa verdad que por cotidiana ya no vemos: la suerte de seguir vivos y de que aquellos que nos rodean sigan sonriendo sanos y salvos.


Ana Vega

HOMENAJE A ANGELA FIGUERA AYMERICH

REVISTA YOUKALI

Ana Vega

DEFINICIÓN EXACTA DE SILUETA
“Es barro mi carne... ¿Y qué?
Cuando mi amante la besa
le sabe a nardos y miel”
Ángela Figuera Aymerich
Qué difícil encontrar mi figura
reflejada en el espejo
y qué sencillo
observar al detalle
mi silueta exacta,
sus contornos,
los límites que él
me desdibuja cada noche.
Qué sencillo, insisto,
alcanzar una definición exacta
de mi figura
en el iris de sus ojos
cuando me mira.
Misterio sin explicación alguna
ni base científica
el porqué, las razones,
por las que una mujer o un hombre
alcanzan su máxima definición,
aquella más verdadera,
en el reflejo que se produce
con tanta intensidad
en la mirada del amante.
Aquella que convierte en nardos y miel
toda la amargura
que contiene mi boca
cada vez más seca,
árida,
sin esperanza
más allá de este beso.
Barro agreste
tan fácil de moldear, sin embargo,
por manos expertas.
Poco más puedo decir
de este cuerpo que me vence ahora.
… …



BUROCRACIA SEXUAL



Resulta que ahora las mujeres hablamos de sexo, también de política, economía, literatura, arte, viajes, documentales, cine, música, estilismo, terapias alternativas, relaciones sentimentales y sí, también de sexo. Y no sólo hablamos de ello, nos atrevemos incluso a nombrarlo en el momento y lugar que nos place con la facilidad con la que separamos las rebanadas de pan antes de preparar el sándwich. Hasta ahora (y en el momento en que escribo esto y usted lo lee) no era algo demasiado frecuente eso de que una mujer hablase de forma abierta de sus experiencias en cama propia y ajena, y mucho menos de miembros conocidos, puestos de honor de dichos miembros o, lo que es más común, su agrupación en los denominados “verdaderos ineptos en técnicas y tácticas amatorias”. El sexo tántrico ya ni mencionarlo. Curioso fenómeno, hombres a lo largo de los siglos compartiendo sus batallas sexuales, peripecias insólitas, posturas impronunciables, miembros descomunales y una serie de acontecimientos que por las medidas que todo habitáculo más o menos normal posee resultarían imposibles de llevar a cabo, años y años, por tanto, practicando el sexo en forma de verborrea dialéctica en manada y hoy llegan hasta nosotras cual folio en blanco, sin conocer apenas el camino de baldosas amarillas que han de recorrer hasta alcanzar el orgasmo de aquella que les acompaña. Y no sólo del orgasmo vive el hombre ni la mujer, todo tiene un inicio, nudo y desenlace, y uno puede perderse de forma gustosa en cualquiera de estas partes, demorarse en ellas, algo que a día de hoy los hombres en general ignoran. Cada sensación, cada mordisco, cada jadeo es un momento en el que el placer se cristaliza, se diluye plácidamente.

Las mujeres hablan de sexo, alto y claro, sin tapujos, incluso alardean de la experiencia y sabiduría que su instinto de mujer les otorga. Esto provoca el pánico inmediato del macho alfa y su posterior comportamiento neandertal al intentar de modos y maneras de lo más variopintas silenciar los secretos más íntimos protegidos por su manada hasta entonces. Y es en ese momento cuando ellos explican sus teorías: su mujer ha de una “señora” con mayúsculas ante el mundo pero en su territorio ha de transformarse en una mezcla explosiva capaz de realizar aquellas posturas con las que el porno parece desafiar la ley de la gravedad, realizar alguna que otra acrobacia, Streep tease con cierta frecuencia (no demasiada te dirán ellos porque se pierde el encanto) y estar dispuesta a perpetrar todo tipo de juegos y prácticas que ellos consideran muy placenteras para nosotras pues así lo han decidido (nos informan siempre a posteriori) pese a que la mujer en cuestión se dedique mientras el acto tiene lugar a repasar mentalmente la lista de la compra al tiempo que gime con cierto ritmo acompasado. Es aconsejable que cada gemido se acompañe de ciertas frases o palabras que ellos piensan en ese mismo instante pero no se atreven a decir, lo cual les ayuda a corroborar que estaban en lo cierto al pensar que lo que ellos creían nos volvería locas ha sido un éxito rotundo, cuando en realidad es el truco que todas conocemos para que el pistolero descargue su munición en tiempo record. Luego ellos mismos se felicitan a si mismos por la labor realizada. Como compensación nosotras obtenemos un “te amo” siempre en horizontal y un “te quiero” siempre vertical. Con el desayuno a media tarde se alcanza el grado “te quiero mucho”. Dicho grado asciende o desciende dependiendo de la urgencia o distancia del último coito. Nos preguntamos entonces si realmente la sangre que circula por sus venas puede recorrer tan rápido la distancia entre su cerebro y el pene. Dudamos.

Nosotras, mujeres, amedrentamos a los hombres cuando al borde de la cama y del precipicio sentimental levantamos la mano como en el colegio y mirando fijamente a los ojos a nuestro contrincante decimos: “Esto no me gusta”. Algunas lo empeoramos dando indicaciones, otras se atreven incluso a llevar sus manos al centro neurálgico del placer y las más arriesgadas les muestran sin tapujos lo aprendido por ellas mismas tras años de adiestramiento y práctica. Las mujeres hoy conocen sus cuerpos, disfrutan de su sexualidad, saben mover su cabeza en sentido afirmativo y negativo, es decir: son peligrosas, saben lo que quieren. Eso asusta.


Ana Vega

Ausencia de fe




Perdí la fe.

Me quedé

atrapada

en la red

que teje

la araña

del desconcierto.


La incredulidad

certera

de quien

ha visto

demasiado.

Algo incurable.




La edad de los lagartos

Ed. Origami, 2011

Ana Vega

http://www.editorialorigami.com/index.php?option=com_zoo&view=item&Itemid=61


DESEO INTACTO



El músico británico Sting ha afirmado en diversas ocasiones que el secreto para mantener su portentosa forma física, su voz, y ese equilibrio que todos ansiamos imponer en nuestra vida, se encuentra en disciplinas como el yoga, la meditación y esa famosa frase suya que parece poner de los nervios a todo macho ibérico que se precie cuando la oye: “A veces hago el amor durante ocho horas”. Sexo tántrico, le llaman al asunto.

Busco información sobre el tema y me encuentro con conceptos más lógicos y cercanos de lo que en un principio podría vaticinar toda disciplina milenaria (prejuicios dios sabe por qué). Según parece el Tantra es una “disciplina oriental de la que bebe tanto el budismo como el hinduismo y que se basa en una serie de libros hallados en la antigua India hace 5000 años, donde el dios Shiva revela los secretos de la vida a su pareja la diosa Shakti. Entre estos secretos, la mayoría se refieren al crecimiento personal, la meditación y a la contemplación como un camino para evolucionar espiritualmente. Y otros ser refieren a la práctica sexual, a los rituales y al estímulo de energía que conceden al individuo el amor y las relaciones. El sexo tántrico es sólo una parte del Tantra”. Hasta aquí todo en orden.

Leo con clara estupefacción que en Estados Unidos existen miles de seguidores de tan dulces técnicas y que “en Chile despierta todo tipo de expectación y en Argentina, más que una moda es una fiebre que sacude a la sociedad”.

El Tantra toma la visión de una pareja como algo que trasciende lo físico y se convierte en algo más profundo (aunque esto suene a chiste fácil). Para los tántricos “el sexo, igual que sucede con el yoga o con la meditación, es un camino para llegar a un estado de conciencia más elevado espiritual”.

Más allá del lugar místico al que parece conducirnos todo esto y basándonos en algo quizá más tangible, o más acorde con nuestro tiempo (y prisas), con nuestro descerebrado comportamiento de seres del siglo XXI, algunas cosas llaman mi atención: con estas técnicas –por llamarlo de algún modo- se pretende aumentar la energía, controlar la respiración, y no sólo “aumentar si no generar la energía psicosexual o Kundalini”. Energía ésta que también se logra mediante ciertas asanas o posturas en el Yoga. Uno de los elementos más importantes y que, dudo mucho, consigamos introducir en el “modus operandi” del homínido al que solemos frecuentar es el llamado “orgasmo seco” u orgasmo sin eyaculación. El Tantra entiende que nuestras relaciones sexuales se convierten en momentos de “descarga” y no de “unión profunda”. Todos podemos elaborar en este preciso instante una lista mental de nuestros amantes y en ella veremos con nitidez (de forma muy explícita con seguridad, pero no con mucho rigor) la abundancia de los llamados momentos de “descarga” y los escasos momentos de “unión”, ya no profunda, si no tan sólo “unión”. Curiosa la tendencia del pensamiento occidental hacia la destrucción (darle a un niño algo que pueda partir en dos y lo romperá al menos en cuatro partes) y el uso casi imperceptible en nuestra vida cotidiana, a nuestro alrededor, del verbo: construir. Veo en el Tantra varias lecciones, y no sólo sexuales, que alguien con cierta sensibilidad –aún no “destruida” del todo o atrofiada por el escaso o indebido uso- sabrá leer entre líneas, lecciones que quizá olvidamos con los años: la lentitud de dos cuerpos que se aproximan, el momento previo al beso, la extensión ilimitada de una caricia o lo que todo eso puede significar si lo trasladamos más allá del nivel físico. Ahora agotamos el deseo en apenas cinco minutos, nadie recuerda el poder ancestral del deseo intacto. Quizá nuestra vida actual sea entonces una “descarga” continua mientras otros, como Sting, disfrutan de una especie de “orgasmo seco” infinito que les conduce a una vida quizá más equilibrada y menos psicótica. Nosotros no sabemos regalar una caricia sin ponerle nombre, precio y fecha de caducidad. Las arrugas y el temblor del labio izquierdo nos delatan. El equilibrio se ha roto.


Ana Vega

VIOLENCIA




Insisto en un tema que se denuncia cada día a golpe de muertos y heridos: la violencia (violencia de género, de portero de discoteca, de conflictos armados y todo movimiento de individuo o grupo que infecta cada día una parte del mundo más cerca o más lejos de nuestra realidad circundante). Para aquellos que aún manifiestan cierta ceguera respecto al tema es necesario añadir una vez más algo evidente: toda violencia es inútil. Tal y como decía Gandhi “ojo por ojo y la humanidad se quedará ciega”. No hay arma, ni cuchillo, ni palabra hiriente, que consiga alcanzar sus objetivos. Y recordamos ahora a Unamuno: “Venceréis pero no convenceréis”.

La violencia surge no del sentimiento de superioridad de un individuo, grupo o pueblo, sino todo lo contrario, de su complejo de inferioridad, insatisfacción o necesidad. No obstante, no siempre resulta tan fácil elaborar un esquema preciso de las causas que conducen a la violencia si en este momento pensamos en pueblos hambrientos o humillados durante siglos; sin embargo vemos el absurdo que se esconde tras las limpiezas étnicas, las guerras de la diferencia, los asesinatos y atrocidades cometidos por la humanidad en nombre de la religión, la “raza”, del sinsentido en resumidas cuentas. El verdugo que asesina a la mujer que le hace sentirse amenazado en su virilidad, su estatus, intenta restablecer su poder con la sangre de la víctima. El mismo asesino que luego se autolesiona o se quita la vida porque, suponemos, eso ha de analizarlo un especialista en salud mental, comprueba la inutilidad de sus actos, de la sangre derramada. Una vez eliminada la amenaza se da cuenta que exactamente su poder radicaba en la existencia de la víctima o víctimas. Cuando el coronel no tiene ya quien le escriba deja de ser coronel… Sirva esto como ejemplo cercano y que nos hiere cada día en los medios de comunicación, sin olvidarnos de los que sufren conflictos olvidados o de actualidad, aquellos que sufren la violencia en todas sus formas, también los niños cuyos padres siguen creyendo en la brutalidad como forma de educar o quienes ven en los animales un modo de expresar su falta de integración en la sociedad y su insatisfacción personal. Siempre castigamos a los otros por nuestros propios pecados.

Dos grandes del cine como Kubrick y Michael Haneke indagaron sobre el origen y consecuencias de la violencia en dos de sus películas: “La naranja mecánica” y “Funny Games”. El grado tal de violencia en ambos casos es tan exacerbado, tan crudo, que resulta difícil mantener firme la mirada frente a los hechos que nos muestran. No sólo sufrimos la violencia ejercida como tal, los hechos puntuales, sino también la gratuidad de estos; ambos cineastas nos muestran el verdadero horror que se esconde tras todo acto violento: la indiferencia de quien lo ejecuta. Vemos con toda claridad cómo los personajes que golpean e hieren no sólo disfrutan, juegan, se entretienen con sus actos, sino que manifiestan una completa indiferencia ante sus víctimas, ante la sangre, el llanto o la desesperación. Y es justo aquí donde las imágenes de la pantalla nos resultan insoportables. Al fin, somos espectadores “directos” de lo que cada día vemos reflejado en los diversos medios de comunicación, pero ahora vemos más allá, vemos lo que éstos no se atreven a revelar: la crueldad real, el momento exacto en que quien acaba de violar, matar o torturar se sienta cómodamente a tomarse una cerveza, comer algo o dormir plácidamente. Hasta ahora seguimos protegidos por ese velo que separa al espectador del protagonista de la historia, sin darnos cuenta, y de forma bastante ingenua, que todos pertenecemos al mismo escenario y que los papeles cambian con un simple movimiento de rotación. Entonces nada ni nadie podrán protegernos.


Ana Vega

Taller de Poesía

Curso de Crítica Literaria

Curso: Curso de Crítica Literaria

Tipo de curso: Online

Fecha de inicio: 03/10/2011

Duración: 3 meses

Precio: 60€/mes

Descripción:
El curso de crítica literaria propone dotar al alumno de las herramientas precisas para abordar la reseña de textos literarios. Desde el acercamiento a la obra y su lectura crítica, pasando por la estructura que debe seguir una reseña y los elementos que debe abordar, hasta la elaboración final del comentario crítico.

El curso está dirigido a aquellos interesados en realizar crítica literaria en medios y revistas especializadas. A través del trabajo continuo y los ejercicios prácticos recomendados, el alumno sabrá al final del curso analizar de forma crítica los diferentes aspectos de un texto literario, para emitir un juicio congruente y razonado.

Programa:

  1. La crítica literaria y sus diferentes aspectos
  2. Cómo escribir una reseña
  3. Esquemas y claves.
  4. Reseñas y géneros literarios
  5. Objetividad, subjetividad y la orientación del lector
  6. El texto definitivo

Las prácticas de las distintas lecciones se basarán en la lectura de varios libros, con el fin de que el alumno realice reseñas basadas en textos reales.

Profesora: Ana Vega

En la sección Preguntas frecuentes está disponible la información sobre el funcionamiento de los cursos y talleres.


www.sinjania.es


CUATRO PUNTOS IMPORTANTES A RECORDAR SOBRE LOS DERECHOS DE AUTOR



1.- Es obligatorio que el contrato de edición se haya realizado por escrito. En este sentido, el artículo 60 de la Ley de P.I. establece con carácter imperativo la obligación de que conste por escrito y con un determinado contenido mínimo. La sanción en la que se puede incurrir si no se cumple este requisito obligatorio es la nulidad (artículo 61LPI).

2.- El editor esta obligado de conformidad con la legislación vigente en materia de Propiedad intelectual a informar anualmente de los resultados de las ventas de la obra, a través de las oportunas liquidaciones en las que se fijarán los libros que se han impreso (debe corresponderse con lo que conste en el Certificado de Impresión que se debe entregar al autor antes de que la obra salga a la venta), los que se han dedicado a promoción (suele ser un porcentaje que no pasa del 10% del total impreso), los dañados, los que están en distribución, almacén, tiendas, los que se han vendido, y en su caso los que se han devuelto. Por tanto, es obligación del editor informar como mínimo una vez al año de la evolución o marcha de la obra (artículo 64 LPI).

3.- Constituye otra obligación imperativa del editor el remunerar al autor por los derechos cedidos. Esta remuneración se pacta en el contrato y suele ser un porcentaje sobre el PVP de cada ejemplar. El porcentaje más habitual es el del 10%.

4.- Siempre el autor tiene derecho a que un numero le entreguen el editor unos ejemplares gratuitos de su obra para sus amistades o gente conocida (10, o 15 ejemplares depende de lo que se acuerde) y desde luego en todos los contratos se establece una cláusula por la cual el autor puede adquirir su obra a con una deducción sobre el precio de venta al publico.

INSTINTO



Más allá de toda lógica del corazón o el cerebro, de sus instrucciones más precisas, y en tantas ocasiones absurdas, existe un lugar intermedio, a media luz, donde se cobija el instinto. A veces el corazón engaña por pasión, por simple ceguera, por exceso de fe en lo invisible y el cerebro instaura su dictadura de emociones frías, de reglas, normas y códigos que han de seguirse al pie de la letra según todo tipo de condicionamientos sociales, afectivos, o aquellos establecidos por cobardía incluso. Justo entonces se impone el instinto en los que aún permanecen vivos bajo la piel de lobo que nos arrancaron al colocarnos las prendas que ahora lucimos con cierta inestabilidad física y sonrisa fingida. La voz que decide siempre con la sabiduría ancestral del primer hombre y la primera mujer ha de ser rescatada entonces de lo más profundo de nuestro abismo, pues ante cualquier golpe de mar o tormenta, ese faro será siempre el único que pueda guiarnos hasta tierra firme.

Ana Vega

INTERFERENCIAS



Descubro en boca de un hombre que ha practicado el canibalismo con la naturalidad con la que otros defienden el nudismo, la respuesta a todas mis preguntas: entre lo que uno piensa y lo que finalmente expresa existe un abismo.

La historia de este hombre inundó los medios de comunicación hace unos años; un hombre que mediante una página Web consigue alcanzar aquello con lo que ha soñado toda su vida: devorar a otro hombre. Él nos explica que no sólo se trata de comer carne humana –que, por cierto, según su experiencia se “parece bastante a la carne de cerdo pero más fuerte”- sino de establecer un vínculo especial con su víctima, una especie de comunión con lo que podríamos denominar su credo particular, el canibalismo. Mientras nos narra todo esto luce una estremecedora y brillante sonrisa, dientes blancos, casi perfectos. Cuenta cómo en Internet existen varias páginas dedicadas al canibalismo y cómo en ellas aparecen diversos anuncios de personas que muestran su deseo de comer carne humana, y otros de ser sacrificados (o martirizados, incluso). Es aquí donde conoce al candidato perfecto: un hombre joven y atlético que anhela ser sacrificado y devorado vivo. El hombre expresa en el anuncio su deseo de sentir dolor y que su verdugo grabe todo el proceso. Establecen contacto, fijan una fecha y llevan a cabo sus macabros deseos más íntimos. El “verdugo” (la víctima en este caso consiente) recoge a su “víctima” en la estación, lo conduce a su casa y allí prepara su vajilla más lujosa para la cena. Primero le corta el pene siguiendo las órdenes que el otro le indica, luego corta el miembro amputado en dos partes y las condimenta y prepara como es debido en el horno. Mientras, el otro se desangra y pide que le traiga su parte para degustarla. Se desangra lentamente. El anfitrión, por cortesía, le ofrece un baño de agua caliente (con lo que eso significa) para que se relaje. El proceso es largo. Finalmente el “verdugo” se coloca el delantal de carnicero y corta la carne, las piezas “más frescas” las cocina de forma inmediata y las otras las guarda en el congelador. Ambos sufren infancias no desdichadas pero sí con carencias afectivas y problemas familiares, por lo demás, los dos son seres queridos y respetados por sus vecinos y amigos. Una vez escuchado el espeluznante relato en toda su crudeza y la frase final con la que éste hombre, que ahora se encuentra en la cárcel, reconoce que le gustaría haber comido la carne de alguien a quien amase o con el que mantuviera algún vínculo sentimental, vemos claramente en este ejemplo terrible e inigualable nuestra incapacidad de elaborar un discurso acorde con nuestro pensamiento y sentimientos reales. Descubrimos, también, que a veces el lenguaje bien empleado, cuando se produce la perfecta concordancia entre lo que sentimos y luego expresamos, tiene una eficacia asombrosa, temeraria incluso. Nuestro “verdugo” expresó con claridad sus deseos y obtuvo así el objeto deseado, ya que el otro hizo lo mismo y lo expuso al mundo. Digamos que ésta es la honestidad verbal llevada al límite, pero vemos también cómo los resultados son del todo sorprendentes. Si cada día, en nuestra vida, empleásemos un cuarto de la valentía y sinceridad que estos dos hombres utilizaron para mostrarse ante ellos mismos y el resto del mundo (sin entrar en patología y evidentes trastornos de dicho individuos) y descubrir sus deseos más inconfesables, qué no conseguiríamos nosotros si nos olvidásemos de nuestra hipocresía y cinismo. Reconozcamos que en nuestra vida cotidiana nos vencen las interferencias sentimentales, de la vanidad, el ego, el miedo o la cobardía, y así, entre todos, conseguimos alzar una torre de Babel indescifrable incluso para el más perspicaz vecino, conocido, amante o amigo. He aquí dos hombres que todos calificamos como monstruos por los atroces actos cometidos, pero hemos de tener en cuenta que ellos decidieron en un momento dado elaborar un acuerdo cuyas reglas habían expresado, y determinado, desde el principio, y que por tanto, en este caso, no hubo interferencia alguna. Ambos expresaron sus deseos y éstos se cumplieron, sólo ellos saben si como bendición o maldición. Demuestran, sin embargo, que entre dos personas es posible establecer comunicación directa sin interferencia alguna.



Ana Vega

ENCANTADORES DE SERPIENTES





Dícese de aquellos individuos que depositan sus huevos en tus entrañas, y con diversas técnicas y tácticas, de lo más variopintas e inusitadas, llevan a cabo una laboriosa tela de araña que deja a sus víctimas enredadas para siempre en una jaula invisible. Padecen diversas patologías, algunas ya descritas y conocidas como la del “perro del hortelano”, que ni come ni comer deja, y otras más satánicas y ancestrales como la de ejercer su dominio y poder sobre la presa elegida a través de una sutil pero muy estudiada “invasión psicológica” que mina a la víctima en cuestión lentamente, durante años. Aunque nos alejemos pues físicamente de su lado siempre nos hallaremos en territorio comanche…

Individuos que suelen ser en el fondo recipientes vacíos que han de llenar con sangre y energía ajena sus profundidades más cóncavas, pero con una vida social agitada (evidente, por la constante búsqueda de víctimas) y economía saludable (la falta de escrúpulos siempre te lleva lejos).

Sin embargo, su propia vida se convierte en un vaso siempre vacío, hueco y frío, que lo mires por donde lo mires nunca termina de llenarse; ellos, pues, no se sitúan ni en el optimismo ni en el pesimismo sino en el realismo más conveniente a sus expectativas.

Les reconocerán por su egolatría, que han de disimular tanto, y en tantas ocasiones, que siempre se les escapará alguna sorprendente revelación en una de esas conversaciones que carecen siempre de interlocutor alguno más allá de sus propios oídos.

Suelen padecer cierta tendencia a los regalos que se empeñan en colocarte como parte del ajuar que viene con los huevos depositados con anterioridad en tu espacio vital; también sienten cierta debilidad por la frase hecha, el piropo fácil y el halago invasor -y del todo incomprensible-, pues llegado cierto punto en el que la presa se mantiene firme pueden alcanzar un elevado grado de inconsciencia a la hora de llevar a cabo sus propósitos de caza indiscriminada. Utilizarán para ello todo tipo de herramientas.

Les reconocerán fácilmente cuando intenten sacarlos de sus vidas -amputar el miembro enfermo que consigue envenenar despacio todo el cuerpo- y éstos se tomen el asunto como agravio sin precedentes en el vampirismo psicológico y se agarren a usted cual parásitos intestinales.

Al igual que las garrapatas cuanto más tiren de ellas, más se hundirán éstas en la carne. Hemos de admitir ya desde un primer momento que todo encantador de serpientes, o “gañán”, en jerga popular y muy sabia, para simplificar, acaba marchándose de nuestras vidas con un pedazo de nuestra piel o entrañas bajo el brazo.

Nadie dijo nunca que esto sería fácil…


Ana Vega

IMPUNIDAD




Ayer Eduardo Galeano reconocía en una entrevista lo que para muchos de nosotros es ya evidente: “se castiga la honestidad y se premia la mentira”. Es la tercera vez que escucho algo parecido esta semana, aplicado a diferentes aspectos, el económico, el laboral, el sentimental… El hombre quizá sea, por tanto, el único animal que nace pues con vocación de pérdida. Tal vez la humanidad se anule en cuanto el médico nos provoca el primer llanto a base de palmaditas. Pero, aunque así fuese, esto no explicaría el deterioro moral posterior de toda la especie. El ser humano es el único capaz de imaginar y llevar a cabo una barbaridad tan grande como la de aplaudir la mentira. Podría tratarse de un juego no demasiado difícil: tirar piedras contra tu propio tejado para luego recogerlas y, si es posible, tirar piedras en tejado ajeno para luego recoger más aún. Unas palabras de Marina Tsvietáieva me provocan cierto escalofrío: “Los libros me han dado más que las personas. El recuerdo de un ser humano palidece ante el recuerdo de un libro”.

Miren ustedes a su alrededor y analicen la trayectoria personal del triunfador que tengan más próximo y luego hagan lo mismo con aquel que ha peleado con todas sus fuerzas por hacerse un hueco en el mundo. Podrán calibrar entonces el alcance del caos en que ahora medimos nuestras prioridades y valores. Todos reconocemos al típico canalla listo que se las apaña siempre con mil artimañas para no pagar sus impuestos, también al que ha obtenido ingresos como goteo constante a lo largo de toda su vida por vampirizar algún anciano o víctima similar, los que aprovechan debilidades ajenas para crecer en ganancias de todo tipo, los que destruyen para construir sus palacios ( ver el caso Bush, la devastación provocada en Irak y su sonrisa eterna; ¿alguien se ha preguntado por ejemplo por qué a la hora de enfrentarse a una colonoscopia este sujeto tiene derecho a sedación mientras predica la tortura?), es decir: miles de ejemplares con los que enfrentarse cada día en la calle, los periódicos o el propio hogar.

Galeano nos da la clave de este triunfo inusitado de la mentira: la impunidad. Todos asistimos estupefactos a la mueca de burla que Berlusconi esconde entre sus blancos dientes mientras miles de ciudadanos vuelven a votarle en las urnas. La violencia de género se expande como un cáncer y en las víctimas siempre encontramos la misma súplica: justicia. Cuántos de nosotros decidimos levantarnos de la mesa ante un chiste xenófobo y cuántos hemos escuchado llorar a alguien en repetidas ocasiones, a horas intempestivas, intuyendo que algo ocurría en esa casa, y no hemos movido dedo alguno, como si al subir el volumen de nuestro televisor tapásemos nuestra vergüenza. Es tan culpable aquél que ordena y quien ejecuta dicha orden como el que calla. Todos ellos eligen finalmente en qué lado colocarse, al igual que quien decide bajar la vista cuando ve cómo un monstruo camina por encima de los huesos de alguien y frente a eso se queda callado. La impunidad alimenta al monstruo, a cualquier monstruo.


Ana Vega

ENEMIGOS





Descubro en una recopilación de cuentos de Cristina Peri Rossi una pequeña joya: “Una lección moral”. El protagonista de este cuento nos relata su aprendizaje vital en cuanto a enemigos se refiere: “Un gran paso adelante en mi formación moral (autodidacta: mis padres no eran ateos, por lo cual no me enviaron a ninguna iglesia y la miopía me exoneró del Ejército), consistió en comprender que no debía perdonar a mis enemigos, aunque no hubieran conseguido destruirme todavía. Aún más: reconocer que tenía enemigos fue una bella lección moral. Yo actuaba como si no los tuviera, y si bien eso en parte, los desanimaba, se debía, fundamentalmente, a mi profunda convicción de que no existía razón alguna para tenerlos”. En primer lugar, el mismo protagonista reconoce más tarde la falta imperdonable de respeto que supone perdonar a un enemigo, éste sentirá entonces que no ha realizado bien su trabajo. Reconocer que tienes enemigos es un gran paso, puesto que todo lo que no ves, simplemente no existe. Esto supone una conducta del todo irrespetuosa hacia el enemigo, cuando él no deja de dar saltitos para llamar tu atención. Actuar como si no tuvieras enemigos es sin duda alguna pedir a gritos la aparición de los mismos, de sentir alguna puñalada en la espalda para corroborar su existencia. Lo de que no existe razón alguna para tenerlos es otra manera, quizá la más cruel, en cuanto a ingenua (la bondad y la razón les ponen los pelos de punta), de poner de manifiesto la escasa coherencia del enemigo en sí, que actúa por impulsos ancestrales absolutamente ajenos a tus movimientos y del todo inconexos. Añadiría que incluso enfadarse es un error tremendo puesto que el enemigo se queda con la partida a medias, y en un estado de “coitus interruptus” diría yo, pues sabe que ha dañado pero no lo suficiente; el enfado es una especie de palmadita en la espalda, como una pequeña felicitación que el enemigo no estima importante, y que además, no lo olvidemos, consigue “cortarle el rollo” durante algún tiempo (qué maldad, por nuestra parte). A gran enemistad gran sonrisa, eso si es un golpe bajo. El protagonista de este cuento elabora una declaración de principios nada desdeñable que deja patente nuestro desconocimiento absoluto acerca del enemigo y sus circunstancias, tácticas, acoso y derribo y posibles efectos secundarios: “Que mi falta de presunción podía ser interpretada como la más altiva soberbia. Era compasivo con los tontos, y en lugar de incitarlos a que dejaran de serlo, procuraba ocultar mi inteligencia, lo cual, sin duda, me ganaba su desprecio. No adulaba a nadie, y eso provocaba el rencor de quienes querían sentirse halagados; me resistía a competir por el beneficio, la fama o el poder, y con ello, privaba de oportunidades de vencerme a los demás”. Conclusión: Los enemigos ven cosas, escuchan voces, que nosotros ni tan siquiera intuimos. Son seres especiales. Si tienes un enemigo, cuídalo, no le des la espalda. Él nunca lo haría.


Ana Vega

BUROCRACIA SEXUAL



Resulta que ahora las mujeres hablamos de sexo, también de política, economía, literatura, arte, viajes, documentales, cine, música, estilismo, terapias alternativas, relaciones sentimentales y sí, también de sexo. Y no sólo hablamos de ello, nos atrevemos incluso a nombrarlo en el momento y lugar que nos place con la facilidad con la que separamos las rebanadas de pan antes de preparar el sándwich. Hasta ahora (y en el momento en que escribo esto y usted lo lee) no era algo demasiado frecuente eso de que una mujer hablase de forma abierta de sus experiencias en cama propia y ajena, y mucho menos de miembros conocidos, puestos de honor de dichos miembros o, lo que es más común, su agrupación en los denominados “verdaderos ineptos en técnicas y tácticas amatorias”. El sexo tántrico ya ni mencionarlo. Curioso fenómeno, hombres a lo largo de los siglos compartiendo sus batallas sexuales, peripecias insólitas, posturas impronunciables, miembros descomunales y una serie de acontecimientos que por las medidas que todo habitáculo más o menos normal posee resultarían imposibles de llevar a cabo, años y años, por tanto, practicando el sexo en forma de verborrea dialéctica en manada y hoy llegan hasta nosotras cual folio en blanco, sin conocer apenas el camino de baldosas amarillas que han de recorrer hasta alcanzar el orgasmo de aquella que les acompaña. Y no sólo del orgasmo vive el hombre ni la mujer, todo tiene un inicio, nudo y desenlace, y uno puede perderse de forma gustosa en cualquiera de estas partes, demorarse en ellas, algo que a día de hoy los hombres en general ignoran. Cada sensación, cada mordisco, cada jadeo es un momento en el que el placer se cristaliza, se diluye plácidamente.

Las mujeres hablan de sexo, alto y claro, sin tapujos, incluso alardean de la experiencia y sabiduría que su instinto de mujer les otorga. Esto provoca el pánico inmediato del macho alfa y su posterior comportamiento neandertal al intentar de modos y maneras de lo más variopintas silenciar los secretos más íntimos protegidos por su manada hasta entonces. Y es en ese momento cuando ellos explican sus teorías: su mujer ha de una “señora” con mayúsculas ante el mundo pero en su territorio ha de transformarse en una mezcla explosiva capaz de realizar aquellas posturas con las que el porno parece desafiar la ley de la gravedad, realizar alguna que otra acrobacia, Streep tease con cierta frecuencia (no demasiada te dirán ellos porque se pierde el encanto) y estar dispuesta a perpetrar todo tipo de juegos y prácticas que ellos consideran muy placenteras para nosotras pues así lo han decidido (nos informan siempre a posteriori) pese a que la mujer en cuestión se dedique mientras el acto tiene lugar a repasar mentalmente la lista de la compra al tiempo que gime con cierto ritmo acompasado. Es aconsejable que cada gemido se acompañe de ciertas frases o palabras que ellos piensan en ese mismo instante pero no se atreven a decir, lo cual les ayuda a corroborar que estaban en lo cierto al pensar que lo que ellos creían nos volvería locas ha sido un éxito rotundo, cuando en realidad es el truco que todas conocemos para que el pistolero descargue su munición en tiempo record. Luego ellos mismos se felicitan a si mismos por la labor realizada. Como compensación nosotras obtenemos un “te amo” siempre en horizontal y un “te quiero” siempre vertical. Con el desayuno a media tarde se alcanza el grado “te quiero mucho”. Dicho grado asciende o desciende dependiendo de la urgencia o distancia del último coito. Nos preguntamos entonces si realmente la sangre que circula por sus venas puede recorrer tan rápido la distancia entre su cerebro y el pene. Dudamos.

Nosotras, mujeres, amedrentamos a los hombres cuando al borde de la cama y del precipicio sentimental levantamos la mano como en el colegio y mirando fijamente a los ojos a nuestro contrincante decimos: “Esto no me gusta”. Algunas lo empeoramos dando indicaciones, otras se atreven incluso a llevar sus manos al centro neurálgico del placer y las más arriesgadas les muestran sin tapujos lo aprendido por ellas mismas tras años de adiestramiento y práctica. Las mujeres hoy conocen sus cuerpos, disfrutan de su sexualidad, saben mover su cabeza en sentido afirmativo y negativo, es decir: son peligrosas, saben lo que quieren. Eso asusta.

Hace algún tiempo, en un descuido, cierto mail de carácter íntimo, muy íntimo, con detalles precisos acerca de momentos previos a la cópula, elementos secundarios, preferencias personales, juegos y una predilección que confieso con total falta de pudor por los condones de fresa, fue enviado por error a la persona equivocada, quedando pues a la intemperie todo aquello que tantos años había guardado en el cajón de la intimidad de una cama, de dos jugadores pues, no más. Esa burocracia sexual que implica que antes de llevar a cabo acto alguno has de solicitar instancia predeterminada para ese tipo de circunstancia y ser aprobada y sellada por algún miembro del ministerio de actividades sexuales que indica hasta que punto la mujer puede utilizar sus manos o su boca en actividades sólo lícitas cuando se silencian (pese a la demanda exacerbada de ese tipo de maniobras), o dictaminar por criterios establecidos siempre por hombres cuál es la finalidad del cuerpo femenino que muchos sitúan aún bajo las sábanas o en la cocina, esa instancia, los documentos invisibles que siempre nos exigen antes de mover pieza por ser mujer y tener coraje, se esfumaron al saltarme todo el papeleo previo e ir directa al grano, algo que los hombres mantienen como uno de sus enunciados perfectos. Instancia pues al descubierto. Más allá de la burocracia administrativa, política y sentimental, todas sabemos que antes de conquistar camas ajenas es necesario un largo proceso cuyo ring se encuentra entre las sábanas. El hombre no presenta instancia alguna, simplemente actúa, él inventó los trámites. La mujer se guía por su instinto, pero sigue, aún hoy, siendo obligada, de forma tácita, a esconder bajo su sonrisa lo que el hombre manifiesta en forma de medalla. Se lanzan mujeres a la hoguera, nunca medallas ni objetos “de valor”.


Ana Vega

OBSTINACIÓN Y SUPERVIVENCIA





Herman Hesse afirmaba en uno de sus artículos que la obstinación no era un defecto sino una virtud. Al menos cierto tipo de obstinación. Digamos que la bendita obstinación de defender nuestra forma de vida, actitudes, modos y maneras de vivirla. La obstinación, por tanto, nos llevaría a empecinarnos en defender nuestros principios (y por principios entiendo aquello que uno mismo ha creado para su uso personal, para elaborar su propia tabla, pizarra o similar de mandamientos); aquello que Rosendo llamaba “maneras de vivir…”. Esta se convertiría entonces en una herramienta clave en nuestra supervivencia como individuos únicos e irrepetibles, para marcar la diferencia. Una defensa de esa individualidad que intentan arrebatarnos por todos los medios en ésta, nuestra “sociedad del bienestar” (la mayor parte vía subliminal y no tan subliminal en algunos casos, agresiva, incluso) Por eso deberíamos comprender que la obstinación en sí no esté bien vista. Dejarse llevar siempre es más fácil que aguantar el mismo chaparrón una y otra vez. Cuando ejercemos nuestro derecho a ser individuos obstinados, a que nadie nos mueva de nuestro sitio, esto suele provocar, paradójicamente, la obstinación inmediata del otro, contraria a la que podríamos denominar “obstinación saludable”. La “obstinación nociva” consiste en derribar al contrario, en llevárnoslo a nuestro territorio y proyectar en él nuestros miedos y demás conflictos (“Quien ha rechazado a sus demonios nos marea con sus ángeles”. Henri Michaux) hasta convencerle de que sólo y exclusivamente nosotros tenemos toda la razón del mundo. Esto ya no es cuestión de supervivencia, más bien de parasitismo o algún tipo de patología. “Aquí tenía un ejemplo de mi experiencia de que el hombre sincero, que sigue sus propios pensamientos con consecuencia y constancia, y que sin embargo, al mismo tiempo, deja totalmente en paz a aquellos que son de otra opinión, se enfrenta con el desprecio y el odio, y de que hacia una persona así sólo se practica la aniquilación” (El Frío.Thomas Bernhard).



Ana Vega