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Hell
Tanslation by Peter Imoro
There were two men talking by the door. They hardly noticed her. They were eating fries, drinking beer and laughing out loudly. When the doors opened, Sophia entered slowly trying to avoid being noticed. It was nine o’clock. The supermarket was empty; it was only her and the two men. She picked up a cart, although she knew that it was too big for her, but she hated those little baskets. She stopped at each one of the shelves: those for donuts, drinks, canned foods…. She went to the meat section and examined each piece of meat, sausage, everything. In the fish section, she did not notice anything. Without ever knowing why, she always felt nauseous when she saw a dead fish. An hour later, she decided to turn around and, slowly, very slowly, go to the freezers. She was still a distance away when she saw them, but she could make out their perfectly delineated pink, blue and green surroundings, their perfect symmetry and those three big stars. She parked the cart and, without realizing it, began to run. She had lost control again. One after the other, she began to pick up ice creams of varying flavors —strawberry, cream, chocolate, and chocolate with nuts, blueberry … — until her lap was full. The ice cream fell onto the floor one after the other, but she kept on and on. The forty euros she had in her pocket, the only money she had, would never suffice. Her life was reduced to forty euros in the pocket. He had taken away the kids while she was asleep. Since she began taking the pills, she had difficulty getting out of bed in the mornings; her sleep had become too heavy and dense. This would be the last time. She knew it; she would never see them again. She thought about Andrea, the small one, and all the ice cream she had succeeded in holding onto in her left hand fell down. She sat on the floor. The salesperson in charge came running and when she saw her there, on the floor, covered with some sought of thick and colored paste, she looked so pathetic to him that he decided not to pass by that place again until eleven o’clock. Sofia felt very cold. It is cold in hell, she thought. It’s all a lie, it’s all a lie, she murmured while she got up.
Y SI ME QUIERES, ¿PARA QUE ME QUIERES EXACTAMENTE?
Esta pregunta un tanto contradictoria refleja con exactitud el posible engaño, confusión o malentendido que se esconde tras cada palabra pronunciada, cada frase (menos probabilidades de que esto ocurra en la palabra escrita, lo escrito dicho queda). Seamos realistas: las palabras se las lleva el viento, los hechos permanecen. La semana pasada un artículo de José Antonio Marina, ese grandísimo taxidermista de las emociones y sentimientos del ser humano, nos ofreció una visión valiente y precisa acerca de eso tan abstracto, curioso, y en tantas ocasiones ridículo y casi paranormal, que llamamos amor. José Antonio Marina nos cuenta que suele dar un consejo a sus alumnos y alumnas, a sabiendas de que no lo van a seguir: “Les digo que, a pesar de ser un anticlímax, cuando reciban una declaración amorosa del tipo: ‘Te quiero con toda mi alma’, lo sensato es preguntar: ‘¿Y para qué me quieres?’”. Detengámonos un segundo a reflexionar este asunto, aparentemente sencillo. Cuando alguien nos dice “te quiero” –no “te quiero mucho”, que no es lo mismo- y en primer lugar es probable, muy probable, que esta afirmación haya salido de su boca sin que su cabeza lo haya procesado siquiera, pueda darse el caso de que quien lo dice tenga razones que él sí sabe pero nosotros desconocemos, razones ocultas, a veces buenas, maravillosas (calabazas en forma de carroza, perdices en su punto y otros cuentos) o no tan buenas (ya tengo la “perdiz” en la cazuela, me la como y se acabó la historia) o curiosas, personales e intransferibles (quien lo dice piensa: ¿qué acabo de hacer y cómo salgo de aquí? ¿Tendré que pasar por el altar? ¿Habrá perdices en el banquete?). De todas formas lo diga quien lo diga y como lo diga, un escaso 15% de la población no ha sometido dicha afirmación a consenso alguno consigo mismo. Y entonces lo que empezó con una frase se convierte en muchas ocasiones en galimatías sentimental y lingüístico. Sin embargo, si a ese “te quiero”, que se magnifica cada cinco segundos aproximadamente en el mundo, le siguiera la pregunta del interlocutor -que intenta mover algún músculo o extremidad inferior tras dicha afirmación- en un tono relajado y cordial un ¿y para qué me quieres?,entonces, y sólo entonces, ahí, comenzaríamos a entendernos. Todos nos movemos mediante códigos desconocidos para los demás, la vida consiste en ir descifrando los códigos ajenos –y los propios también-, lo que implica la construcción de una torre de Babel sentimental diaria por cabeza. Cuando alguien te dice “te quiero”, o uno mismo hincha los pulmones y expulsa una afirmación tan peliaguda debería dejar claro que un “te quiero” mal entendido deja una mancha enorme, muy difícil de eliminar, y sin embargo un “te quiero” acompañado de un complemento directo o indirecto suele ser mucho más efectivo, menos dañino y más realista, para qué engañarnos. La mayor parte de las mujeres que mueren a manos de sus parejas han escuchado en boca de sus verdugos muchas afirmaciones de ese calibre: “te quiero más que a mi vida…” José Antonio Marina recalca la necesidad de reconocer los propios sentimientos, hay gente a la que queremos para una noche, otra para dos, otra para tres, otra para cuatro, y un día nos encontramos ante alguien con quien el número de noches esperamos sea indefinido. Mientras tanto, propongo, practiquemos el “te quiero acompañar al cine” y aparquemos las perdices que tanto daño han provocado a conciencias y subconscientes varios. Tengamos en cuenta lo que nos advierte José Antonio Marina: “Los sentimientos tienen las propiedades del cristal”. El amor es un todo, un engranaje imperfecto, pero un misterioso producto que consiguen elaborar dos personas (o más, cada uno añada lo que tenga a bien) con una cantidad ilimitada de ingredientes, la mayor parte desconocidos por ambos sujetos hasta ese momento. “El amor es un deseo que va acompañado de muchos sentimientos, con frecuencia contradictorios, y que pueden estabilizarse en profundas y constantes formas de apego”, nos dice el filósofo. Éste es sin duda un buen momento para darse la vuelta con cierto garbo y preguntar a su correspondiente cónyuge, amigo, vecino, gato, perro, o tal vez hurón, tan de moda en estos tiempos, eso de “¿y para qué me quieres?”. Espero no sea demasiado tarde para ninguno de ustedes.
ENCANTADORES DE SERPIENTES
Dícese de aquellos individuos que depositan sus huevos en tus entrañas, y con diversas técnicas y tácticas, de lo más variopintas e inusitadas, llevan a cabo una laboriosa tela de araña que deja a sus víctimas enredadas para siempre en una jaula invisible. Padecen diversas patologías, algunas ya descritas y conocidas como la del “perro del hortelano”, que ni come ni comer deja, y otras más satánicas y ancestrales como la de ejercer su dominio y poder sobre la presa elegida a través de una sutil pero muy estudiada “invasión psicológica” que mina a la víctima en cuestión lentamente, durante años. Aunque nos alejemos pues físicamente de su lado siempre nos hallaremos en territorio comanche…
Individuos que suelen ser en el fondo recipientes vacíos que han de llenar con sangre y energía ajena sus profundidades más cóncavas, pero con una vida social agitada (evidente, por la constante búsqueda de víctimas) y economía saludable (la falta de escrúpulos siempre te lleva lejos).
Sin embargo, su propia vida se convierte en un vaso siempre vacío, hueco y frío, que lo mires por donde lo mires nunca termina de llenarse; ellos, pues, no se sitúan ni en el optimismo ni en el pesimismo sino en el realismo más conveniente a sus expectativas.
Les reconocerán por su egolatría, que han de disimular tanto, y en tantas ocasiones, que siempre se les escapará alguna sorprendente revelación en una de esas conversaciones que carecen siempre de interlocutor alguno más allá de sus propios oídos.
Suelen padecer cierta tendencia a los regalos que se empeñan en colocarte como parte del ajuar que viene con los huevos depositados con anterioridad en tu espacio vital; también sienten cierta debilidad por la frase hecha, el piropo fácil y el halago invasor -y del todo incomprensible-, pues llegado cierto punto en el que la presa se mantiene firme pueden alcanzar un elevado grado de inconsciencia a la hora de llevar a cabo sus propósitos de caza indiscriminada. Utilizarán para ello todo tipo de herramientas.
Les reconocerán fácilmente cuando intenten sacarlos de sus vidas -amputar el miembro enfermo que consigue envenenar despacio todo el cuerpo- y éstos se tomen el asunto como agravio sin precedentes en el vampirismo psicológico y se agarren a usted cual parásitos intestinales.
Al igual que las garrapatas cuanto más tiren de ellas, más se hundirán éstas en la carne. Hemos de admitir ya desde un primer momento que todo encantador de serpientes, o “gañán”, en jerga popular y muy sabia, para simplificar, acaba marchándose de nuestras vidas con un pedazo de nuestra piel o entrañas bajo el brazo.
Nadie dijo nunca que esto sería fácil…
CONGRESO
Reunión. Congreso Internacional. Salas blancas. Carpetas. Monólogos infinitos. Cuestión de tiempo dejar de escuchar el ruido interno, las voces. Multitud de palabras lanzadas al viento. La madre y el niño al fondo, en silencio, inmóviles. La madre que agarra con fuerza la mano del hijo. El niño quieto, como recién llegado al mundo, los ojos grandes, las alas rotas por el veneno con el que inundan sus venas cada tres semanas, a veces cinco. Los daños colaterales a los que el médico se refiere siempre con eufemismos, las molestias que toda supuesta curación implica. Lo que sólo el ojo de la madre ve y el niño siente, padece, en carne propia. Aforo completo, sin embargo. Hombres y mujeres que tras la mesa sonríen satisfechos ante su brillante exposición técnica. Y el niño que sigue sin entender, que sufre. La mano de la madre que aprieta fuerte. El congreso llega a su fin, el éxito se refleja en los medios de comunicación pero no en la cara del niño. Tras la última ponencia los más prestigiosos especialistas en oncología abandonan la mesa y charlan de forma animada. Entonces la madre decide acercarse. El niño camina despacio, como un caracol desnudo, sin protección, sigue la mano que le aprieta fuerte. La madre suelta la mano del niño para alcanzar el brazo de uno de ellos y, entonces, dice con un escaso hilo de voz: “Mi hijo se muere”. Atónitos ante las molestias que esta madre les provoca ahora, se miran entre ellos como buscando la solución que sin duda no han encontrado, pese a intentar demostrar algo que ni ellos mismos podrían definir con exactitud. El niño se acerca a ellos, se abre paso entre las piernas de la madre y les pregunta: “¿Tienen un caramelo?”. Los más prestigiosos especialistas del mundo sienten verdaderas molestias estomacales al escuchar su voz. La madre busca temblorosa en su bolso algo que ofrecer al hijo.