TRANSPORTADOR DE ÁNGULOS
Eva cogió el alfiler y el transportador de ángulos, los guardó en el bolso y comenzó a silbar. Hacía mucho calor. La ciudad estaba desierta. Madrid no era lo mismo. Lo haría en la Gran Vía, sí, allí, en cualquier esquina. Salió de casa y bajó las escaleras deprisa. Cogió un taxi. El taxista cambió de emisora. Un tipo argentino, amable y guapo, muy guapo. Un tango tras otro en el taxi. Una y otra vez. Hablaron. Eva le escribió su número de teléfono en un billete de autobús. Sonrió al salir y dio un portazo sin querer. Se giró y volvió a sonreír. Caminó un rato. Buscó una esquina. Abrió el bolso y cogió el alfiler. Sacó el transportador de ángulos y un billete de cincuenta euros. Lo envolvió con el billete anudándolo con el alfiler para que no se cayera. Lo arrojó al suelo y se quedó allí esperando. Un anciano se acercó, tocó con su bastón el transportador y le dio unos golpecitos. Se agachó a cogerlo. Entonces Eva comenzó a silbar. Cerró su bolso y se fue a casa.
Exangüe, la palabra en cuestión es exangüe. Vaya donde vaya ahí está, arrogante, altiva, burlándose de un pobre inocente como yo. Se le olvida, a la muy engreída, que ha sido creada por mí, por nosotros los humanos; se cree que la ha parido el diccionario solito.
Todo comenzó el fatídico día en que mi hijo me preguntó el significado de la palabra exabrupto, ahí comenzó mi desdicha. Como todo buen padre, mentí para ocultar mi ignorancia de oficinista de mediana edad inculto y algo vulgar y convencí a mi retoño de que, a pesar de que su padre podría explicarle muy bien su significado, lo mejor para su aprendizaje sería acudir al diccionario e ir cogiendo el hábito de tan sana costumbre. En fin, la ceguera de la inocencia nos permite a los padres convertirnos ante los atónitos ojos de nuestros hijos en todo aquello que nos gustaría ser y nunca seremos. Inevitablemente, los hijos van creciendo y cierto día se dan cuenta de lo ridículos e insignificantes que somos, sobre todo después de haber mentido tanto.
Acudimos, como si de una inusitada odisea se tratase, mi hijo y yo en busca de la peculiar palabreja.
Llegamos a la “e” un poco cansados, ya que Javi había insistido inexplicablemente en detenerse en las últimas páginas de la “b” y la “c”, a veces hasta lo más insólito puede resultar apasionante. Aquí está, me dijo con una ilusión que, la verdad, nunca lograré entender: “Exabrupto: cosa dicha bruscamente”. Javi salió corriendo como si nada en el mundo tuviese interés para él o exigiese su presencia, y ahí me quedé yo, solo ante las páginas doscientos setenta y ocho y doscientos setenta y nueve. Por curiosidad, examiné las palabras que allí se me ofrecían como todo un descubrimiento. Exacerbar, exacto, exaltar, examen... exangüe, la palabra me produjo un cierto cosquilleo momentáneo. Cerré el diccionario. Exangüe, pensé, qué palabra más rara. Lo abrí de nuevo y examiné su definición: “Exangüe: desangrado, aniquilado, sin fuerzas”.
Días más tarde, hojeando el periódico volví a encontrarme de nuevo ante su ingrata presencia: “El cuerpo de la víctima yacía exangüe...”. Simpática y desagradable coincidencia, pensé. Mi vida de oficinista de segunda y honrado padre de familia continuó su cotidiano transcurso.
Yo aún no me había dado cuenta pero ella ya había comenzado su persecución, me refiero a la dichosa palabreja, por supuesto.
Cierto día me la encontré de nuevo en un cartel publicitario, y eso no fue lo peor, porque al día siguiente apareció en mi propia casa, en la boca de mi propia mujer.
La persecución llegó más lejos. Ahora ya no se conformaba conmigo, amenazaba en las recetas de cocina de mi esposa, en los cuadernos de caligrafía de mi hijo, en los locutores de radio, en los telediarios, incluso se había apoderado de mi suegra. Los diccionarios deberían llevar una etiqueta adjunta para advertir a posibles incautos como yo de los peligros de las palabras, sobre todo de su facilidad para adherirse a los humanos.
Dicen que el hombre es un animal de costumbres, pero yo no consigo adaptarme a tan horrible persecución, quizás si la palabra fuese otra, dalia, pez, incluso farmacia, podría soportarlo. Y aquí estoy yo, un oficinista de segunda y honrado padre de familia, al límite de quedar abatido por tanta presión, exangüe (incluso a mí me ha poseído).
Pero, lo que más me asusta, es que esta mañana, al leer el periódico mi mirada se ha visto ineludiblemente atraída hacia un titular donde aparecía la palabra más espantosa que he visto en mi vida: “Pingüe”.
Tengo miedo.
Esta pregunta un tanto contradictoria refleja con exactitud el posible engaño, confusión o malentendido que se esconde tras cada palabra pronunciada, cada frase (menos probabilidades de que esto ocurra en la palabra escrita, lo escrito dicho queda). Seamos realistas: las palabras se las lleva el viento, los hechos permanecen. La semana pasada un artículo de José Antonio Marina, ese grandísimo taxidermista de las emociones y sentimientos del ser humano, nos ofreció una visión valiente y precisa acerca de eso tan abstracto, curioso, y en tantas ocasiones ridículo y casi paranormal, que llamamos amor. José Antonio Marina nos cuenta que suele dar un consejo a sus alumnos y alumnas, a sabiendas de que no lo van a seguir: “Les digo que, a pesar de ser un anticlímax, cuando reciban una declaración amorosa del tipo: ‘Te quiero con toda mi alma’, lo sensato es preguntar: ‘¿Y para qué me quieres?’”. Detengámonos un segundo a reflexionar este asunto, aparentemente sencillo. Cuando alguien nos dice “te quiero” –no “te quiero mucho”, que no es lo mismo- y en primer lugar es probable, muy probable, que esta afirmación haya salido de su boca sin que su cabeza lo haya procesado siquiera, pueda darse el caso de que quien lo dice tenga razones que él sí sabe pero nosotros desconocemos, razones ocultas, a veces buenas, maravillosas (calabazas en forma de carroza, perdices en su punto y otros cuentos) o no tan buenas (ya tengo la “perdiz” en la cazuela, me la como y se acabó la historia) o curiosas, personales e intransferibles (quien lo dice piensa: ¿qué acabo de hacer y cómo salgo de aquí? ¿Tendré que pasar por el altar? ¿Habrá perdices en el banquete?). De todas formas lo diga quien lo diga y como lo diga, un escaso 15% de la población no ha sometido dicha afirmación a consenso alguno consigo mismo. Y entonces lo que empezó con una frase se convierte en muchas ocasiones en galimatías sentimental y lingüístico. Sin embargo, si a ese “te quiero”, que se magnifica cada cinco segundos aproximadamente en el mundo, le siguiera la pregunta del interlocutor -que intenta mover algún músculo o extremidad inferior tras dicha afirmación- en un tono relajado y cordial un ¿y para qué me quieres?,entonces, y sólo entonces, ahí, comenzaríamos a entendernos. Todos nos movemos mediante códigos desconocidos para los demás, la vida consiste en ir descifrando los códigos ajenos –y los propios también-, lo que implica la construcción de una torre de Babel sentimental diaria por cabeza. Cuando alguien te dice “te quiero”, o uno mismo hincha los pulmones y expulsa una afirmación tan peliaguda debería dejar claro que un “te quiero” mal entendido deja una mancha enorme, muy difícil de eliminar, y sin embargo un “te quiero” acompañado de un complemento directo o indirecto suele ser mucho más efectivo, menos dañino y más realista, para qué engañarnos. La mayor parte de las mujeres que mueren a manos de sus parejas han escuchado en boca de sus verdugos muchas afirmaciones de ese calibre: “te quiero más que a mi vida…” José Antonio Marina recalca la necesidad de reconocer los propios sentimientos, hay gente a la que queremos para una noche, otra para dos, otra para tres, otra para cuatro, y un día nos encontramos ante alguien con quien el número de noches esperamos sea indefinido. Mientras tanto, propongo, practiquemos el “te quiero acompañar al cine” y aparquemos las perdices que tanto daño han provocado a conciencias y subconscientes varios. Tengamos en cuenta lo que nos advierte José Antonio Marina: “Los sentimientos tienen las propiedades del cristal”. El amor es un todo, un engranaje imperfecto, pero un misterioso producto que consiguen elaborar dos personas (o más, cada uno añada lo que tenga a bien) con una cantidad ilimitada de ingredientes, la mayor parte desconocidos por ambos sujetos hasta ese momento. “El amor es un deseo que va acompañado de muchos sentimientos, con frecuencia contradictorios, y que pueden estabilizarse en profundas y constantes formas de apego”, nos dice el filósofo. Éste es sin duda un buen momento para darse la vuelta con cierto garbo y preguntar a su correspondiente cónyuge, amigo, vecino, gato, perro, o tal vez hurón, tan de moda en estos tiempos, eso de “¿y para qué me quieres?”. Espero no sea demasiado tarde para ninguno de ustedes.
ANA VEGA
Herman Hesse afirmaba en uno de sus artículos que la obstinación no era un defecto sino una virtud. Al menos cierto tipo de obstinación. Digamos que la bendita obstinación de defender nuestra forma de vida, actitudes, modos y maneras de vivirla. La obstinación, por tanto, nos llevaría a empecinarnos en defender nuestros principios (y por principios entiendo aquello que uno mismo ha creado para su uso personal, para elaborar su propia tabla, pizarra o similar de mandamientos); aquello que Rosendo llamaba “maneras de vivir…”. Esta se convertiría entonces en una herramienta clave en nuestra supervivencia como individuos únicos e irrepetibles, para marcar la diferencia. Una defensa de esa individualidad que intentan arrebatarnos por todos los medios en ésta, nuestra “sociedad del bienestar” (la mayor parte vía subliminal y no tan subliminal en algunos casos, agresiva, incluso) Por eso deberíamos comprender que la obstinación en sí no esté bien vista. Dejarse llevar siempre es más fácil que aguantar el mismo chaparrón una y otra vez. Cuando ejercemos nuestro derecho a ser individuos obstinados, a que nadie nos mueva de nuestro sitio, esto suele provocar, paradójicamente, la obstinación inmediata del otro, contraria a la que podríamos denominar “obstinación saludable”. La “obstinación nociva” consiste en derribar al contrario, en llevárnoslo a nuestro territorio y proyectar en él nuestros miedos y demás conflictos (“Quien ha rechazado a sus demonios nos marea con sus ángeles”. Henri Michaux) hasta convencerle de que sólo y exclusivamente nosotros tenemos toda la razón del mundo. Esto ya no es cuestión de supervivencia, más bien de parasitismo o algún tipo de patología. “Aquí tenía un ejemplo de mi experiencia de que el hombre sincero, que sigue sus propios pensamientos con consecuencia y constancia, y que sin embargo, al mismo tiempo, deja totalmente en paz a aquellos que son de otra opinión, se enfrenta con el desprecio y el odio, y de que hacia una persona así sólo se practica la aniquilación” (El Frío.Thomas Bernhard).
Ana Vega
“Jornadas de Linaje Feminista”
En ellas compartiremos sabiduría y aprendizaje entre mujeres jóvenes y mujeres con más experiencia. Feministas históricas y movimientos sociales nos trasladarán sus conocimientos en materia de educación, empleo, cooperación y participación y toma de decisiones.
Nos gustaría que compartiera con nosotras esta experiencia de mentorazgo y acompañamiento entre diferentes generaciones de feministas.
Fecha: Jueves 30 de octubre. 18-21 h. Subvencionado por:
Lugar: Biblioteca Pública de Oviedo
C/ Plaza Daoiz y Velarde, 11
Más información e inscripciones: mujeresjovenesf@yahoo.es. Tlf:913196846
La Asociación Mujeres Jóvenes de Asturias tiene el placer de invitarle a su recorrido histórico
“Jornadas Mujeres Jóvenes: 25 años después”
Compartiremos la experiencia de 25 años de la Asociación Mujeres Jóvenes a través de sus fundadoras, las diferentes juntas directivas y nuevas jóvenas. Contamos, además, con una exposición de los materiales editados durante nuestra trayectoria.
Nos gustaría que compartiera con nosotras esta experiencia de mentorazgo y acompañamiento entre diferentes generaciones de feministas.
Fecha: Viernes 31 de octubre. 10.30-14 y 17 a 20.30 h. Subvencionado por:
Lugar: Biblioteca Pública de Oviedo
C/ Plaza Daoiz y Velarde, 11
Más información e inscripciones: mujeresjovenesf@yahoo.es, mujoas@yahoo.es
Tlf: 985237704.
MUJERES DE DIFERENTES GENERACIONES SE DAN CITA PARA COMPARTIR SU LUCHA POR LA IGUALDAD
La Federación Mujeres Jóvenes realiza el 30 de octubre en la Biblioteca Pública de Oviedo sus Jornadas de Linaje Feminista. Durante el evento mujeres de todas las edades compartirán su experiencia en la lucha por la igualdad. Feministas históricas como Elena Simón, Rafaela Pastor o Begoña San José transmitirán el aprendizaje adquirido en años de militancia a las chicas más jóvenes de la asociación. Esta actividad ha sido subvencionada por el Instituto de la Mujer. Del mismo modo, durante el día 31 de octubre, en el mismo emplazamiento, la Asociación Mujeres Jóvenes de Asturias realizará un recorrido por sus 25 años de historia. Para este día están convocadas mujeres que pertenecieron a Mujeres Jóvenes tanto de Asturias como de la Federación, se producirá un encuentro de las mujeres que comenzaron este importante proyecto y las jóvenes de hoy que continúan con el mismo avanzando en la lucha hacía la igualdad plena. La actividad estará subvencionada por el Ayuntamiento de Oviedo, Concejalía de la Mujer.
Durante los dos días, las personas asistentes podrán visitar la exposición de los materiales de la Federación y de la Asociación.
Nota de prensa
y tembló la oquedad del espacio.
Con cautela, a cada extremo,
la solidez del cuerpo buscó la forma,
la asimetría estricta, esquiva,
su lugar preciso en la madrugada.
Y tomó aire, calló,
se escuchó todo el silencio
que cabe entre las bocas.
Tomó aliento,
aulló.
Y los poemas del cuerpo hablaron
en nudos y roces…
Calló de nuevo.
Rompió
la desolación
de la estancia
vacía.
...Y el cuerpo habló
dejando un infinito por palabras.
Se trata de doce aguafuertes y aguatintas, acompañados de otros tantos textos de autores contemporáneos, que traban su argumento entorno a la imagen alumbrada por Alvarez Cabrero.
El elenco de escritores que componen la edición está formado por Pablo Alvarez, Inés Toledo, Ana Vega, David S.G., Javier F. Granda, José Luis Piquero, Néstor Villazón, Elisa Torreira, Alejandra Sirvent, Fátima Fernández Méndez, Herme G. Donis y Pelayo Fueyo.
Este proyecto, que combina obra gráfica y práctica narrativa, busca la revisión profunda de la concepción reiterativa de unos temas mitológicos excesivamente manidos en nuestros días, buscando un nuevo horizonte radicalmente contemporáneo desde el que revisar nuestras creencias más antiguas y populares. Se trata de una edición única y exclusiva limitada a 75 ejemplares de edición venal.
Las doce estampas junto a las narraciones que las acompañan se alojan en una caja-libro de 27 x 37 cm. con acabado en tela e impresión de textos en oro en la portada. El libro a su vez se aloja en una caja de cartón protector.
El precio de esta edición es de 600 € + 7% de IVA para las diez primeras compras directas en editorial, tras las cuales el precio pasará a 750 € + 7% de IVA. Este ultimo precio será aplicable a los ejemplares comercializados en las librerías y galerías de Arte.
El pago de la carpeta puede ser fraccionado mediante pagos bancarios de cuotas mínimas de 50 €/mes.
Les invitamos a descubrir la obra en el siguiente enlace: 'Mitología Asturiana'
Para más información les rogamos contacten con Ediciones de Obra Gráfica Pata Negra, mediante mail o bien al teléfono: 647 69 23 69.
Todavía estaba aturdida por el golpe. Giró la cabeza y vio que su hermano no se movía. Llamó a su madre. Ella no respondió. Mami, mami…Gemía, le dolía todo el cuerpo. Intentó desabrocharse el cinturón. Una vez libre, se acercó al asiento delantero. Mamá…Pero aquella no era su madre, apenas podía distinguir su cara entre el amasijo de hierros. Buscó su mano y la acercó a su rostro. Estaba fría, helada. Volvió a mirar a su hermano. Yacía en la sillita sin moverse, como dormido. Tenía la camiseta manchada de sangre. La niña volvió hacia atrás, empujó la puerta una y otra vez. No podía, no tenía fuerzas. La empujó con las piernas y la cabeza. Cayó en el asfalto. De repente se sintió mayor. La carretera estaba vacía. El coche ya no parecía azul. Su color preferido siempre había sido el azul. Comenzó a caminar. Cojeaba y sentía un dolor punzante en la cabeza. Hacía mucho calor. Siguió caminando durante un rato. Se paró en seco, algo se movía en el borde de la carretera. Fue hacia allí. Parecía una rata. Le dolía cada vez más la cabeza. El sol le impedía ver bien aquello que se retorcía. Una rata, pensó. Se acercó. De pronto recordó el bicho aquel que habían encontrado en el jardín la semana pasada. Su padre había dicho que eso no era una rata, eso era un topo. Aquella palabra le sonó rara, como inventada. Pero ahora sabía que era real: aquello que se retorcía en la cuneta era un topo.
se reflejan mil abismos de amor
del pasado,
porque desnuda sin pies, ni manos,
ni cintura, suplico a la noche
la quietud de tu piel
para convertirte en mármol,
porque me hieren labios y bocas
que se disfrazan de ti
para olvidarte,
porque moldeada por tus manos,
aliento de tu aliento,
arcilla y tierra, ceniza de tus deseos,
con el cáliz de tus besos
te sobrevivo,
porque yo, carne y sangre de tu vida,
guardo la memoria de tu adiós
en mi regazo,
yo,
tu criatura hecha verbo.
ARBOL GENEALOGICO

Familia de músicos ambulantes...
Ahora el ahogado cree que todo fue un sueño. Recuerda el lago y los libros, el manuscrito finalmente concluido. Siente aún el agua adentrándose en su cuerpo, filtrándose por todas partes hasta inundarlos completamente. El peso del agua sobre él. Esa necesidad, la urgencia, de tomar aire y sentir el agua en los pulmones. La sensación aguda de silencio opaco, de profundidad, de imposibilidad de escuchar más allá de su propio estertor bajo el agua. Y los ojos que parpadean de un modo muy violento, como buscando la luz, algo que los proteja hasta quedar inmóviles frente a un punto muerto, tal vez un grupo de algas. La caída infinita del ahogado, hacia abajo pero peleando por subir a la superficie hasta el último instante. Ese dolor agudo que indica el inminente final. La última burbuja rota que sale de su garganta y se pierde en la inmensidad del agua.
El ahogado recuerda ahora sus últimas semanas, las horas de estudio inacabables, con el sudor pegado a su frente, a su camisa. Recuerda la ansiedad, la incertidumbre, las palpitaciones que no cesan, el insomnio y los vómitos. Puede ver, sin embargo, todavía con absoluta precisión, la sonrisa de Jane, la forma en que su cabeza se gira levemente hacia el lado derecho para entonces sonreír con disimulo y mirarle con cierto pudor a los ojos. Puede sentir el beso. Ahora se muerde los labios e intenta encontrar algo de ese último acercamiento, algún resto, lo que sea.
El ahogado recuerda el momento en el que arrojó el manuscrito al lago, ese ímpetu desesperado, la fuerza extrema que surge en todo ser humano en los momentos límite. Puede ver con total claridad, como si de otro se tratase, cómo de forma automática e inconsciente se lanzó al agua para salvarlo. Era imprescindible hacerlo, recuperar todos esos años de trabajo, de vida, perdidos, ahora, inútilmente.
Recuerda, cómo vio ya cerca, muy cerca, un pequeño remolino que girando sobre sí mismo engullía su trabajo. El agua se lo tragó todo.
El ahogado asume, desde este lado, que en esa especie de agujero negro húmedo e intangible encontró la respuesta que tantos años de trabajo no le habían proporcionado. Y se dirigió al centro mismo del monstruo para hallar respuestas.
La tesis del ahogado permanece aún en el fondo del lago. Nadie reclamó el cuerpo. Otros continúan investigando aquello que sólo el ahogado puede comprender desde este lado, bajo el agua.
El no muerto no cree en el amor. En las servidumbres que el hombre impone. Cree en el momento que precede al beso, en esa cercanía intacta del todo es posible. De la identidad definida en ese mismo instante. Esa pertenencia. Su reflejo en el cuerpo amado. No creerse ningún milagro, sólo la mano que acaricia sin preguntas.
El cuaderno griego
DAVID ASTERISCO, MINICOMPONENTES...
Alguien a quien admirar, alquien a quien querer, siempre, en cualquier parte del mundo.
de mantener la distancia
entre los dos.
Nosotros dos.
La lentitud con que te mueves
sin yo pedir nada.
La mirada suplicante
que en un solo minuto,
un segundo,
me recorre el cuerpo entero
en una avalancha hacia ti.
Quiero creer que tengo,
que poseo algo,
que tú estás en cierto modo,
en algún lugar
de mí
esperando siempre
la llamada, la invitación divina,
un simple acercamiento,
un abandonar distancias...
Nosotros dos.
Ambos.
Uno,
en alguna ocasión,
ciertos días.
La balanza que se equilibra
a golpe de caricia.
El desorden caóticode no verte.
Lentamente, de forma sigilosa, el perro se arrastró por el suelo hasta llegar a ella. La chica estaba llorando, en posición fetal, sobre la hierba. El perro se acercó despacio y comenzó a olisquearla, por todo el cuerpo. La chica siguió llorando sin percatarse de la presencia del perro. Se encendió la farola que había junto a la chica, anochecía. La escena parecía reproducir una extraña danza entre el perro y la chica. El perro se sentó a su lado. Ella siguió llorando, cada vez más y más fuerte, con algún espasmo corporal provocado por el frío, hasta que pasadas dos horas su llanto cesó de golpe. Estiró las piernas, se sentó, y comenzó a acariciar la hierba que la rodeaba. Fue entonces cuando lo vio, allí mismo, junto a ella, sin moverse, con su mirada clavada en sus ojos. Jack había regresado a casa.
Gracias a Jesús Ordovás, siempre, desde el océano...
DYLAN
Swing, dijo ella. Bailemos Swing. El hombre pareció sorprendido. La agarró por la cintura, la enredó entre sus brazos, le dio media vuelta y la lanzó a la pista. ¡Swing!-gritó ella, soltando una estrepitosa carcajada. Ella comenzó a contonearse en el centro de la pista, él la siguió. Ella se movía rápido, él lento, muy lento, junto a ella. De repente la música cesó, un hombre alto y desgarbado entró en la sala. Se escuchó un disparo. La chica cayó al suelo. Bailemos swing, susurró mientras la sangre inundaba su boca. Él pensó que ya no podría invitarla a la fiesta del sábado en el centro de la ciudad. Tendría que llamar a Beth.
se reflejan mil abismos de amor
del pasado,
porque desnuda sin pies, ni manos,
ni cintura, suplico a la noche
la quietud de tu piel
para convertirte en mármol,
porque me hieren labios y bocas
que se disfrazan de ti
para olvidarte,
porque moldeada por tus manos,
aliento de tu aliento,
arcilla y tierra, ceniza de tus deseos,
con el cáliz de tus besos
te sobrevivo,
porque yo, carne y sangre de tu vida,
guardo la memoria de tu adiós
en mi regazo,
yo,
tu criatura hecha verbo.
Una mujer apaleada es una mujer peligrosa, dijo Sam. Como todas, contestó el camarero con una sonrisa medio torcida. Sam bebía tequila, uno tras otro; masticaba la corteza del limón seco que quedaba, una manera como otra cualquiera de avivar la herida, de rebelarse. El camarero seguía con el mismo vaso en la mano, no conseguía quitar una diminuta mancha de barra de labios que se resistía al agua, al jabón, y a sus manos expertas tras años detrás de la barra. Qué estúpida, susurró Sam, y pidió otro tequila. Cuando el camarero se acercó, él le agarró el brazo con fuerza y mirándole a los ojos, le dijo: Esa rubia no volverá a engañarme. El camarero no soltó el vaso, cuando le dejó libre fue a buscar su décimo tequila. Le dejó la botella al lado y siguió limpiando el vaso. Sam le llamó. Cuando se acercó, vio como los ojos de Sam estaban enrojecidos, coléricos. Sam le agarró la cabeza con ambas manos, como en una extraña plegaria o súplica. Le empujó hacia atrás. El vaso calló al suelo, brillante, sin marca alguna ya. Sam dijo: Las mujeres apaleadas son peligrosas. Se levantó y se dirigió a la puerta. Entonces el camarero pudo ver cómo al alejarse su pierna izquierda dejaba un rastro de sangre.
a cuerpo abierto,
te voy adivinando.
En el lugar menos propicio hallo
la consistencia brutal,
el esqueleto mismo,
la respuesta al hombre, la piel,
esa tenue sugerencia íntima
a la anarquía.
Y te repaso, y te comparo,
y te huyo dos pasos
porque así, despierto,
te ves, de veras, grande.
No sé si mirar
o cerrar las puertas,
si alejarme
o caer despacio.
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