PAPA VUELVE A CASA
Uno de los interinos del hospital encontró a la niña tendida en el suelo, en la calle, al lado de la puerta. Llevaba los pantalones manchados de sangre. No se movía. Cuando la vio, deseó que estuviese muerta, sabía que a veces es mejor no sobrevivir a ciertas cosas. Pese a todo comprobó el pulso. Estaba muerta. Fría, muy fría. La tapó con la chaqueta y la cogió en brazos. No quiso saber nada más, no necesitaba los datos de una autopsia para conocer los hechos. Se alejó del horror.
Tres días antes, María había ingresado en urgencias con múltiples magulladuras, un par de cortes en los brazos y lesiones, y desgarro brutal en vagina y recto. En la boca presentaba una especie de llagas difíciles de tratar. María tenía 5 años. Su madre dijo que una niña muy traviesa, que se había caído en la bañera. Explicó con detalle toda una cadena de insólitas circunstancias, y lo hizo con toda convicción, con la seguridad de quien habla de un animal que ya no sirve. Se movía inquieta, de un lado para otro y miraba de reojo al médico. La cama y el pequeño cuerpo que descansaba encima no existían para ella. Del padre nunca se supo nada. No apareció por el hospital. Las pruebas demostraban que aquella no era la primera vez que la niña sufría ese tipo de vejaciones. Sin embargo todo el mundo allí susurraba casi el dictamen, se murmuraba, como si nadie quisiera enfrentarse al dolor extremo, a la desesperación de una niña. Como si en el fondo todos los que pasaban por aquella habitación blanca se sintieran culpables de algo de una forma extraña. Había sangre que no le pertenecía en sus uñas. Las manos estaban agrietadas, avejentadas.
María apenas se movía en la cama, gemía de vez en cuando y daba pequeños golpecitos con la cabeza en la almohada. La enfermera decidió aumentar la dosis para aliviar su dolor sin consultar a nadie, le parecía que lo mínimo que allí se podía hacer después de todo el daño. El personal médico, todos, sintieron aquel día que el mundo entero era culpable de cada gemido de la niña, cada gota de sangre.
La enfermera jefe advirtió a su superior de que ésta no era la primera vez que la niña acudía al servicio de urgencias. La recordaba allí encogida en la silla, esperando una camilla, mientras su madre la zarandeaba. Todos sabían. Estaba claro.
La madre repitió las mismas excusas cuando le preguntaron por las otras veces.
María seguía inmóvil en la cama, con los ojos abiertos. No miraba a su alrededor, mantenía la mirada fija en la pared. No parecía una niña, tenía el gesto de una anciana cansada, de una superviviente cuyo recuerdo la ha dejado estancada en un lugar del que ya no puede ni sabe volver.
Cuando la madre bajó a la cafetería la asistente social intentó hablar con la niña. Nada, María se había quedado muda, tan sólo emitía una especie de sonidos como de animal herido. El logopeda dijo que todo era producto del pánico acumulado. El psicólogo tampoco consiguió nada. María se había quedado atrapada en el miedo.
Los médicos que la atendieron hablaron de nuevo con la madre. Intentaron localizar al padre. Ni rastro.
La asistente social fue a la comisaría. La policía dijo que eso era un asunto de servicios sociales, que si no había ningún tipo de denuncia ellos no podían hacer nada. Los servicios sociales investigarían el caso meses después, cuando encontraron un hueco entre tanto papeleo.
La enfermera jefe se sintió impotente, sintió que su trabajo no tenía sentido alguno.
María volvió con su madre a casa. La dejaron marcharse al día siguiente. Nadie lo impidió. Su carita ya no parecía decir nada, como si le hubieran robado toda la humanidad. Su mirada perdida reflejaba una ausencia total de inocencia, como si en sus ojos hubiera quedado escrito el momento exacto en que la niña fue consciente de la barbarie. María parecía tener muchos años, mucho peso, un dolor infinito a cuestas.
Al marcharse, su madre olvidó recoger su mochila. En ella las enfermeras encontraron un cuaderno lleno de dibujos. Apenas podía distinguirse figura alguna. Monstruos, curvas, líneas rotas… La mayor parte de las páginas habían sido arrancadas. En una de ellas una gota de sangre seca inundaba la mitad izquierda.
Cuando María llegó a casa con su madre, esa misma noche, papá volvió a casa. Llegó tranquilo, como siempre, nada más entrar preguntó por la niña. Descansando, dijo la madre. Él fue a la habitación y cerró la puerta. No dio portazo alguno, la cerró suavemente, como quien vuelve a la cama después de ir a por un vaso de agua. La madre siguió fregando los platos, uno tras otro, y cuando acabo, comenzó a fregarlos de nuevo. Se puso a pensar en lo que podría cocinar al día siguiente. Lasaña, pensó. Ése era el plato favorito de María. Intentó recordar cómo se preparaba la tarta aquélla que solía hacer cuando María era pequeña. Su cabeza estaba en blanco. Escuchó algo en la habitación. Cerró los ojos, los apretó.
La vecina de al lado le dijo a su marido que deberían llamar a la policía de una vez por todas, que aquello no podía seguir así. Los niños del quinto le preguntaron a su padre qué es lo que pasaba, quién gritaba así. Nada, no pasa nada, dijo el padre.
A las cinco de la mañana ya no se oía nada. En todo el edificio reinaba por fin el silencio. Una calma oscura parecía inundarlo todo.
El padre de Marta salió a la terraza a fumar un cigarro. Una buena noche, se dijo. Disfrutó esa sensación plácidamente. Luego fue a la nevera a por una cerveza. Encendió la televisión y se recostó en el sofá. Intentó encontrar la postura perfecta, no le apetecía acostarse aún. Siguió fumando.
La madre decidió acostarse. Ya no quedaba nada que limpiar en la cocina. La lasaña estaba lista, y la tarta. Se quitó el delantal. Se dirigió a su habitación. Pasó por delante de la puerta de María y vio los peluches en el suelo. Siguió caminando. Era tarde. Se puso el camisón y abrió las ventanas de par en par. Se tomó un par de pastillas y se durmió.
Tres días más tarde la enfermera jefe que había atendido tantas veces a la niña compró un peluche enorme y lo llevó al depósito de cadáveres. Debería haber hecho algo, pensó. Volvió a su trabajo. Era lunes.
ENCANTADORES DE SERPIENTES
Dícese de aquellos individuos que depositan sus huevos en tus entrañas, y con diversas técnicas y tácticas, de lo más variopintas e inusitadas, llevan a cabo una laboriosa tela de araña que deja a sus víctimas enredadas para siempre en una jaula invisible. Padecen diversas patologías, algunas ya descritas y conocidas como la del “perro del hortelano”, que ni come ni comer deja, y otras más satánicas y ancestrales como la de ejercer su dominio y poder sobre la presa elegida a través de una sutil pero muy estudiada “invasión psicológica” que mina a la víctima en cuestión lentamente, durante años. Aunque nos alejemos pues físicamente de su lado siempre nos hallaremos en territorio comanche…
Individuos que suelen ser en el fondo recipientes vacíos que han de llenar con sangre y energía ajena sus profundidades más cóncavas, pero con una vida social agitada (evidente, por la constante búsqueda de víctimas) y economía saludable (la falta de escrúpulos siempre te lleva lejos).
Sin embargo, su propia vida se convierte en un vaso siempre vacío, hueco y frío, que lo mires por donde lo mires nunca termina de llenarse; ellos, pues, no se sitúan ni en el optimismo ni en el pesimismo sino en el realismo más conveniente a sus expectativas.
Les reconocerán por su egolatría, que han de disimular tanto, y en tantas ocasiones, que siempre se les escapará alguna sorprendente revelación en una de esas conversaciones que carecen siempre de interlocutor alguno más allá de sus propios oídos.
Suelen padecer cierta tendencia a los regalos que se empeñan en colocarte como parte del ajuar que viene con los huevos depositados con anterioridad en tu espacio vital; también sienten cierta debilidad por la frase hecha, el piropo fácil y el halago invasor -y del todo incomprensible-, pues llegado cierto punto en el que la presa se mantiene firme pueden alcanzar un elevado grado de inconsciencia a la hora de llevar a cabo sus propósitos de caza indiscriminada. Utilizarán para ello todo tipo de herramientas.
Les reconocerán fácilmente cuando intenten sacarlos de sus vidas -amputar el miembro enfermo que consigue envenenar despacio todo el cuerpo- y éstos se tomen el asunto como agravio sin precedentes en el vampirismo psicológico y se agarren a usted cual parásitos intestinales.
Al igual que las garrapatas cuanto más tiren de ellas, más se hundirán éstas en la carne. Hemos de admitir ya desde un primer momento que todo encantador de serpientes, o “gañán”, en jerga popular y muy sabia, para simplificar, acaba marchándose de nuestras vidas con un pedazo de nuestra piel o entrañas bajo el brazo.
Nadie dijo nunca que esto sería fácil…
(in memoriam de los muertos que pretenden permanecer en nuestras vidas)
Hay una bella canción que casi todos conocemos y que nos emociona cuando de repente nos sorprende en medio de una conversación en una cafetería cualquiera o en el lugar más disparatado: Everybody Hurts, del grupo REM. Escucho ahora el estribillo en mi cabeza.
Isabel Coixet dio el título “A los que aman” a una de sus películas más silenciosas, delicadas. Para aquellos que aman en silencio, los que aman de verdad, los que creen amar y confunden juego con entrega…
Pero no acabo de hallar ninguna recopilación de tipologías o patologías cotidianas que reflejen fielmente los distintos personajes que llevan a cabo día tras día esto del “daño gratuito”, ni de los diferentes niveles o grados de este daño. Aquéllos que hieren gustan de darse por aludidos para todo lo que les conviene a sus vidas, egos y demás cosas de vital importancia como mantener su imagen de recipiente vacío siempre llena para que nadie sospeche, a punto de reventar en su propio líquido amniótico. Aquéllos que hieren se esconden ante la verdad y evitan toda cercanía con ésta, aunque para ello utilizan lenguajes, formas y modos tan peregrinos que cualquiera puede ver desde lejos su verdadera debilidad y cobardía, ésa que tanto esconden tras un porte tan cuidadosamente estudiado. Aquéllos que hieren desconocen la libertad y el respeto, desconocen la individualidad (y ven cómo éstas ponen en peligro sus artimañas sociales). Aquéllos que hieren se sienten vacíos porque lo están y para ello tapan sus infinitos huecos una y otra vez con sustancias, seres o daños ajenos. Aquéllos que hieren cubren su inseguridad con las heridas que provocan en los otros y atacan la seguridad que ven frente a ellos con la ferocidad que les falta para enfrentarse al espejo. Aquéllos que hieren suelen engatusar con palabras para crear confusión entre la multitud o para que la presa más próxima no pueda escuchar el ruido que precede al golpe. Sus hechos les delatan siempre, pues nada tienen que ver con las palabras pronunciadas.
El miedo consigue arrancar lo peor del hombre. El miedo de un hombre débil es siempre un peligro para todo aquel que le rodea. Quien hiere con saña lo hace porque existe una necesidad de exterminar al otro, para elevarse ante él, para salvarse “contra el otro”. No me asustan los fuertes, sí los débiles, aquéllos que tras sellar puertas y ventanas se cuelan por las rendijas.
Empuñar un arma no es algo demasiado complejo, disparar tampoco, sacar las balas, arrojar el arma lejos de ti y enfrentarte al enemigo cara a cara exige coraje no armamento.
Hitler consiguió alimentar su ego con los cuerpos de miles de judíos, Pinochet decidió “ejecutar” órdenes desde su silla de despacho mientras otros soportaban las torturas y aún así defendían su libertad, Videla arrancó niños de sus hogares y destruyó una generación entera para elevarse él frente al mundo. Todos ellos fueron un día hombres de ésos a los que les gusta herir, que carecen de empatía, los que un día fueron jóvenes que tuvieron la misma visión: con mi debilidad sólo queda el exterminio del otro, el seguro, el fuerte, el que pelea con la verdad pese a estar atado de pies y manos.
Miremos a nuestro alrededor y no aceptemos patologías cuyo uniforme vemos con el alma, a los que hieren debemos cortarles el paso desde el primer momento. La vida es cruel, ya nadie recuerda el exterminio armenio. Aquéllos que se enfrentaron con sus hijos a los que les encañonaban, violaban a sus mujeres y cometían todo tipo de atrocidades, nos juzgan como tantos otros desde viejas fotografías amarillentas perdidas por diversos hogares rotos. Aquéllos que hieren seguirán intentándolo siempre, buscarán algún pequeño orificio por el que colarse. Si ahora mismo se produjese un conflicto bélico, aquí y ahora, miremos a nuestro alrededor: distinguiremos con total claridad y espanto los ojos de las culebras que permanecen agazapadas a nuestro alrededor. El que golpea, hiere o mata es quien tiene miedo no la víctima.
y heinz acciona con ahínco su manubrio.
Por un uso público y cultural de la Fábrica de Gas de Oviedo y los chalets de la Fábrica de La Vega
Dos de los espacios más significativos y emblemáticos de nuestro pasado industrial, la Fábrica de Gas de Oviedo y los chalets de la Fábrica de La Vega, se hallan a día de hoy desprotegidos y amenazados por la especulación urbanística. Los abajo firmantes pedimos al presidente del Principado de Asturias y al alcalde de Oviedo un acuerdo que proteja ambos conjuntos arquitectónicos y los ponga al servicio de la ciudadanía, tal y como se ha hecho en otros muchos lugares de España y del resto del mundo con antiguos edificios industriales. Pedimos por lo tanto la rehabilitación de la Fábrica de Gas y su transformación en un centro cultural y artístico multidisciplinar, y locales para asociaciones, ONG´s, entidades juveniles y culturales, así como equipamientos para el barrio en el caso de los chalets de La Vega.
Universidad
Octavio Monserrat (decano de la Facultad de Geografía e Historia), Lluis Xabel Álvarez (profesor de filosofía de la Universidad de Oviedo), Benjamín Rivaya (profesor de derecho de la Universidad de Oviedo), Pilar García Cuetos (profesora de historia del arte de la Universidad de Oviedo), Aladino Fernández (profesor de geografía de la Universidad de Oviedo), Sergio Tomé (profesor de geografía de la Universidad de Oviedo), Ruben Vega (profesor de historia de la Universidad de Oviedo), Amparo Pedregal (profesora de historia de la Universidad de Oviedo), Rosa Cid (profesora de historia de la Universidad de Oviedo), Francisco Erice (profesor de historia de la Universidad de Oviedo), Jose Antonio Méndez Sanz (profesor de filosofía de la Universidad de Oviedo), Jorge Rodríguez Marqueze (profesor de filosofía de la Universidad de Oviedo), Francisco Javier Gil Martín (profesor de filosofía de la Universidad de Oviedo), Manuel Maurín (profesor de geografía de la Universidad de Oviedo), Ignacio Loy (profesor de psicología de la Universidad de Oviedo, Jorge Uria (profesor de historia contemporánea de la Universidad de Oviedo), Julia Barroso (catedrática de historia del arte de la Universidad de Oviedo)
Teatro
Boni Ortiz (crítico e investigador teatral), Roberto Corte (director, dramaturgo y crítico teatral), Rosa Garnacho (Producciones Quiquilimón), Sheila Montes, (actriz) Ana Laura Barros (Tras la Puerta Títeres), David Acera (actor), Paula Alonso (actriz y presidenta del colectivo cultural “Lata de Zinc”), Carlos Comendador (Compañía Pandemonium), La Gata Loca (actriz y cantante)
Música
Jorge Otero (Stormy Mondays), Xabel Vegas (músico), Dark laEme (músico), Igor Paskual (músico), Pablo Moro (músico), Garikoitz Gamarra (Ornamento y Delito), Roberto Berlanga (Ornamento y Delito), Rafa Caballero (Nómadas en Acción), Alfredo González (músico), Marcos Montoto (guitarrista), Carlos Martagón (ex Stukas, Koniek), Raul Viejo (músico)
Cine
Alberto Arce (documentalista) Iñaki Ibisate (documentalista)
Artes plásticas
Fernando Alba (artista), Bernardo Sanjurjo (artista), Carlos Suárez Fernández (artista), Ánxel Nava (artista y bardu errante), Carmen González (artista), David Asterisco (artista multidisciplinar), Chechu Álava (pintora), Verónica García Ardura (artista plástica y escenográfica), Matilde Huerta (profesora de la Escuela de Arte de Oviedo), Consuelo Vallina (artista)
Literatura
Sofía Castañón (poeta), Manolo D. Abad (escritor y crítico musical), Ana Vega (escritora), Rubén Darío Rodríguez (poeta), Juan Antonio de Blas (novelista y guionista de cómic), Pablo Texón (poeta)
Periodismo
Xuan Cándano (periodista, director de la revista ATLÁNTICA XXII), Beatriz R. Viado (periodista, directora del semanariu LES NOTICIES), Pepe Colubi (periodista y escritor), Pedro Menéndez (periodista), Javier Cuevas (periodista), Leticia Blas (periodista), Iván García (periodista)
Psicología y psiquiatría
Guillermo Rendueles (psiquiatra y escritor), Maria Jesús Fernández del Llano (psicóloga infantil), Ignaciu Llope (psiquiatra y escritor), Juan Pastor (profesor de psicología de la Universidad de Oviedo)
Asociacionismo cultural
Lola Lucio y Juan Benito Argüelles (fundadores de Tribuna Ciudadana)
Colectivos
Foro de Urbanismo Crítico de Oviedo, Asociación de Artistas Visuales de Asturias, Asturias Acoge, Ecologistas en Acción de Asturias, Asociación de Vecinos del Oviedo Antiguo, Cambalache, Xente Gai Astur, Asamblea de Ciudadanos por la Izquierda, Organización Local de Oviedo del Partido Comunista de Asturias, Los Verdes d´Asturies, Izquierda Unida de Oviedo, Ye Too Ponese, NOSEPARA, Colectivo Cultural “Lata de Zinc”, La Escandalera
CONGRESO
Reunión. Congreso Internacional. Salas blancas. Carpetas. Monólogos infinitos. Cuestión de tiempo dejar de escuchar el ruido interno, las voces. Multitud de palabras lanzadas al viento. La madre y el niño al fondo, en silencio, inmóviles. La madre que agarra con fuerza la mano del hijo. El niño quieto, como recién llegado al mundo, los ojos grandes, las alas rotas por el veneno con el que inundan sus venas cada tres semanas, a veces cinco. Los daños colaterales a los que el médico se refiere siempre con eufemismos, las molestias que toda supuesta curación implica. Lo que sólo el ojo de la madre ve y el niño siente, padece, en carne propia. Aforo completo, sin embargo. Hombres y mujeres que tras la mesa sonríen satisfechos ante su brillante exposición técnica. Y el niño que sigue sin entender, que sufre. La mano de la madre que aprieta fuerte. El congreso llega a su fin, el éxito se refleja en los medios de comunicación pero no en la cara del niño. Tras la última ponencia los más prestigiosos especialistas en oncología abandonan la mesa y charlan de forma animada. Entonces la madre decide acercarse. El niño camina despacio, como un caracol desnudo, sin protección, sigue la mano que le aprieta fuerte. La madre suelta la mano del niño para alcanzar el brazo de uno de ellos y, entonces, dice con un escaso hilo de voz: “Mi hijo se muere”. Atónitos ante las molestias que esta madre les provoca ahora, se miran entre ellos como buscando la solución que sin duda no han encontrado, pese a intentar demostrar algo que ni ellos mismos podrían definir con exactitud. El niño se acerca a ellos, se abre paso entre las piernas de la madre y les pregunta: “¿Tienen un caramelo?”. Los más prestigiosos especialistas del mundo sienten verdaderas molestias estomacales al escuchar su voz. La madre busca temblorosa en su bolso algo que ofrecer al hijo.
"Una voz de gata salvaje"
"Los otros lo único que han hecho ha sido anularme. Ahora sólo pienso en mí misma"
"De repente las palabras de Marilyn la hirieron como si le hubieran clavado una flecha en el corazón.
-Pero ustede no es una mujer feliz. Lo leo en sus ojos. También sufre por amor como yo. Nos anulamos en hombres que no nos merecen y se aprovechan de nuestra fragilidad"
Tan fiera, tan frágil
Alfonso Signorini
I want you…
“I want you, you, you…”
Tom Waits
Quedarme tan solo
un instante más
enredada en las sábanas
de la cama que huelen
a nosotros dos
una noche cualquiera
amándonos. Porque te deseo,
deseo, deseo, deseo
que fluye por mi cuerpo
en forma de silueta
que dibujan dos cuerpos
amándose, amándose
como nosotros dos
absortos en el deseo,
el deseo, ese deseo
que aún permanece
intacto en el hueco
de tu ausencia. Porque
anoche, como tantas otras,
tu cuerpo y el mío
cabalgaron juntos
hasta perderse en el abismo
que se crea a nuestro alrededor,
cuando en el centro mismo
del magma que forma
la esencia de nosotros dos amándonos,
fundiéndonos en lo más profundo
de lo que no se dice, que apenas se ve,
y que, sin embargo, se percibe
lentamente en el jadeo
agridulce que se nos escapa
de la boca cuando a punto
estamos de rendirnos tras la batalla,
y ese último beso
se alza entonces junto a las miradas
febriles que aún aguantan en pie
las embestidas del amor
y es entonces que al fin
susurro con el alma misma,
que lo que a ti me ata
en ese instante es el deseo animal
porque no hay más explicación
empírica ante el hecho más evidente
que puede producirse en una cama,
entre dos cuerpos que entrelazados,
en un baile lento y rítmico,
a veces convulso e indeterminado,
pero del todo lúcido pues, allí y ahora,
ellos se conocen y conocerán
mejor que nunca,
allí, el deseo, el firme deseo,
de penetrar más allá del alma del otro
se convierte en la respuesta definitiva,
aquello que conjuga en un breve silencio
que se interrumpe por el suspiro último
de tu boca y la mía,
tu cuerpo y el mío,
en una misma noche,
una madrugada que estalla
y se rompe bajo unas sábanas,
que quiebra en cierto modo
todo amanecer posible
pues el día se transforma ya para siempre
en el momento mismo en que cruzas la puerta,
te abalanzas sobre mí,
y el felino que se esconde dentro me abandona
porque niega toda defensa
y es entonces cuando he de admitir
lo evidente, el deseo,
que el deseo me conduce a ti,
porque el deseo me transforma
en la mujer
que escribe estas palabras
ahora que ya te has ido.
Desearte me conduce entonces
hacia mi misma,
hacia el centro neurálgico
del deseo mismo
que empuja toda vida
hacia delante.
Deseo de tener, tenerte,
desear sin más,
deseo al fin y al cabo
que me mantiene viva,
deseando…

La chica del puente
busca desesperada
bajos las aguas
del Sena
al lanzador
de cuchillos
que consiga
coser
sus grietas.
Éste la observa
desde lejos,
adivinando
en cada movimiento
de su lucha
constante
por mantenerse
firme
frente a la muerte
una señal
que sólo él puede ver.
Ella gira su cabeza
hacia un lado
y otro
porque el reflejo
del cuchillo
le llega
de todas partes:
dentro,
bajo el agua
y en él.
Cuestión de decidir
el camino más suave
hacia la muerte,
gélidas aguas del Sena
que te engullen
sin saber tu nombre
o los ojos que te
observan
en ese mismo instante,
en ese puente que has elegido.
Y entonces,
él decide
por ella.
Se acerca
y la deslumbra
con la rotundidad
con que afirma
conocer
sus gestos,
su silueta
y los secretos
que la suerte
le niega
a aquellos
que en noches frías
buscan amparo
en los puentes.
Él le ofrece
sus armas
y ella elige.
Chica del puente
busca
lanzador de cuchillos…
tú, David González
En las noches
más frías,
cuando las sábanas
pesan
sobre el cuerpo
sigues llegando
tú, sigiloso,
rompiendo
el vértigo
de las visiones
nocturnas
de las heridas
abiertas
que aún sangran.
Sigues
acariciando
mi mano
con la tuya,
tapando
con tu boca
el recuerdo
que me muerde
siempre
a ciertas horas.
Y sigues llegando
a tiempo
para curarme...
Hay cuerdas
colgando
del cielo.
Preparadas, listas,
para encajar
cabezas
con un nudo.
Hay cuerdas
que se convierten
en soga
y
cuerdas invisibles
que anudan
las manos.
La cuerda
luce
recta
hacia
abajo
desde
el cielo,
esperando
el momento
exacto
en que los ojos,
en búsqueda
desesperada,
alcen
su última
oración
hacia el techo
y justo
entonces
no hallen
más respuesta
que el hueco
que les ofrece
limpio,
intacto,
la cuerda
suspendida
en el aire.
La nada
que permanece
invariable,
aquella
que cubre
cabezas
con su manto
blanco.
Firmemente
anudado
tu cuello
entonces
a la eternidad.
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